De la verdadera y perfecta alegría


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En la entrada al templo del Santo Sepulcro, tocando con calma sus piedras e intentando recordar toda su historia.

 

Más conocido como Perfecta Letitia, se explica el episodio en el que Francisco, el bueno de Asís, no fue reconocido a las puertas de un convento fundado por él mismo y al que, al intentar, en una noche gélida, buscar cobijo, sus propios frailes lo rechazaron. Él explicaba que allí, en ese episodio doliente, encontró la verdadera y perfecta alegría. Hoy, por dos veces, sufrimos en diferentes templos algo parecido. No nos dejaron entrar, sin embargo, sentimos por dentro el significado profundo de lo que Francisco quería mostrarnos cuando hablaba desde su humildad característica de la Perfecta Letitia.

Paseando una y otra vez por este laberinto de calles que es Jerusalén, nos damos cuenta de que todo este lío, todo este mundo se creó en torno a un mensaje muy sencillo: amaros los unos a los otros. No hay discusión ante el hecho de que ese mensaje fue olvidado y, como ya pasó hace dos mil años junto al Templo de Herodes, látigo en mano, habría que sacudir de nuevo las consciencias para preguntarnos qué hemos olvidado por el camino. Realmente no ha cambiado nada. El mundo de los mercaderes, que simbólicamente es el mundo del miedo, invade cualquier espacio, y el espíritu que dio luz a todo esto luce por su ausencia, excepto en aquellos que, al igual que de forma humilde hizo el bueno de Francisco, entienden el profundo significado de la alegría.

Culturalmente hablando Jerusalén es un lugar que hay que visitar. El poder dormir dentro de las murallas, justo al lado de la vía Dolorosa, es realmente un privilegio por la historia que rodea a los muros de todas estas casas de piedra caliza. Llega un momento, aún cuando llevas poco tiempo por estas calles infinitas, que sientes una sensación de familiaridad con todo. La gente siempre es amable, no importa si son judíos, musulmanes o cristianos, y el ajetreado vaivén entre turistas, curiosos, creyentes y nativos tiene su propia gracia.

Espiritualmente hablando la sensación es extraña. Anochece muy pronto y en unas horas no hay nadie en las calles. Es cuando preferimos salir a pasear, y así poder ver todo con mayor detalle. Cuando llegamos por segunda vez al Santo Sepulcro, nos quedamos de nuevo hasta el último minuto. Pudimos ver el ritual del cierre de las puertas y permanecimos un rato indefinido en la placita que hay justo a la entrada del templo. Cuando ya casi todo el mundo se había marchado y el sigilo adornó el lugar, pudimos orar, rezar el padre nuestro, permanecer en silencio. Ella se acercó y empezó a susurrar la melodía tal y como lo hacen en arameo. Fue un momento emotivo, de hermosa comunión con todo este instante de sanación. Quizás esa melodía fue lo más espiritual del viaje, más allá de la fenomenología de los lugares santos visitados. Cerrar los ojos justo ante la puerta del Santo Sepulcro, en el antiguo Gólgota, volar dos mil años atrás y escuchar esa melodía fue reconocer el misterio de la perfecta alegría.

De noche dimos un largo paseo hasta el Monte de los Olivos, algo apartado de la ciudad vieja y nada que ver con la visión bucólica que solemos tener de ese lugar. Encontramos justo en la cima un antiguo olivo que abrazamos por unos momentos. Al bajar por el inmenso e impresionante cementerio judío, recordaba de nuevo la simplicidad de la vida y la importancia del mensaje universal que hace dos mil años nos transmitieron de forma clara y concisa: amaros los unos a los otros.

Bajamos inocentes y llegamos hasta la ciudad vieja. De nuevo un paseo por sus calles mientras soñábamos con las próximas aventuras. Mañana toca ir hasta el desierto, hasta el mar Rojo, hasta la frontera con Egipto y Jordania, donde todo empezó. Mañana un nuevo día, una vuelta de tuerca en esta hermosa fuga. Una fuga que ya me está permitiendo, tras meses de profunda tristeza, hablar abiertamente de pequeña alegría. Así que ya por esto, por ese instante de hermoso susurro, el viaje ha merecido la pena. Gracias de corazón a los obradores de tal milagro, y gracias de corazón a su mensajera más fiel.

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