La vida pagana


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¿Qué es ser un pagano? Decían los antiguos que los paganos eran los que vivían en el campo. Eran los rústicos, los que habitaban los “pagus” y tendían a adorar a los dioses antiguos. Dioses que ayudaban en las cosechas, que vivían en los astros y nos animaban a sembrar en luna decreciente. Estos días estoy experimentando la vida en la aldea, la vida pagana donde adoramos al sol, al viento, a la tierra, al agua, al misterio del éter en toda nuestra más absoluta desnudez. Desnudos por el campo, asomando nuestros dedos a lo más profundo de la tierra húmeda, explicitando un arte gótico con los árboles, con la hierba, con las silvas, la Naturaleza se muestra como la representante más sagrada del Absoluto, del Misterio.

Los que tienen experiencia enseñan a los nuevos. Escuchamos atentos para saber cuando podar, cuando sembrar, cuando preparar la tierra. Dedicamos un tiempo prudente a entender los misterios que encierra la supervivencia en mitad de la nada, especialmente en estos tiempos donde la nada se ha apoderado de todo, y vivir una vida pagana resulta insólito e inquietante. Los dioses del dinero aquí no existen. Ni siquiera los dioses de las cosas, de lo superfluo. Aquí todo se vive con intensidad, con viveza aguda, con todos los sentidos, como si cada acto sencillo estuviera rodeado de cierta pureza, de cierta sacralidad.

La vida en el campo de alguna forma es sagrada en cuanto todo se venera. El hacer fuego es un ritual que ayuda a calentar la casa al mismo tiempo que hace el proceso alquímico de cocinar los alimentos. El viento se vive con intensidad, porque forma parte de esos dioses invisibles que permiten que todo quede limpio, que la vida se esparza. Aquí las catedrales se visten de verde, de musgo, de hierba. Los campanarios son esos árboles cargados de frutos o pájaros que te miran con curiosidad. El templo es cada rincón donde reposar cansados y observar la Obra mientras oramos en quietud.

Aquí no hay privilegios, solo inspiración, silencio, cariño por la vida y todo lo que se teje a su alrededor como un manto misterioso que cubre cada pétalo de existencia. El agua fluye desde los manantiales más profundos y el beberla ya supone un acto de tributo a lo más insondable. La propia vida es el centro de todo, por eso no se descuida, no se aniquila con máquinas que nos mantienen alejada de ella. La vida fluye incesante, como una fiesta, cada día como si fuera un ciclo nuevo, con sus sorpresas, con sus añadidos.

La vida pagana discurre lenta porque no hay distracciones. Cada segundo renueva en nosotros un hálito de sopor, una recompensa por el esfuerzo, aunque sea mínimo.
Los nuevos paganos son aquellos que hacen de la vida un arte sencillo y verdadero. Son aquellos capaces de apreciar en una rama o en el canto de un pajarillo la grandeza total de la infinitud. Son los que detienen los relojes y prenden la llama de un nuevo tiempo sopesado y administrado por el instante presente, por el ahora incombustible. Los nuevos paganos adoran la risa y el llanto, la alegría y el soñar. No tienen prisa por nada. Cada paso, cada momento, es una oración cargada de alabanzas al Creador de todas las cosas. Sus emociones se esparcen por la tierra y sus pensamientos se los lleva el viento. El alma se aposenta entre el canto del grillo y los atardeceres cargados de bosque. Los caminos consumen momentos de canto y la flauta del roble entona su propia ensoñación. No tenemos nada, pero al estar vacíos, poseemos la infinitud.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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