El misterio de la logística


 

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© Michael J. Reibert 

Cuando vives en mundos reducidos, palpables, calculados por los pies que atraviesan un trozo de monte o un cúmulo de casas que se pueden contar con los dedos de una mano, uno puede hacerse a la idea de lo fácil que resulta la supervivencia y la logística de las cosas. Puedes coger unas patatas de la huerta y unas berzas y con eso es posible sobrevivir algunos días. La logística en entornos rurales suele ser sencilla. Las aguas vienen de manantiales que nacen en las profundidades de la tierra y las aguas residuales van a unos pozos donde el líquido sobrante se va reciclando con en el paso del tiempo. El alimento es posible conseguirlo gracias a la generosidad del campo. Se pueden calentar casas a base del exceso de leña de los bosques. De alguna forma, uno puede vivir una vida sencilla y saludable con muy pocas cosas.

El asunto se complica cuando vas a la ciudad, o vives en ella. En estos últimos meses he tenido la oportunidad de comparar la vida en la ciudad, en una de las ciudades más grandes de Europa, con la vida en una comunidad de vida alternativa y la vida en un entorno rural, en una aldea de no más de veinte habitantes. Son tres comparativas ideales en un corto periodo de tiempo para poder observar con cierta curiosidad la complejidad de nuestro mundo sistémico. Especialmente el misterio que tiene que ver con el abastecimiento de agua, luz, alimentos y todo tipo de productos que dan vida a las ciudades y sus áreas metropolitanas.

La mayor aglomeración urbana del mundo es Tokio y su metrópoli, la cual alcanza la friolera de casi cuarenta millones de habitantes. Para que nos hagamos una idea, es como si casi toda la población de nuestro gran país estuviera concentrada en una megalópolis como es la Gran Tokio. El misterio de la logística tiene que ver con cierta apreciación de cómo en estos últimos siglos el ser humano ha sido capaz de organizarse para dar abastecimiento continuo y constante a la demanda individual y colectiva de estas grandes ciudades. Pongamos algunos ejemplos para poder asombrarnos de este misterio. Imaginemos que cada día, todos los habitantes de la Gran Tokio quisieran desayunar una mandarina. Eso significaría que solo en la Gran Tokio harían falta al menos unos cuarenta millones de mandarinas diarias. Pensemos en términos escatológicos. Todos los habitantes de Tokio van al baño al menos una vez al día. Eso significa que cuarenta millones de defecaciones van a parar a los ríos y los mares de Tokio todos los días.

Con estos dos ejemplos, podemos ver la magnitud del progreso humano, o la magnitud del misterio de la logística, porque para que cuarenta millones de habitantes de una gran ciudad puedan consumir cuarenta millones de mandarinas diarias, se necesitan grandes campos de cultivo a nivel mundial para abastecer toda la demanda. Vamos a extrapolar todo esto al consumo de carne, o al consumo de harinas, o de luz o de agua. Y hagamos la misma extrapolación hacia todas las grandes ciudades del mundo o hacia los más de seis mil millones de habitantes que demandan consumo de todo aquello que en el primer mundo valoramos como normal. ¿De dónde surge tanto alimento, tanto papel higiénico, tanta ropa, electricidad, agua, ladrillos, aluminio y cualquier otra cosa útil o no de la que hagamos acopio?

Con esta reflexión, tras estar tres días comiendo productos de la huerta al mismo tiempo que me interrogo sobre la complejidad de la vida en la ciudad, solo quiero añadir dosis de agradecimiento a todo el desarrollo humano, al mismo tiempo que reflexiono en la manera de revertir, antes de que acabemos con nuestro planeta, sobre métodos y metodologías que mengüen nuestro impacto en la naturaleza que vivimos. El decrecimiento sigue siendo, a día de hoy, la filosofía que deberá regir en el futuro inmediato si queremos dar respuesta a los retos del futuro. Decrecer no significa menguar, sino redistribuir nuestras necesidades y hábitos hacia una forma más saludable y respetuosa con el medio. Y también significa allanar el futuro de los que nos precedan para que puedan seguir disfrutando de los misterios de la vida. También del magno misterio de la logística.

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