La gran huida


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La lectura es una buena fórmula de evasión

“La libertad, al fin y al cabo, no es sino la capacidad de vivir con las consecuencias de nuestras propias decisiones”. James Mullen

Siempre he sido un gran aficionado a las fugas. Me he fugado de muchas cosas, de muchos lugares y de muchas personas. A veces, de forma consciente, otras, de forma loca, sin razonar, con sus consecuencias. Mi primera gran huida, mi primera gran fuga fue del ejército. Me declaré primero objetor de consciencia y más tarde insumiso al servicio militar por motivos éticos. Estuve cuatro años en caza y captura, así que me fugué al sur de España, donde cada pocos meses cambiaba de domicilio para evitar los dos años, cuatro meses y un día de cárcel por el delito de rebelión. De los diferentes grados de insumisión que había según la estrategia a seguir, yo pertenecía al grupo conocido a veces como los “invisibles”, el cual se declaraba insumiso a los tribunales y no acudía a las citaciones y mucho menos a las órdenes de ingreso en prisión. Sobrevivíamos en la clandestinidad con órdenes de busca y captura pesando sobre nosotros hasta que en ocasiones éramos localizados y detenidos. Mis cuatro años escondido en el sur de España evitó la captura y la prisión hasta que se declaró la gran amnistía. La insumisión de aquellos días fue un importante movimiento de desobediencia civil al que tuve el honor de pertenecer. Eran otros tiempos.

Mi segunda gran huida tuvo que ver con el trabajo. Mi excesivo espíritu libre me impedía mantener una relación normal con el ámbito del trabajo asalariado. No soportaba las injusticias, ni la explotación, ni el abuso, así que duraba poco en las empresas. Creo que mi récord estuvo en dos años continuos, tiempo suficiente para darme cuenta de que lo mejor que podía hacer era ser mi propio jefe. Por eso me hice autónomo o pequeño empresario. Así solo tenía que rendir cuentas a mí mismo. Sin amo, sin patria y sin Dios. Esas cosas que uno piensa cuando se vuelve existencialista.

Mi tercera gran huida siempre ha sido con las relaciones de pareja. Normalmente, cuando notaba que la otra parte recelaba, o dejaba de estar enamorada, solía huir, desaparecer. Nunca fui capaz de pasar a la fase de responsabilidad y de compromiso que todo proyecto a largo plazo requiere, inclusive el emocional. Nunca fui capaz, quizás por orgullo o decepción, de abordar una relación con cierta seriedad. Y cuando lo he intentado, he fracasado estrepitosamente. Por eso nunca tengo relaciones estables ni duraderas en el tiempo. ¿Quién iba a soportar a alguien que siempre huye de los anillos de compromiso y las servidumbres maritales? Mi especialidad es hacer creer al otro que son ellos los que huyen. Como gran saboteador de relaciones, no son ellas, soy yo. Me marcho, desaparezco mientras que los otros creen que son ellos los huidos. Pido perdón a las fugadas. Lo siento, pero soy irreductible.

La otra gran huida es espiritual. Tiene que ver con ese “fuga mundi” o “contemptus mundi”, ese claro desprecio hacia las cosas mundanas, esa búsqueda constante de cierta serenidad interior sin trabas y sin ningún tipo de distracciones con los apetitos materiales y las conexiones emocionales febriles. La espiritualidad, para muchos, nos sirve como acicate para no adentrarnos como personas adultas y responsables en los asuntos de la materia. Por eso también huimos de la familia, de las patrias o de cualquier cosa que nos ate a algún tipo de estatus, ideología o creencia. Mi espiritualidad en ese sentido es un poco ácrata. Se revela de forma hilozoista, invisible, energética, pero no sólo hacia fuera, sino también hacia dentro, y viceversa. Sin credo, sin Dios determinado, sin obispado al que rendir cuentas. A mi aire, en el aire. Sutil y manejable solo desde lo más esotérico. Desde lo más inaccesible. Lo arquetípico, lo oculto, lo mistérico.

Sea como sea, observo que mi vida se podría resumir en una gran huida. Siempre huyendo de las responsabilidades, de los compromisos, de los retos, de los problemas y circunstancias que esta maraña de enjundias crea en nuestra realidad. Por eso me gusta tanto viajar, porque es vivir en esa constante huida. Por eso me gusta ir a mi bola, esconderme en una meditación constante sin tener que dar la cara ahí fuera. Por eso mi refugio en los bosques y por eso mi afán por no tener dinero, así no tengo que acarrear con las diez mil cosas con el que el dinero te compensa inevitablemente.

Pocas cosas son capaces de atarme. Pocas cosas son capaces de llenarme de compromiso y responsabilidad. Pocas personas han sido capaces de entender la importancia suprema de permanecer en lo bueno y en lo malo en este constante espíritu libre. Por eso, cuando en lo malo alguien huye, se abren las puertas del campo y se tienden puentes de plata. Y a aquellas que pese todo han conseguido permanecer, y no han huido, encuentran entonces la eterna recompensa en el lazo místico. Allí nos vemos, valientes. A los huidizos, los comprendo y les doy alas. Que les vaya bonito.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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