Cosas del Camino. Primera etapa: O Couso-Sarria


 

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Con el frío que hacía, me costaba enormemente desapegarme de las sábanas de franela. A las siete acaricié a la gata Meiga que reposaba en alguna parte de la cama mientras amanecía de forma lenta y pausada. Estuvo estos nueve meses viviendo en la cabaña y ahora que he regresado se pasa todo el día haciéndome compañía. En estos momentos de solitud, de lugar desierto, la agradezco sinceramente. La compañía siempre es gata-grata. A las ocho encendí la vela en la pequeña ermita. Excepto los espíritus guardianes y mi tímida presencia, no había nadie más. Es como si del lugar hubiera desaparecido la parte humana, y eso hiciera de ese momento único un abanico respirable. Los humanos, incluso cuando estamos en silencio, meditando, somos muy ruidosos. Así que cerré los ojos, miré dentro, en el océano profundo del interior, e intenté navegar hacia el insondable universo íntimo. Tras el alineamiento, llegó el intervalo superior de Dharana, dhyana y samadhi.

Fui a la casa-hospital de peregrinos y desayuné algo caliente. Me impactó ver como la nueva luz de la nueva cocina era capaz de iluminar de forma tan precisa cada detalle de las piedras de sus paredes, de la madera añeja, de los filtros esmeralda que se acompasan en los éteres de la estancia. Sentí que esa morada, que toda la casa en su conjunto, con un poco más de luz, podría transformarse en alguna especie de nave nodriza capaz de surcar cualquier cielo. Las casas son viajeras, saben sobre la profundidad del cosmos. Son alimentadas por el calor (fogar-hogar) y ese calor hace que las flamas astrales viajen de un lado para otro, propulsando cada misterioso momento hacia el infinito. Si fuéramos del todo conscientes, podríamos hacer de cada casa una nave espacial de propulsión electromagnética. Las casas, como nuestros cuerpos, se mueven siempre entre el intervalo cósmico que separa lo finito de lo infinito. Solo hay que estar atentos, solo hay que estar despiertos a ese metalenguaje de las cosas vivas. Y las casas, como nosotros, están vivas. Sienten, albergan, expresan.

Faltando un cuarto de hora para las nueve empecé a caminar dirección al santo sepulcro de Santiago, tierra santa, lugar protegido, lugar de peregrinaje. A pesar de mi resfriado aún no curado, ayer pensé que si dedicaba unos días a sudar en el camino quizás mi recuperación sería más rápida. Espero no haberme equivocado, máxime cuando al poco tiempo de salir a caminar, empezó a llover a pesar de que la previsión daba buen tiempo. No me importó mucho. La lluvia engrandecía el camino, lo dificultaba y aromatizaba con ese olor hermoso a tierra húmeda. Hay algo que se educa cuando se camina sin prisa, en la calma de cada paso, en el traslado inhóspito de cada instante. El cuerpo se aposenta en cada orilla del camino, dependiendo de si los obstáculos son líquidos, tales como charcos, ríos improvisados, o sólidos, administrados por piedras, chinas y otras reliquias maravillosas con mil formas que se encuentran en todo su cordial recorrido. Hay que estar atento para no tropezar, especialmente cuando el camino se convierte en un lodazal o en un río poderoso.

En algunos tramos he tenido que improvisar puentes levadizos, acueductos y estructuras complejas para poder atravesar de un lado a otro. Caminar ha sido toda una conquista contra los elementos. Los peregrinos más avispados, viendo la previsión, han optado por circundar por la carretera, pero yo, que soy un peregrino ortodoxo, no me he desviado ni un ápice del barro y la ciénaga. Al llegar al albergue municipal parecía un lodo andante. Me duché, me acomodé en mi litera, la número once, y me fui a comer tras descansar un rato. La limpieza y la rutina higiénica son importantes en el Camino, en cualquier camino. Hay que estar siempre limpios, porque la limpieza, como la belleza, son tesoros espirituales que hay que conquistar día a día. Este camino es mi regalo de cumpleaños, así que pienso disfrutar todo lo que pueda, cueste lo que cueste. Cosas del Camino.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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