El principio cuántico de la no separatividad


Respirar. Escuchar la lluvia tras la ventana. Observar el fuego que calienta y acoge el bienestar. La música suave, sin drama, meciendo los momentos. La mirada perdida, retórica, curiosa, expectante. La presión de la vida sujeta. La voz interior clamando atención. El susurro de las madreselvas que crecen en la intemperie. El cúmulo de momentos que se ordenan de forma adecuada, incesante. Una escoba reposa en el aparente caos esperando cumplir su misión. Un vaso de agua vacío. Algunos huesos de aceituna. Una luz templada, lejos de ser cegadora. La guitarra sin acordes. Respiro y observo. Vuelvo a respirar hasta sucumbir en el cansancio del día.

La jornada se agota. Es tarde. Los Trabajos de Hércules está ya terminado, listo para la imprenta, esperando alguna financiación, alguna venta, para cobrar vida. Decenas de libros esperan y van haciendo hueco. Me escribieron desde Suiza para comunicar que por fin habían aceptado mi artículo en inglés. Mi primer artículo científico en una revista científica. Lo comuniqué a la comisión académica y a lo mejor lo dan por válido para poder defender, por fin y de una vez, la tesis. Algún día seré doctor en antropología, aunque ahora sonrío ante esa idea descabellada tras una década de idas y venidas en una investigación holística que me ha llevado lejos, muy lejos, en la comprensión humana. Expiro satisfecho. Ya no siento deseos. Ya nada importa. Solo observo.

Respiro de nuevo y noto como la soledad se apodera una vez más del instante. Ahora es una soledad dulce, abrigada por la experiencia, agrietada por la ensoñación del abrazo, por el latir de los corazones intangibles que se aproximan sigilosos. Una soledad amable, compartida, experimentada en secreto. Exhausto buceo en las premisas omniscientes. Vuelvo a respirar mientras siento la vida en un instante. Ese pasajero momento se infiltra en los aposentos del alma. Entonces creo que la vida es más amplia y todo se convierte en un baile, en un latir hermoso y hermanado con lo invisible. Y entonces ya no me siento separado, sino unido. Un pálpito que palpita. Un halo que se fusiona. Un aleteo que se sumerge en lo incognoscible.

Respiro de nuevo y veo. Pero ver es algo confuso, más bien percibo, aunque el percibir también se limite a sí mismo. Quizás lo que ocurra es que ya no ocurre nada porque cuando ya no estás separado la sensación es como ser todo y nada al mismo tiempo. La música suave. Yo soy. La mirada perdida. Yo soy. El susurro de las madreselvas. Yo soy. El vaso de agua vacío. Yo soy. Incluso los cúmulos de instantes, la guitarra sin acordes, la belleza, el secreto, yo soy… Siendo… eso es todo…

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 respuestas a “El principio cuántico de la no separatividad

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