Honrar no tener nada


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Desde hace meses no tengo coche. Desde hace meses no tengo dinero excepto para ir poniendo orden en las deudas pendientes de la empresa editorial. Desde hace meses no tengo casa, debido a mis viajes continuados y mis idas y venidas necesarias para reponer los estados anímicos distorsionados por la experiencia. Se puede decir que desde hace meses vago, no como un vago, sino como un vagabundo. Trabajo para mantener el ritmo de los pagos aunque esto no me permita apoderarme de mucho dinero para mi propia vida. Medito en silencio para observar la calma de las cosas. Sonrío siempre que puedo, ya sea al sol o a quien me acompañe, ya sea en lo bueno o en lo malo, dado que lo malo, si por dentro estás fuerte, no tiene ningún poder sobre ti.

También observo que desde hace una semana no voy a comprar. No compro nada, porque nada necesito. No voy a restaurantes, ni a tomar un café, ni al cine, ni a la librería, ni recuerdo el ruido de los centros comerciales. Ni siquiera consumo nada por internet. No gasto gasolina y los alimentos que aquí hay son de una alacena, supervivientes de otros tiempos de bonanza. Diríamos que andamos comiendo gracias al Hado, siempre tan generoso con todo. Sin tener nada, ni siquiera ropa con exceso de mudas o caprichos que cada cual pueda tener de vez en cuando, uno se siente dichoso, rico, amparado por la fortuna de la sencillez. El estar aislado te permite estar quieto, en quietud, observante, a la espera de saber hacia dónde se inclinará la balanza. Pero esta vez sin ansiedad. Tranquilo, expectante.

En estos años he experimentado muchos aspectos de la vida sencilla, pero admito que la experiencia en esta perdida aldea está superando todas mis expectativas. El aprendizaje está siendo brutal, especialmente por la austeridad que la vida solitaria y apartada de lo civilizado te obliga a experimentar. Los paseos por el monte o los bosques tienen su particular desdicha porque a veces nos conecta con el mundo de ahí fuera. Ves fugazmente un coche, algún tractor, algún paisano, alguna tala de árboles que pueda distorsionar nuestra paz interior. Aún así podríamos estar mucho tiempo sin nada y a base de costumbre no echar en falta ninguna cosa. Realmente, para vivir, lo que se dice para vivir como hacían antiguamente, no se necesita mucho.

Por eso la simplicidad voluntaria me resulta la fórmula mágica para retomar el control de nuestras vidas, para liberarnos del yugo que pueda oprimir nuestro tiempo. Sí, trabajar, claro que hay que trabajar, pero no para comprar cosas, sino para disfrutar del trabajo que haces. Ese cambio de paradigma es revolucionario. Amar lo que haces, amar el trabajo, disfrutar del mismo y recomponer nuestra vida material de forma armónica con el medio ambiente, con la naturaleza, reconciliando cada aspecto vital de la misma con nuestra condición humana.

No tengo nada, quizás ahora más que nunca, pero al no tener nada, lo tengo todo. Nada material que me ate más allá de las deudas pasadas. Nada etérico que oprima mi propia salud. Nada emocional que pueda atarme a una realidad u otra, sino más bien todo lo contrario, un estado emocional liberador, amoroso, brillante. Ninguna ideología que me haga creer en unos u otros, ya sean dioses, poderosos o mandamases. Ninguna filo-creencia que pueda más que mi deseo de vivir. No tengo nada, y ante esa grandeza de la nada, de la más absoluta desnudez, me arrodillo y honro. Honro la vacuidad. Honro la sencillez y honro la felicidad de ser libre, de estar libre. Honro humildemente cada trozo de alimento que llega a mi boca y cada aliento de vida que atraviesa cada una de mis células. Honro cada abrazo silencioso, cada instante, cada pensamiento fugaz que navega libre por la omnipresencia del todo. Honro la vida, sin más, sin nada más.

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