La luna, un mundo moribundo y decadente


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Oh Tú, sustentador del Universo,
De Quien todas las cosas proceden,
A Quien todas las cosas retornan,
Revélanos el rostro del verdadero Sol Espiritual,
Oculto por un disco de luz dorada,
Para que conozcamos la verdad,
Y cumplamos con todo nuestro deber,
Mientras nos encaminamos hacia Tus sagrados pies.
(Gayatri)

Hay muchas personas que centran su atención en la luna. De hecho, hay muchos lunáticos que la defienden a capa y espada, que la adoran, que subyacen a su encanto poderoso y lumínico aferrándose a esa temeridad de entregar nuestras consciencias a lo desconocido. En ese arrebato de sincera entrega, olvidan la naturaleza propia de la luna, un astro moribundo y decadente, un lugar habitado por la muerte y lo oscuro. Esa fijación por adorar a la luna tiene mucho que ver con cierto mundo moribundo y decadente que vive entre nosotros. Me refiero al mundo materialista, al mundo egoísta donde lo que más importa, o diría que, lo único que importa, somos nosotros.

Olvidamos en estas añoranzas nocturnas todo lo que la Tierra y el Sol ofrecen de forma generosa, irradian de forma altruista y desprendida. La primera no sólo sostiene nuestras vidas, sino que las alimenta con alegría y las mantiene de forma extremadamente magnánima. Si nos fijamos, la Tierra entera es rica en todo tipo de suculentos manjares, vida y color. Ocurre lo mismo, a otro nivel, con el Sol, dador de vida, luz y calor. ¿Qué podemos decir sobre ese ser que ilumina a todos por igual, de forma totalmente incondicional, sin fijar su atención sobre nuestras miserias humanas? ¿Acaso no es ejemplo de mayor y superior generosidad? ¿Entonces por qué nos aferramos a mirar lo que está muerto?

Esto es solo una disección arquetípica. Si fijamos la atención en nuestra vida cotidiana, siempre damos importancia a cosas que están muertas, que carecen de vida, que no construyen nada positivo en nosotros. La lista sería interminable y no queremos entrar en detalles. Pero sí deberíamos, con suma atención, mirar donde condensamos nuestras energías, nuestras fuerzas. Más allá de nosotros mismos, hay un mundo por explorar que muchas veces reducimos a lo inmediato y lo cotidiano. Pero hay algo mayor a nosotros mismos, algo que viene de las entrañas de la propia vida, ese verdadero Sol Espiritual del que nos habla el Gayatri.

¿Qué tiempo dedicamos a esa verdad? ¿Qué tiempo de nuestras vidas dedicamos a observar algo que no sea nuestro propio ombligo? Hagamos la prueba desde que nos levantamos hasta que nos acostemos. Fijemos la atención. ¿Cuánto tiempo dedicamos, por poner algún torpe ejemplo, a mirar una flor, a hacer el bien a un desconocido, a abrazar lo que más amamos, a pararnos a escuchar música o simplemente a leer algún libro que nos ilumine algún tipo de curiosidad por algo superior o diferente?
Si nos observamos con detalle, solo pensamos en nosotros mismos. Nuestras conversaciones giran en torno a qué será lo próximo que vamos a comprar, o lo próximo que vamos a comer o vestir. Más allá de ese ámbito cotidiano, nuestras mentes cavilan, y para ordenar y comprender la vida reducida a ese mandato, miramos perturbados a la luna.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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