El retorno a las fuentes


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Me sorprendió ver ese hermoso ser posado en la silla. Una mariposa que realmente parecía un hada, un ser de otro mundo, frágil y casi transparente. La miré absorto bajo el calor octogonal que la primavera recién estrenada desprendía a raudales. Una mariposa salida de algún sueño.

La verdad es que la vida en los bosques transcurre de forma muy diferente. El tiempo no se mide, simplemente pasa. Tanto es así que llevaba ya días sin escribir, pensando que hoy era ayer y en realidad ha pasado ya una semana. Por eso la mariposa me recordó tantas cosas. Especialmente lo frágil que es la vida, lo volátil que es todo, y lo complejidad que subyace en cada instante. Planeas cosas, pero luego las cosas pasan de forma diametralmente opuesta. Piensas que internarse entre árboles puede asegurarte cualquier recompensa, pero aquí todo se mide de forma diferente. Cogí la mariposa, la puse en la ventana y desapareció entre vientos que la llevaban de aquí para allá. A pesar de la frágil experiencia, ocurrieron otros hechos importantes.

Ese mismo día llegó el equinoccio, con su luna llena, con sus rituales ancestrales, con su celebración a la vida. El sol es cálido y amable, los árboles empiezan a despertar de su letargo y comienzan a teñirse de verde. La vida es como si de repente comenzara a fluir más rápida, más vibrante y luminosa. Si te paras un momento a mirar la belleza del entorno es como si entraras, con un poco de constancia, a otra dimensión donde los colores son más brillantes y la vida clama con un sentido misterioso. Es como si el cielo se manifestara en la tierra de forma poderosa y pudieras arriesgar un trozo de esta realidad para traspasar las barreras que nos separan de lo esencial. Puedes ver la vida, la materia, las fuerzas, las energías y los arquetipos que subyace en cada una de esas dimensiones paralelas.

En estos días he descubierto algunas cosas interesantes sobre los procesos que la existencia te anima a perseguir. He visto claramente como las necesidades pueden ser personales, o si queremos, necesidades del ego, del pequeño yo. Todo aquello que tiene que ver con nuestras inquietudes más inmediatas y egoístas se manifiestan con una fuerza alarmante en nosotros y el mundo.

Luego están las necesidades de eso que las tradiciones llaman alma. Alma es una palabra extraña pero que encierra en sí misma un poderoso significado. Y saber y atender las necesidades del alma no es fácil, porque es algo que late en potencia en nosotros, pero no en acto. Es decir, el alma es algo latente, pero incapaz de manifestarse en nosotros. Sólo en breves destellos de iluminación momentánea tiene cierto poder de manifestación. Como la mariposa que entra en la cabaña y desaparece en un instante mecida por los vientos en el día equinoccial. Pero cuando eso ocurre y lo observas de forma despierta, es posible captar cierto mensaje, cierto destello de luz, de comprensión superior sobre las cosas. Cuando el alma es capaz de asentar parte de su existencia en nosotros, nuestras capacidades y entendimiento cambian para siempre. Y descubro con asombro que el alma también tiene sus propias necesidades y alimentos, sus propias exigencias para adecuarse y asentarse en nuestras vidas.

En los bosques, ante la visión de la naturaleza plena, es posible que el alma se acomode, que te posea con mayor frecuencia, ya no como algo ajeno a nosotros, sino como algo que empieza a pilotar nuestras vidas, nuestra entrega a un propósito mayor, a algo que supera con creces nuestras necesidades particulares y egoístas del pequeño yo. Y cuando eso ocurre, especialmente en momentos de plenitud silenciosa, descubrimos un tercer agente, un factor que está por encima de la vida del alma, un pequeño y leve toque de clarín. La tradición habla de ello como la vida del espíritu, o como la cosa espiritual e inmanente que está en todo lo existente. Aquí el Misterio es poderoso, porque el espíritu, a diferencia del alma, ya no es algo tan tangible, ni tan fácil de atrapar o contextualizar al tratarse de algo que pertenece a todos, y no a una entidad definida.

El yo y el alma aún tienen cierta identidad, pero no el espíritu, que subyace en la no identidad de todas las cosas. Sin embargo, cuando un trozo de su poder es capaz de asentarse en el trono álmico, la experiencia sensitiva y vital supera con creces todo lo vivido hasta ahora. Ya no se trata de una mariposa frágil que es mecida por los vientos. Ahora es el PROCESO en el que esa mariposa, el bosque, el viento y yo mismo nos encontramos en un mismo instante dentro de otro instante mayor. Esa experiencia es como una revelación del continuo fluir de la vida, y de como nosotros participamos en ella. Esa experiencia, fugaz, primaveral, volátil, nos permite comprender las necesidades del alma y del espíritu, y participar de su concierto existencial si deseamos atenderlas. Y en ese proceso me encuentro, por eso pierdo toda noción de tiempo, de trabajo, de experiencia. Por eso pasan las horas y los días y siento rejuvenecer en vez de envejecer. Como si el volver a las fuentes dotara de sentido todo lo demás, y al hacerlo, uno se hiciera espíritu inmortal.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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