La vida al calor de los campos


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‘Usted necesita caos en el alma para dar a luz un inicio danzante.” Friedrich Nietzsche

Ayer paseando entre campos y bosques nos preguntábamos porqué la gente prefiere huir de este paraíso para asimilar la vida en la ciudad. Hablando con unos paisanos nos dábamos cuenta de la urgente situación del mundo rural. Lo cierto es que cuando esta generación desaparezca, los campos quedarán desolados. Por un lado, la naturaleza tendrá su oportunidad de medrar, de crecer a su antojo sin la intervención humana. Ayer mismo nos lo decían: antes no había tanto árbol. Seguramente, todo será próspero y florido en la vida salvaje que se avecina. Por otro lado, da pena pensar que estos lugares quedarán abandonados, solitarios, sin almas que puedan labrar sus tierras, disfrutar de sus frutos, admirar el calor del tiempo sencillo.

Es cierto que la vida en la ciudad tiene su encanto. Uno se siente satisfecho cuando va al trabajo, dedica parte de su existencia a realizar algo útil para los demás y vuelve a casa con la satisfacción del deber cumplido. Pero la satisfacción en el campo es otra. Tiene más que ver con la conexión primordial del ser humano con el calor que susurra la tierra, con el aleteo de las aguas de los ríos, con el sabroso aroma del viento cuando se cruza con un campo florido. Hay una ligazón que nos vincula con la vida cuando miras a tu alrededor y lo que ves es la expresión más salvaje de la existencia. Con mirada profunda, puedes ver como desde un irreconocible misterio, todo crece desde un cierto orden. Hay un equilibrio sensato que no teme seguir la existencia.

Los árboles parecen nostálgicos, siempre hundiendo la mirada hacia abajo con la misma fuerza con la que miran hacia arriba. Los cielos limpios y azules, las veredas verdes con su musgo florecido, las huertas preparadas para albergar el fruto y los sotos a punto de expandir sus ramajes hacia lo más alto. A veces puedes adentrarte en la espesura y observar en silencio el sonido del bosque. Algunos pajarillos curiosos se acercan para ver cuales son las intenciones. Otros prefieren huir ante la fama fundada de lo que somos. Cientos de animalillos recorren cada vereda, cada páramo, cada rincón encantado. Hay un inestimable calor en los campos.

Aquí, en los lugares abandonados de la historia rural, uno puede comprarse una casita de piedra por muy poco dinero. Con algo de ahorros, puede ir restaurando el lugar, volverlo habitable y vivir de lo que uno quiera. Con algo de conexión a internet y un poco de imaginación, uno puede dar rienda suelta a sus talentos. Al hacerlo, uno puede vivir arropado con pocas cosas. Si tuviera que marcharme lejos de todo y volver a empezar de nuevo, elegiría sin duda un lugar como este. Buscaría una tierra generosa, construiría de nuevo una pequeña cabaña y seguiría con mi labor tranquila, editando libros, escribiendo y ayudando en todo lo que pudiera para hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.

Soy un chico de ciudad que nació en la ciudad y creció en la ciudad. Pero estoy, de nuevo, descubriendo la vida en el campo y no desearía alejarme de su calor. Es cierto que la vida en la ciudad tiene su encanto. Uno se puede sentir útil allí. En cambio, en el campo, uno se siente vivo, y en este inicio danzante nacido tras el caos, siento ganas inmensas de exprimir la vida y sacar de ella todo su encanto, todo su jugo.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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