¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?


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“Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. Al igual que el hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vigile. Velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, o al cantar el gallo o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos digo: ¡Velad!”. Mc. 13, 33-37.

Decían los antiguos que la primera iniciación era claramente identificable. La alcanzaban de forma real todos aquellos que de alguna forma tenían pleno dominio sobre la materia y el cuerpo. No les era difícil renunciar a todo, practicar profundamente el desapego y vivir una vida completamente desarraigada. Los votos de castidad, pobreza y obediencia eran algo común en ellos. Tenían pleno dominio sobre aquellos aspectos de la vida que al común de los mortales les mantenían distraídos, atrapados, cegados en la caverna del tener. Por eso en la simbología, el nacimiento en la cueva quiere expresar este aspecto de dominio sobre lo tosco y lo oscuro. El Camino Rojo empieza aquí su andadura, atrayendo a las mieles del desapego y al amor por la naturaleza como principio resultante de la búsqueda de lo sutil, de lo etéreo, del aspecto vida.

Desde las profundidades del Camino Rojo vino un ser de la tierra. Se les reconoce porque hablan muchas lenguas y allí, junto a las aguas del Jordán y del Mar Muerto, entre Galilea y el Desierto, vino a mi rescate. Con su mano arraigada penetró lo más oscuro y me alzó hasta un lugar seguro. Ese ser que habla las lenguas, hija del Camino Rojo, aquellos que aún adoran los dioses lunares, me sacó de la oscuridad y me llevó frente a la estrella flamígera. Refulgente, llameante, me marché del desierto. La primera prueba, la de la oscura tierra había terminado, y rodeado de mares, tocaban las siguientes.

La sacerdotisa del Camino Rojo, el Camino de la Tierra, desapareció. Se la tragó la oscuridad del bosque y no volví a saber más de ella. El inframundo del que venía la atrapó en su calendario lunar y allí encontró la luz ilusoria donde las tinieblas se pueden fácilmente apoderar de uno. Ella me rescató, cumplió con su parte del plan y se marchó. Así que, abandonando el desierto, cubrí con mi capa la invisible enseña y fui a por la siguiente prueba. Llegué hasta las frías tierras del Norte y allí me esperaba la segunda sacerdotisa, esta vez, miembro activo del Camino Naranja, el Camino del Aire, de la vida, de lo etérico.

Con ungüentos de flores y plantas estabilizó mi campo etérico. Con sus cuidados y en las profundidades del hogar consiguió calmar esa vida que reclamaba paz y serenidad. Encontré cierto equilibrio en la prueba del aire hasta que decidí volver al Mediodía.
Anduve por el Camino durante días y noches hasta que la muerte iniciática me sobrevino en algún lugar. Muerte y resurrección. En ese instante el silencio se apoderó de mí mientras las aguas se calmaron. La tierra, el aire y el agua, consolidadas y rescatadas, me pedían silencio, y así lo hice hasta que apareció la tercera sacerdotisa, la del Camino Amarillo, la del Camino del Agua, y la segunda iniciación tuvo lugar.

Descendiente de la tribu de los Esenios y discípula directa de aquel que bautizaba a los ungidos, decidió llevarme hasta la cascada y el río para purificarme con esta tercera prueba. La prueba del agua fue hermosa y profunda. Caminé sobre ellas tras desprenderme del tedioso fango. Tras el bautismo, la calma y la serenidad, el equilibrio y la armonía volvieron a reinar dentro de mí. El campo de deseos y las emociones volvieron a su centro y todo empezó a integrarse en su correcto lugar.

Tras un largo mes de silencio, vuelvo de nuevo para seguir cumpliendo con mi parte, para seguir llevando de la mano a ese niño dorado que espera la luz del nuevo día. Me adentro en el Camino Verde cargado de paciencia, humildad y paz. Muerte hermosa y resurrección. El Camino será largo, pero ahora el caminar será bello, fuerte y sabio. En la serenidad de Ginebra, desde donde ahora escribo, me encuentro feliz y recuerdo aquellas palabras: La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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3 respuestas a “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?

  1. Gracias Xavi. Este ha sido sin duda, de los escritos más hermosos que he leído escritos por ti. Gracias de corazón por compartir tan hermoso sentir. Descripción perfecta de tu muerte y resurrección en los últimos tiempos. Gracias, gracias, gracias

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