La casa de los cristales


Beatriz intentó comprarla hace unos años. Era la casa estilo bauhaus que impresionaba a todo el mundo. Allí en el pueblo la conocían como la casa de los cristales, o también como la casa del escritor, un tipo extraño que estuvo viviendo allí unos años y se le ocurrió hacer una casa siguiendo las directrices del número de oro y la geometría sagrada. La construcción aurea tuvo su apogeo en 2012, cuando, ante mis continuadas ausencias debido a mis viajes, cedía el espacio de forma gratuita a grupos de meditación. De ahí que se llenara todo de camas y los espacios tuviera ese aire newage que ayudaba a mantener un clima de equilibrio y relajación. El cálido sol del sur hacía el resto.

Eran tiempos divertidos, de mil aventuras y cientos de experiencias extrañas, diferentes, sutiles. Tener la editorial en el sótano y la vivienda encima de ella hacía que se crearan encuentros con gente de todo tipo que venía desde lejos o cerca para intercambiar algún tipo de relación. El principio del fin fue cuando me enamoré de una hermosa aristócrata y me marché a vivir a Madrid. A mi vuelta, tras el fin de la relación y en plena crisis económica, las cosas empezaron a marchar mal en todos los aspectos y tuve que deshacerme, con cierta pena, de la casa, de mis ahorros de toda la vida y de una etapa que terminaba con cierto sabor agridulce.

Años más tarde hemos editado un libro a Beatriz, la cual me contaba estos días en la feria del libro su amor por esa casa que estuvo a punto de comprar. Qué sincronías extrañas. La verdad es que al ver su brillo en los ojos me removió por dentro. Tanto esfuerzo en esas paredes, tantas ilusiones, toda una vida puesta en esos ladrillos en plena sierra andaluza. La práctica del desapego siempre está ahí, latente, hasta que hoy me escribió la actual dueña de la casa, Carmen, una hermosa mujer por dentro y por fuera que constantemente me invita a habitar esa casa que dice, sigue siendo mía, aunque los papeles digan lo contrario. Qué hermosa esa relación de desapego, la suya y la mía, y de generosidad absoluta.

Y luego la vida, y mis amigos abogados diciendo que tengo que terminar mi relación mercantil (la emocional ya terminó, por suerte) con las propiedades que aún tengo con mi ex muy cerca de Santiago. Como la sinrazón se apoderó de todo y de todos y no hay comunicación posible, me dicen los abogados que hay que ir a pleito, a juicio, y cuanto antes mejor. Supongo que los abogados saben de estas cosas, y no habrá más remedio que buscar ese juicio justo donde se reparta de forma justa el lote de pisos. La cosa común tiene que dejar de serlo si ya no hay ningún tipo de relación, ni interés por mantener ningún tipo de vínculo de ningún tipo, ni afectivo, ni mercantil ni de mera amabilidad, que digo yo, sería lo mínimo que una persona debería mantener con otra cuando durante un tiempo fueron casi almas gemelas. Como tengo que seguir practicando el desapego sobre los éxitos y las pérdidas, pues asumo el reto y delego a la vida lo que tenga que ser.

La conclusión de todo este proceso de equivocaciones continuas es que ya no tengo ánimo para más casas, ni para más relaciones de ningún tipo. Las traiciones sufridas en los últimos tiempos han sido ya suficientes para el ánimo y mi propio carácter. Darlo todo para recibir desprecio y egoísmos y traición ya no va conmigo. Me rindo. Viviré hasta donde pueda en la pequeña cabaña, escribiendo, paseando taciturno, solitario. Ya no deseo que me rescaten ni rescatar a nadie de esta soledad tan desolada. Solo deseo estar tranquilo, dándole de comer a los pájaros y viendo como la naturaleza sigue triunfando a pesar de todo. La casa de los cristales fue un error y un fracaso del cual no aprendí, viendo mi confianza en el ser humano y en el amor que puse estos últimos años en personas egoístas, desagradecidas y dolientes. No escarmiento. Ahora resulta que soy dueño de otras casas que no puedo habitar y de las cuales se está haciendo un uso abusivo, con la complacencia del egoísmo más absoluto. La cosa común, dicen. Pues nada, al César lo que es del César, y que sea lo que Bios quiera.

(Hoy me he encontrado este video de la Casa de los Cristales que me ha rememorado viejos tiempos). 

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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