El corazón de una paloma amanece en paz


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© Oleo “Campiña con charca”, de José Vicente Corona

Me desperté buscando a mi lado el calor de un abrazo. Oteé con la mano uno y otro lado de la cama pero a medida que mis siete cuerpos se iban entregando a la realidad, me daba cuenta de la ilusión de vivir separado del fuego, de los álamos verdes en los márgenes del río. Me duché para limpiar mi aura tras afeitar mi cara ahora sin pelos. Las cigarras cantoras aún no han llegado. Realmente hacía frío esta mañana. Desayuné taciturno y salí hacia el coche que aún sigue averiado y se para cada dos por tres en mitad de la carretera. La cara reparación no sirvió de nada y toca arriesgar. Al menos, el recorrido desde la sierra a la ciudad califal es bien hermoso a pesar de los sustos de la carroza. Montañas, campiñas, frutales, alamedas, el hermoso valle del Guadalquivir y todo tipo de animales muertos que yacen en las cunetas, señal de la riqueza de vida que por estos parajes se desprende. Me quedo absorto ante las bellas vistas que se derraman a uno y otro margen entre castillos y veredas hasta llegar a la ciudad omeya.

Aparco frente a la estación de tren y sus ruinas romanas, preludio de inicios y finales. Tengo que llegar pronto porque luego me espera un paseo entre jardines y huertas urbanas hasta llegar a la feria, en pleno centro, en la avenida del popular Gran Capitán. Voy haciendo mi camino absorto por la poesía del lugar, por el crepúsculo interior que bombea sangre con cierta melancolía y pena hasta llegar al número 32 de la feria del libro. Abro la caseta medio mojada por las lluvias primaverales y se abre ante mi la luz de los libros, relucientes, brillantes, únicos.

Al poco rato llega nuestro primer cliente. Trae consigo un libro envuelto en una de esas bolsas de plástico que tanto están contaminando nuestros mundos. Lo saca y desea devolverlo porque su lectura es demasiado compleja. Es “La luz del Alma”, de AAB, ¡ay el alma mía! Sonrío por dentro ante la paradoja. Llevamos cinco días de feria, la mitad de la jornada, y aún no hemos amortizado ni la mitad del precio de la misma. Ni siquiera la gasolina de haber llegado hasta aquí. Aún así no me importa. Persevero en el ánimo a sabiendas de que “La luz del Alma” tiene que seguir viva y sobre la mesa. Le devuelvo el dinero y promete volver para comprar algún otro libro, quizás un cuento o algo sobre relajación. Le miro la parte pituitaria izquierda y sé que volverá. Lo hace justo cuando escribo estas letras, a cual sincronía hermosa, y se lleva, por el mismo precio, “El punto de quietud”, de Ramiro Calle, prologado por este servidor hace ya un tiempo. Por curiosidad remiro sus primeras páginas y me encuentro una cita del yogui Ramana Maharshi: “en el debido momento sabrás que tu gloria está donde tú dejas de existir”. Me quedo mirando el mundo y recuerdo su doctrina de no dualidad, el atma-vichara, la indagación del alma, donde todos somos uno con la fuente primera, y por lo tanto, no hay separación posible.

Cuando saco la pequeña caja de caudales encuentro una nota en la mochila: “el corazón de una paloma amanece en paz”. Cojo la nota escrita en color verde con delicadeza y cariño. Me quedo mirándola y le digo mientras la abrazo: “gracias por curar la pobre melancolía”. Recuerdo entonces los versos de Machado: “Hermosa tarde, nota de la lira inmensa, toda desdén y armonía; hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa”. Y entonces, abrazado a la nota verde, con su lenguaje verde y mistérico, siento la paz, y la unión, y el amor más allá de la separación. Y amanece en mí un corazón tranquilo, firme, convencido, de que las cosas siempre son trascendentales y de que la “luz del alma” ha vuelto para seguir iluminando esta caseta, sin separación posible, en la unidad de todas las cosas, incluso en la unidad de aquellas que partieron lejos, hacia el Camino.

Termino de escribir estas letras y mientras buscaba algo sobre Ayam Atma Brahma, se acerca una hermosa mujer y compra el libro “Amor es relación”. Otra hermosa sincronía. Como soy tímido no le digo que yo soy el autor, y ni siquiera tengo la cortesía de dedicárselo. Ella tampoco se da cuenta de que el hombre que aparece en la solapa del libro soy yo mismo, sentado frente a ella, mirándola con la devoción con la que un hombre puede mirar a una mujer hermosa. Sonrío por dentro por la magia de la vida. Y me dejo fluir por la gracia, deleitado por esa visión más allá de lo aparente. Recojo la nota verde y el corazón, de nuevo, se vuelve paz y amor.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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