Ya no sé hablar


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Ya no sé hablar. Ni siquiera sé de qué hablar. Uno se cansa de hablar. Voy al bosque y miro al árbol. Lo observo con calma, con esa calma de creernos inmortales ante ese instante nimio. Si el árbol es suficientemente grande, uno se siente anestesiado ante su fortaleza. Por eso prefiero callar y observarlo. Tiene mucho más que decir en su silencioso ajetreo con el viento que yo ante mi constante ajetreo mental. Mi mente es un reguero de emisoras que capta los diez mil pensamientos que sucumben en la frecuencia modulada del mundo intangible. Ante la robustez del árbol descubro que mis pensamientos no son míos. Se cuelan, vienen y van, pero no pertenecen a nadie, ni siquiera a mí. Por lo tanto, miro el árbol y prefiero callar. No decir nada. Para qué hablar si no somos capaces de sostener un ápice de compromiso. Para qué decir nada si no hemos aprendido a escuchar. Podría hablar mil idiomas y no tendría nada que decir porque aún nadie me enseñó a escuchar.

Pero ante el árbol la comunicación es diferente. Él no necesita decir nada ni yo necesito decir nada. Nos observamos, uno ante su naturaleza vegetal y el otro ante su naturaleza homo-animal. Siento como él me mira a su manera verde. Y yo intento mirarlo a mi manera azul. Pero no hablamos, no hace falta hablar. El árbol entiende mi mensaje oculto, mi lenguaje, mi sinceridad, mis miedos, mis alegrías, mis propósitos, mi camino. Y yo puedo entender su mudo respirar. No necesitamos nada más que mirarnos, y si nos atrevemos, si nadie nos mira, si nada extraño acontece, podemos incluso abrazarnos en silencio. Un acto de amor mudo, desnudo, sin pretensiones, sin ambiciones.

Los árboles tienen esa conexión especial con el mundo. Entierra sus brazos en la profunda tierra al mismo tiempo que sucumbe de igual manera hacia los cielos. Esa enseñanza es impresionante porque el árbol atiende a todos los requisitos de la existencia. Aprieta sus raíces en la oscuridad brillante mientras aletea sus ramas ante la luminosidad de la bóveda celeste. Hay una doble danza, un doble juego. Puede lamer ambas realidades y nutrirse de esa enseñanza. Y todo en respetuoso silencio, sin mediar palabra. El árbol quizás sea uno de los seres más admirables porque sabe escuchar. Algo tan lejano a lo que nos ocurre a los humanos. El árbol atiende, empatiza, se yergue centinela de nuestros más profundos secretos.

Un árbol no reclama su sensibilidad, sino que atiende majestuosamente a la sensibilidad de todos. Se expresa de igual forma, respetuoso con el trozo de espacio que le corresponde. Cobija y da calor a unos y otros, alimento a unos y otros, disfrute y aliento a todos. Su obra es admirable cuando el árbol es lo suficientemente grande y nos observa desde cualquier altura. Nos mira con reposada paciencia y humildemente atiende nuestras súplicas, nuestros deseos, nuestros anhelos. Crece silencioso, año tras año, invierno tras invierno. Se expande en su bosque silente.

Ya no sé hablar. Por eso voy al bosque en búsqueda de comprensión, de aliento, de luz. Allí los elementos y los elementales se aproximan curiosos. Se acercan en susurro y producen ese cosquilleo inquietante que nos hace erizar todo nuestro cabello. En el bosque, junto al árbol, cualquier árbol que sea lo suficientemente grande, podemos entablar una comunicación diferente. No es necesario hablar, porque sabemos que el árbol, cualquier árbol, podrá escuchar. Sí, podemos hablar diez mil idiomas. Pero si no sabemos escuchar, de nada nos sirve. Por eso el árbol es admirable. Escucha todos los idiomas, los atiende, los abraza y cobija. Es cierto, ya no sé de qué hablar. El árbol atiende ahora mis silencios, y comprende.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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