¿Debo abandonar a mi familia si me ilumino?


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© Deborah Sheedy

“El hombre santo, el hombre perfecto, es aquel que en la total espontaneidad de su amor creador y en cada uno de los tres reinos principales de la naturaleza, material, vital y social, cumple con todos sus deberes, desarrolla todas las verdades y conoce todas las bellezas, cada uno en su máxima potencialidad, en su yo natural”. Eros and Psyche, de Benchara Branford

La vida debería ser un juego alegre, divertido, cargado de humor, y no un constreñido aparato de seriedad pusilánime. Inclusive la vida espiritual, siempre encorsetada en estampas serias y reliquias fúnebres. Me gustaría hablar un poco de esta estrecha y angosta mirada, especialmente en aquellos que de repente se iluminan y miran al resto de la humanidad por encima del hombro, inclusive a su propia familia.

No quiero entrar en la reflexión de si debo abandonar a mi familia porque me he enamorado de otro u otra, o abandonar a la familia porque he encontrado un trabajo mejor o una oportunidad mejor de cualquier tipo. Esto, que ahora es tan frecuente y que se realiza de forma tan artificial e irresponsable, creo que no habría que discutirlo moralmente. En el mundo en el que vivimos, en el que todo vale y en el que las personas nos hemos convertido en objetos de uso, y no en sujetos sintientes, no vale la pena entrar en un debate estéril.

Pero hoy sí tenía ganas de comentar la cuestión, igual de problemática, de aquellos que de repente encuentran algún tipo de salvación o iluminación en alguna nueva creencia que entra en sus vidas como un huracán, arrasando a veces con todo, inclusive con la propia estabilidad económica y familiar. Una revelación, una nueva forma de ver las cosas, una iluminación interior, un descubrimiento, a veces rozando el puritanismo más atroz o la severidad más absurda o el ridículo más burdo. Esa grotesca imagen de una figura seria, estreñida entre recitales de mantras y entonaciones del om, entre serias meditaciones transcendentales o exóticos viajes a la India para adorar al gurú de turno, pero que carece de relación íntima con lo profundo. Una superficialidad como cualquier otra disfrazada de beatitud que deja de serlo en cuanto se vuelve seria, triste y amargada.

Quería hablar de aquellos que abrazan, iluminados, un dogma o una doctrina, un gurú o un maestro o cualquier cosa que de repente les hace sentir plenos y aparentemente reverentes, obviando todo lo que hasta ese momento era sus vidas. Por desgracia, he conocido a personas que de repente lo dejaban todo por abrazar su nueva fe o su nueva creencia, haciéndolo de forma inconsciente e irresponsable. Que destrozaban familias enteras porque de repente se veían o sentían superiores en conocimiento, verdad y creencia a los suyos. El azote de lo que muchos llaman el orgullo espiritual arrasaba con todo lo que hasta ahora era razonablemente sostenido.

El orgullo espiritual nos hace pensar que hemos sido elegidos especialmente para algún tipo de misión. El orgullo espiritual nos hace creer erróneamente que somos especiales y que, por lo tanto, debemos buscar personas especiales con las que desarrollar nuestro propósito. Nos aleja quizás de la tarea más espiritual de todas, que es la de amar a nuestra familia, a nuestros hijos, a nuestra pareja, estén o no “iluminadas”, sean o no sean como nosotros, piensen o no piensen como nosotros, desde la alegría, la broma y el buen humor. El orgullo espiritual nos aleja de unos de los trabajos más espirituales que existen en el mundo que es el de amar y respetar al prójimo, especialmente al prójimo familiar. La cantera de aprendizajes espirituales que desarrollamos en el entorno de la familia, el respeto, la comprensión, la empatía, la flexibilidad, la tolerancia, el amor incondicional, el compartir, la alegría y todo un cúmulo de valores y principios, jamás lo vamos a encontrar en el plano de las ideas o las creencias, siempre tan mustias y carentes de vida. El cúmulo de experiencias místicas que una familia te puede otorgar, jamás lo vamos a encontrar en el mayor de los credos.

El pensarnos o creernos iluminados, es lo que más nos aleja precisamente de esa iluminación. La arrogancia y el orgullo son escollos que solo desde el silencio y la humildad pueden superarse. No hay mayor iluminación que el abrazo a un hijo, que hacer el amor sincera y pasionalmente con tu pareja, que el pasear juntos y alegres por una vereda de experiencias en un campo en primavera. Jamás alcanzaremos ningún tipo de iluminación hasta que no abracemos con amor incondicional la experiencia humana que nos ha tocado vivir en nuestro entorno familiar e inmediato. Sanar nuestro árbol familiar, amar nuestras parejas y nuestra familia entera es lo más espiritual que podemos hacer. Jugar a la vida con alegría es lo más profundo que la vida nos pide. Porque la vida es juego, es diversión, es alegría si se enmarca realmente desde una perspectiva espiritual. Lo demás, inevitablemente, y posteriormente, vendrá por añadidura. Pero no antes, nunca antes. Como decía Eckhart, “Dios se conoce y se ama a Sí Mismo en nosotros”, no en nuestra idea de Dios, sino desde la manifestación en nuestra esencia y en nuestra vida ordinaria. Abrazar sinceramente esa nuestra vida ordinaria es lo más extraordinario que nos puede pasar. Es en la cotidianidad donde tenemos nuestro verdadero campo de experiencia espiritual.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 respuestas a “¿Debo abandonar a mi familia si me ilumino?

  1. Ama a tu familia y a tu prójimo…





    “En el folclore europeo, el unicornio se representa a menudo como un animal blanco parecido a un caballo o como una cabra con un cuerno largo y pezuñas hendidas (a veces la barba de una cabra). En la Edad Media y el Renacimiento, se describía comúnmente como una criatura de bosques extremadamente salvajes, un símbolo de pureza y gracia, que solo podía ser capturada por una virgen. En las enciclopedias, se decía que su cuerno tenía el poder de hacer potable el agua envenenada y de curar enfermedades.”

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