Cuando todo arde


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Hace tres años ardía el corazón de un buen amigo. Su llama se apagó en la tierra y nació un brillo allá en el cielo. Durante estos años lo hemos imaginado amable, sonriente, tocando un arpa en algún lugar de alguna de las dimensiones celestes. Un hombre bueno nunca muere en los corazones que iluminó. Por eso sigue vivo, en el recuerdo de los que lo conocimos, en las lágrimas de los que lo lloramos. Arde su llama en nosotros, y esa poderosa lumbre seguirá ahí mientras el recuerdo siga vivo. Su ejemplo nos hizo mejores, y eso será algo que algún día podremos transmitir a los nuestros. Si la bondad es contagiosa, la plaga seguirá su curso hasta que todo ser humano se llene de misericordia y humanidad. Los hombres buenos nos hacen mejores, nos iluminan, nos inspiran, nos dan la esperanza del futuro.

Hace hoy justamente tres años viajábamos inocentes, recién nacidos en el amor, hacia la tumba de ese buen amigo. Uno siempre piensa, en esa ingenua llama que arde dentro, que el amor durará para siempre, que el celo, que la vida nos une para permanecer ardientes toda la existencia. Nunca pude imaginar que esa llama terminaría por un malentendido, por una mala gestión de emociones y hechos fortuitos que pusieron a cada cual en un lugar extraño. Pero así es la vida y sus avatares. La vida siempre es sabia, y sabe cuando el amor se agota, cuando el amor debe pasar a otra fase.

Hoy recibí noticias de un ser querido perdido en los bosques. Andaba preocupado y por fin dio señales de vida. Continua su viaje, que suena a despedida o reencuentro, nunca se sabe. Viendo como la llama arde en el consuelo de las almas, siento agradecimiento y paz. Al menos sé que está viva, al menos sé que si no halló el amor en su errante marcha, en alguna parte lo encontrará. Mi llama sigue ardiendo, ya sin importar ser o no ser correspondida, porque ahora entiendo que lo importante es amar sin importar el sujeto amado. El amor es un llamamiento para entender que la vida no puede ser atrapada, que todo se purifica una y otra vez en los arrebatos de lo indecible. El amor nunca palidece, permanece latente a la espera de una respuesta, de un abrazo, de un retorno, de ese gesto que aviva como un soplo las brasas perennes.

Cuando llegué a casa tras una jornada abrasadora de noticias y acontecimientos, como si no hubiera sido suficiente, veo las imágenes de París ardiendo en su corazón. Notre Dame, mi querido y añorado templo, ardiendo en llamas. No me lo podía creer. No lo quería creer por toda la carga simbólica de lo que realmente estaba ardiendo. ¿Arde París? No, no es la pregunta histórica la que encierra la respuesta. Es algo mucho más profundo e incierto. Cuando todo arde, uno ya no sabe a qué aferrarse. Bueno, quizás sí, al hombre bueno que nos dejó hace tres años, al amor imposible, al amor, siempre al amor… Pero sobre todo, a la esperanza de que esas paredes, de que esos muros de piedra pulida volverán a levantarse una y otra vez. Como el amor. Así es el ser humano… Indecible, confuso, perdido, pero lleno de fe y esperanza.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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