Caos


 

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Llueve y hace frío. No tengo pijama. Se perdió y no logro recuperarlo. Dormir desnudo en la cabaña es toda una hazaña. Una aventura. Cuando esta tarde subía hacia la casa desde las cabañas un hermoso zorro bajaba. Nos cruzamos, me miró asustado y salió corriendo. Se había comido una gallina. Una aventurera ingenua que había pensado que lejos del corral sentiría mayor libertad. Encontró la trascendencia. Estas cosas me ponen tristes. No logro entender del todo estas leyes de la naturaleza. No logro entender que unos se tengan que alimentar de otros. Es algo que me duele, algo que me produce consternación. No entiendo que aún haya gente que coma animales. Me parece un acto criminal, sangriento, doloroso. Hay gente que trabaja en lugares que se llaman carnicerías. Hay gente que trabaja en lugares que se llaman mataderos. Hay gente que come carne, como el zorro cuando mató la gallina. Pude ver las plumas aún calientes. Hay gente que come gallinas y se enorgullece en las redes. No tiene gracia. Comer alitas de pollo no tiene ninguna gracia.

Cogí el coche con un nudo en la garganta mientras veía como Geo perseguía por el verde prado al zorro veloz. Ambos desaparecieron en los bosques, en sus sombras, en sus misterios. Me adentré por los valles y las montañas majestuosas que hay detrás de este bello lugar. La recogí en su casa y fuimos a tomar algo a la ciudad. Aquí en Galicia no tengo muchos amigos, así que lo de hoy era algo excepcional. Hablamos de mil cosas mientras el tiempo apremiaba por avanzar en todo tipo de encuentros. A veces es bueno salir un poco, tener amigos, charlar de cualquier cosa y sentir el cariño sincero.

Hoy me sentía especialmente cansado. Demasiados frentes. Sin ganas de discutir si la leche debe ser en polvo o líquida, si debemos cocinar con cuatro fuegos o con uno. Pensaba en eso y mil cosas mientras atendía la conversación como podía y pensaba en la gallina. En el primer bar tomé un refresco. En el segundo un descafeinado de máquina y en el tercero una tapa de tortilla. La tortilla estaba exquisita, la compañía era excelente pero la música estaba demasiado alta y los huevos me recordaban la tragedia. Hubo un tiempo, corto, que me hice vegano. Creo que debo intentar de nuevo el veganismo. Los huevos y la leche ya no me hacen gracia. Huelen también a muerte. Me entró sueño y volvimos a los bosques. La dejé en su casa. Los paisajes, incluso de noche, son espectaculares. Nunca había visto un lugar tan bello, ni siquiera en las altas tierras de Escocia, ni siquiera en las profundidades selváticas de Alemania, donde por estas fechas las aves migratorias envolvían el cielo con formas imposibles.

Llovía pero me detuve para hacer algunas fotos. Miré anestesiado el paisaje. En la universidad todo son problemas. Podría estar dando clases en cualquier universidad del mundo pero siempre falta algún papel, algún asunto burocrático. La burocracia asfixia la creatividad y exprime al mundo. Recibí una nota del juzgado. A pesar de que ya casi me había puesto al día con todos los pagos, aún quedan flecos que soportar. Me citan y me informan de que tengo veinte días para pagar la deuda que tengo con un proveedor. Me hierve la sangre pensando que otros están disfrutando de mi dinero y de mis propiedades a mi costa y que yo ando pasando calamidades por estúpido, por insensato. No sé cómo la gente se puede volver de repente tan insensata sin importar el dolor que puedan ocasionar a otros. No sé porqué hay alguien que está disfrutando tranquilamente de todo mi esfuerzo y puede vivir con la conciencia tranquila. Yo al menos no puedo, y llamo a unos y a otros cuando mis deudas superan mi capacidad de reacción. Pero hoy me daba cuenta de que a pesar del esfuerzo, aún son muchos los fuegos que apagar, los frentes a los que enfrentarme con fuerza y paciencia.

Aún no me dio tiempo a poner la tesorería al día. Algunos esperan los resultados a pesar de que el año pasado tuve la osadía de poner al orden a todos los que debían alguna cápita. Al menos pude poner a plomo a los que reclamaban trabajo. Y luego miraba el cable que aún faltaba por enterrar y me dolía todo el cuerpo. Dos días seguidos enterrando cables es demoledor. Al menos ya tenemos luz en las cabañas. Y mientras lo hago voy contestando mails de la empresa, atendiendo llamadas, buscando fuerzas para seguir adelante. Luego me llama el abogado y me pide más papeles. Y me pregunto por qué las personas no pueden llegar a acuerdos cordiales y justos sin tanto papel. Por qué la ambición y el egoísmo nos puede. No lo entiendo.

Mientras espero en la segunda cafetería hago facturas y albaranes. Cinco palets de libros son devueltos por la distribuidora que ha quebrado. Más de 125 mil euros en libros. Justo la cantidad que debo desde hace cinco años, desde que empecé este loco proyecto. Si los vendiera todos me quedaría libre de deudas. En ese sentido sería más feliz, me sentiría más liviano. Seguramente me compraría un coche eléctrico porque junto a un buen móvil y un buen ordenador, son las tres cosas que necesito para desempeñar bien mi trabajo. Lo demás me sobra todo. Por eso no tengo ganas de discutir sobre si la leche debe ser en polvo o líquida. Si siguen estas discusiones tontas tendré que enviar a más de uno a parvularios. Estaría bien plantar más árboles y hacernos veganos. Anular el café y la leche líquida era algo que ya habíamos conseguido. Pero te vas unos meses y todo retrocede. Conquistas pasadas ahora resultan ser un estorbo. Nos hemos vuelto unos señoritos. Hasta tenemos wifi en las cabañas y tostadas todas las mañanas. Un caos.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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