Resurrección


 

Ayer no pude ir a ninguna feria del libro para firmar libros. Estoy en cama, con algo de fiebre, y con pocas ganas de casi nada excepto de dormir, descansar y ayunar. Después de estos días intensos de amistad y celebración, supongo que los cambios de temperatura (ayer estuvimos a cero grados y hoy no subimos de cuatro) y el cansancio han hecho mella en mi cuerpo. Aún así me encuentro feliz por haber estado con tantos amigos que vinieron para pasar un tiempo juntos. Ahora con esa extraña sensación de soledad cuando todos se han marchado y de nuevo, ese constante enfrentamiento al reto de seguir adelante. Como decía, no podré estar en ninguna feria del libro pero os puedo enviar un libro firmado de mi autoría. Ya sea para vosotros o para un amigo y así puedo decir eso de que he venido a hablar de mi libro. En este enlace podréis encontrar todos mis libros:

http://www.editorialdharana.com/autores/leon-gomez-javier?sello=nous

La primavera es resurrección. Por eso en la tradición cristiana se recupera ese mensaje de esperanza que siempre transcurre en estas fechas en las que la vida vuelve a presentarse triunfante y majestuosa. Desde la ventana de esta pequeña cabaña puedo ver como los árboles se visten de verde, como las flores se ponen sus mejores galas y como la tierra salpica de vida cada rincón. La muerte del frío invierno es vencida, una vez más, por la vida eterna. El mensaje crístico desenmascara simbólicamente esa ilusión mortal, elevando nuestra visión hasta las altas cumbres, hacia nuestra parte divina, hacia nuestra esencia más espiritual.

Decía Platón en su Stollicae: “Conoce aquello a lo que has llegado, después considera mediante el intelecto lo que has adquirido”. Pensándolo con calma, puedo decir que he llegado a una primavera fría, al menos en lo que respecta al plano emocional. Han pasado estos días hermosos seres capaces de subliminar la vida del más despistado de todos, pero notaba que mi corazón estaba lleno de frialdad, de miedo, de cerrazón, distante, apagado. No tengo ganas de abrirme al amor, ni al deseo, ni a la complacencia del compartir íntimo. Tras los traumáticos hechos vividos en este frío invierno de auténtica muerte personal, he adquirido cierta experiencia que ahora debo reflexionar con calma y distancia. Y aunque por un momento pensé que en la primavera estaría preparado para albergar la esperanza del amor, me doy cuenta de que eso en este instante no es posible. Ni tampoco especialmente deseable. Me siento bien así, en soledad, tranquilo, en paz. Sin tener que demostrar nada, sin tener que aparentar nada, sin tener que hacer nada especial. Si el amor tiene que llegar, llegará, pero nunca más lo forzaré, ni me dejaré llevar por ningún acontecimiento caprichoso. Creo que el mundo de las relaciones es suficientemente complejo como para dejarlos de la mano de un calentón, de un momento de ilusión o de una estúpida decisión que luego pueda acarrear tanto disgusto. Calma, serenidad, distancia. La soledad también puede ser una llama, como decía el poeta.

Mi resurrección personal, por lo tanto, para este año, supongo que pasará por intentar reordenar todo el caos de este invierno, especialmente en el plano material. Intentaré, con fuerza y contundencia, recuperar lo que me pertenece sin afligirme ante el chantaje, el abuso o el egoísmo que estoy recibiendo. Mi gran enseñanza está en proteger lo que me pertenece, en luchar por lo que tanto me ha costado conseguir. Necesito ordenar mi vida económica y para ello lucharé hasta el último céntimo. Mi generosidad ha sido excesiva y ahora estoy viviendo en mis carnes sus consecuencias. Los que he dejado que abusaran de mi exceso de generosidad comprenderán que he cambiado, y a partir de ahora, seré más prudente y contundente conmigo mismo y comedido con los demás. Me causa mucha tristeza ver como mi generosidad se traduce en abuso, en crítica y en destrucción. No puedo consentirlo, excepto con los corazones agradecidos, aquellos que se arrodillan ante la inmensidad y dan siempre gracias.

La resurrección también es espiritual. Quiero alejarme del egoísmo y vencer los miedos que ahora me susurran como fantasmas del pasado. Seguiré trabajando, ocultando y protegiendo junto al dios Apolo nuestra parte más divina, para evitar así que el mundo sea devastado por la ignorancia, el miedo y el egoísmo. No me cansaré de recordar una y otra vez la frase que albergan muchos templos consagrados a la vida: «Dios estableció en la fuerza, sólidamente, el templo». Es a esa fuerza a la que debo aferrarme ahora, en este momento de fragilidad, para seguir adelante, una y otra vez. Resurrección.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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