Esa vida onírica


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Ayer tocó desatascar tuberías y hoy reparar un molino de viento. Parece que en el mundo arquetípico todo está relacionado y todo está lleno de símbolos. Estos días en los bosques han sido un poco de locos. Aquí el tiempo es diferente. Se podría decir que no hay tiempo, ni orden aparente, ni programación normal sobre lo que podría ser una jornada tranquila o cualquiera. Todo discurre, sin más. Y la mente analítica debe adaptarse a ese fluir inexacto, expresivo, incandescente. El tiempo de la ocasión es impermeable. Uno se desliza ante la suave atmósfera. La sensación es como si estuvieras contemplando el curso de un río desde fuera y de repente te lanzas a sus aguas dejándote llevar por su fuerza. No sabes hasta qué orilla, ni siquiera sabes qué ocurre o ocurrirá mientras flotas en la intemperie. Pero te dejas llevar mientras ríes de emoción.

Esto es realmente apasionante. Si no fuera por todo el trabajo que se empieza a acumular, por la falta de medios para intentar abarcarlo todo, por no tener casi de nada y aún así vivir una vida rica en experiencias. Y el río sigue arrastrándome con su fuerza, con su ímpetu, disfrutando de los paisajes, sin expectativas, sin mayores dramas que el fluir. Ahora ya no me cuestiono las cosas del pasado o del futuro. Ni siquiera me cuestiono las cosas del presente, como si estuviera viviendo en un ciclo natural, en un proceso supraconsciente que predomina en una psique demasiado acostumbrada a atar las cosas, a controlar las cosas.

Con el tiempo uno descubre que nada se puede controlar, que la vida se muestra caprichosa o milagrosa dependiendo de nuestra propia inclinación interior. Uno se levanta por las mañanas y decide realmente cómo será el día dependiendo del escenario que dibujemos en nuestra mente. Si miramos la vida con alegría, solo pueden ocurrir escenarios hermosos. Si miramos con tristeza, casi seguro que lloverá. Y no lo digo porque la lluvia sea algo triste en sí misma. Más bien es una alegoría de la corriente de agua que corre dentro de nosotros cuando nuestras emociones deambulan hacia las esferas acuáticas.

La vida es onírica. Se supedita a los sueños y estos a nuestra labor como creadores. Cuando el arte recorre nuestras venas, la vida puede llenarse de tonos impresionantes, sacados de otros mundos. Cuando vagamos ante la premisa del tedio, lo gris se manifiesta inevitablemente. Mañana, cuando amanezca, miraré el bosque, escucharé el canto mañanero de los pajarillos ya disfrazados de primavera. Intentaré sopesar qué merece la pena pensar, sentir y hacer. Me guiaré por cada acontecimiento, por cada nueva experiencia que se presente. Seguiré aprendiendo, como un niño que mira con atención y curiosidad el nuevo mundo. Suspiraré por todo aquello que me gustaría abrazar e intentaré que el lazo místico se manifieste con profundidad. Me siento bien, ya alejado de la tempestad, y ahora más preparado para las siguientes pruebas. Mientras, río en el río… Qué paradojas…

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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