Hacia un mundo amable


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Esta tarde meditando en O Couso

Domingo. Suena el despertador a las siete. Los pajarillos se escuchan en los árboles. El bosque amanece lleno de rocío inmaculado, preñado, fresco. Me estiro mientras sonrío interiormente. La noche fue bien, el reencuentro con la cabaña fue hermoso y tranquilo. Paz y silencio a esas horas. Observo atento a mi alrededor cada párpado de recuerdo. Miro por la ventana como llueve mientras se mecen los árboles con cierto aleteo alegre. Geo me mira, se levanta y se estira. Aprovecho su iniciativa y lo imito con cierta pereza. Me quito el pijama de franela. Me visto tranquilo. Hago la cama y emprendo el camino hacia la ermita. Allí ya está María silenciosa. La acompaño tras encender la vela y tocar los tres gongs.

La ermita es un centro de peregrinación para almas que buscan paz interior. El silencio acompaña los ritmos que creemos se expanden más allá de nuestra parte corpórea y limitada. Hay sutilezas difíciles de describir, mundos incapaces de manifestarse si no es ante una observación atenta y desapegada de todo lo que somos. La paz interior no es más que conectar la llama que nos ilumina y refleja nuestro sustento álmico con aquello que resplandece más allá de lo cognoscible. La paz nos sobrevive cuando auscultamos el universo en su magnificencia cósmica y conectamos con esa vibración compartida. Realmente funciona como la música, con sus armónicos y su oscilación auditiva. El sonido se extiende como la luz, a un ritmo diferente, pero eficaz. La voz del silencio permite esa conexión imprescindible y nos trae paz.

La vida ordinaria, el día a día, es convulso. Si estamos solos, la pelea es con nuestros miedos y fantasmas. Si vivimos con otros, ya sea con parejas, familia o amigos, la convulsión entonces puede llegar a ser violenta y descontrolada. No somos perfectos y ya sabemos que hay muchos tipos de violencia, y a veces resulta difícil controlarlas, apagarlas, dominarlas. La violencia puede ser psicológica, sutil, invisible pero poderosa. También puede ser verbal, como cuando berreas a un animal, y olvidas que, a los animales, y menos aún a las personas, no hay que berrearlas. A veces esa violencia se descontrola y pasan cosas horribles.

De ahí la belleza de empezar y terminar el día con un momento de silencio, de trascendencia, de coloquio interior con la paz. Esa música nos acomoda a un estado del ser diferente. Silencio, paz. Paz silenciosa. Gandhi sabía mucho de esa paz y la llevó al mundo como ejemplo encarnado. Nosotros deberíamos intentar, en la medida de lo posible, dejar de berrear, y aprender a ser amables, cariñosos, amorosos con los otros, sean los que sean. Ser amable con el mundo es ser amable con la parte trascendente de la que venimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Ser cariñosos y amorosos con todos aquellos que nos rodean producen un efecto multiplicador en la construcción inevitable de la paz mundial. El día que comprendamos la importancia de la amabilidad, del cariño, de los pequeños gestos, ese día el mundo empezará a cambiar. Paz al mundo, paz a los hombres y mujeres de buena voluntad para que lleven paz a todos los rincones de la esfera existencial. Feliz y pacífica vida a todos. Mi paz os doy, mi paz os dejo.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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