Palestina, Luna hiena, Mar Rojo…


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El Mar Rojo al fondo 

 

 

Salimos tarde de Jerusalén. De alguna forma, nos habíamos familiarizado en tan solo dos días con su energía, con su gente, con su mezcolanza, con su multiculturalidad e interreligiosidad. Cogimos el coche, amplio para poder dormir en él, y empezamos a bajar hacia el sur, hacia los relatos que tanto habíamos leído del Antiguo Testamento.

La primera parte del viaje lo hicimos por territorio palestino. Fue un impacto total. Acostumbrados al orden y la limpieza de Israel, el caos reinaba en Palestina. Pero era un caos hermoso, lleno de vida, de niños en las calles, de alegría, a pesar de las continuas advertencias que veíamos por todas las carreteras de que, por favor, nos abstuviéramos de viajar por allí por ser un lugar peligroso.

Nos sorprendió las casas que veíamos en la zona Palestina. No vimos pobreza en la forma de construir, más bien todo lo contrario. No vimos chabolas o esa idea que a veces tenemos de países en conflicto. Si bien las carreteras estaban descuidadas y algunos barrios eran caóticos, había un gran número de viviendas unifamiliares impecables, recién construidas, como si de repente todo palestino tuviera derecho a una vivienda digna. Los almacenes de chatarra, mecánicos en cada esquina y tiendas de fruta colorida contrastaban con esas casas elegantes entre olivos. Nos sorprendió con mucha pena el gran muro que divide Israel de Palestina. Es algo incomprensible en los tiempos que corren y pensamos que quizás en unos años, todos esos muros que ahora separan al ser humano por fin caerían.

Nos paramos en algún borde y comimos generosamente una lata de alubias con tomate que nos supieron a gloria. Tras abandonar tierra palestina y tras unos hermosos paisajes montañosos cargados de bosques, enseguida nos adentramos en el desierto de Israel, dirección sur. Allí nos esperaba el gran Cañón de Ramón, una impresionante meseta excavada en la profundidad del desierto. Buscamos durante un tiempo el lugar ideal para dormir. Nos adentramos hasta muy cerca de la frontera con Egipto, pero en esa zona, estaba prohibido, por la supuesta peligrosidad fronteriza, pode aparcar a los bordes del camino. Una inmensa luna llena iluminaba el pedregoso paisaje hasta que conseguimos llegar a un pequeño pinar en mitad de la nada donde nos sentimos seguros. Nada más llegar, y esta visión fue espectacular, nos encontramos con una gran hiena. Nunca pensamos que ese animal pudiera ser tan grande, y su mirada amenazante y su forma de rodear nuestro coche nos hizo agudizar las precauciones. De ahí surgió la broma de luna-hiena que duró toda la noche. En el desierto hace mucho frío, así que fue una noche muy movida por la incomodidad de dormir en un coche y por no estar del todo preparados para esas temperaturas. Pudimos ver liebres, hienas, zorros y una especie de cabra salvaje a la que pudimos dar de comer de la mano en las aristas del cañón.

Al día siguiente nos levantamos al alba, muy temprano. Tras unas compras y algún café caliente para entrar en calor, nos sentamos al borde del gran cañón, en silencio, dando gracias por poder apreciar tanta maravilla que la austeridad de la roca podía ofrecer. Tras un rato de contemplativa meditación por la anestesia de lo bello y natural, continuamos junto a la frontera egipcia viajando hacia la ciudad más lejana, Eilat. El camino por el desierto que tanto nos recordaba a los relatos bíblicos fue tranquilo. Nuestra idea era poder mojar nuestros pies en el Mar Rojo, no con la esperanza de que se abrieran las aguas, pero sí quizás con la esperanza de que algo interiormente pudiera abrirse. Había en mi interior una necesidad imperiosa de que pudiera abrirse una nueva puerta. Habíamos traspasado ya tantas, que en este viaje de ascesis, deseaba continuar atravesando las puertas estrechas del camino. De ahí pensamos dar un salto hasta Petra, pero a pesar de la cercanía, no nos llegaba nuestra humilde economía. Unos días largos e intensos, lleno de anécdotas, risas y buen humor que nos ha llevado hasta el mítico mar Rojo y sus impresionantes montañas rojas que lo rodean en ambos lados de esta extraña orilla. Jordania a nuestra derecha, Egipto a nuestra izquierda y nosotros aquí, inmóviles en el centro, buceando en los misterios de Israel y Palestina.

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