¿Cuál es tu rostro original?


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Hoy en la casa de espiritualidad de Sant Felip Neri, en Barcelona

 

A las cinco de la madrugada ya tenía los ojos abiertos, recordando los recurrentes sueños, intentando comprender su naturaleza, mensaje o misión. Miraba en la negrura pero no veía nada. Dos horas después estaba duchándome. Dejaba que el agua caliente intentara despertarme del insomnio. Cogí el metro temprano y estaba lleno de borrachos, de zombis que venían de fiesta, de personas tumbadas en los suelos sin sentido. Miraba sus rostros, pero en su negrura no podía ver nada. Me llamó la atención comparar esa estampa con la que viviría más tarde en una casa de espiritualidad donde más de medio centenar de personas, despiertas y lúcidas, se retiraban para meditar en un domingo cualquiera en una gran ciudad cualquiera.

Llegamos temprano a la hermosa casa de espiritualidad Sant Felip Neri que las filipenses tienen en Barcelona. Un pequeño y bello oasis en medio de la ciudad donde se mezcla la cultura cristiana de unas monjas que han abrazado las prácticas del budismo zen. A las nueve empezó el samu de preparación, seguido durante toda la mañana de las prácticas frente a la pared de zazen y kinhin, acompañados de un hermoso teisho que Berta Meneses había preparado. Este era el koan para el día de hoy: “¿cual es tu rostro original?”

Pensaba en ello mientras me retorcía de cierto dolor durante la primera hora de práctica. Sujeto con fuerza al zafu, el pequeño cojín redondo que se utiliza en estas prácticas, intentaba, pobre occidental, adaptarme a la compleja posición del loto. Luego conseguí una postura cómoda, más parecida a la postura de la esfinge, más propia para nuestros rígidos cuerpos, y pude dejar pasar el dolor y el sufrimiento para centrarme en la meditación zazen. El fluir de la respiración, la correcta posición y el dejar pasar los pensamientos son los primeros pasos para adentrarse en este mundo de vaciado mental.

Recordaba las imágenes de la primera hora de la mañana, luego las del hermoso lugar donde estábamos y las contrastaba con mi propia experiencia interior, últimamente condicionada por el dolor y el sufrimiento excesivo. No me sujetaba a esas tres experiencias, solo las observaba, mientras intentaba desvelar mi auténtico rostro. Fue entonces cuando de alguna forma empecé a llorar interiormente, porque el verdadero rostro es algo íntimo y secreto, algo difícil de describir y comprender, pero que existe, está ahí y todos estamos llamados a descubrirlo. El rostro original de cada uno, más allá de las máscaras y los sentires circunstanciales, aparece cuando las aguas revueltas dejan paso a la inmensa paz de los océanos interiores.

Lo complejo de esta experiencia, hermosa y necesaria a la hora de descubrirnos realmente, es poder gestionar su realidad con las circunstancias envolventes y condicionantes del día a día. Especialmente sobre la elección que hacemos diariamente. Todos los días sin excepción debemos elegir entre ser auténticos, ser un reflejo vivo de nuestro verdadero rostro, o dejarnos llevar por todas esas máscaras que nos ponemos para defendernos: el orgullo, la soberbia, el miedo, el rencor, el odio, la desidia, la pereza… Todos los días tenemos una lucha, y debemos discernir. ¿Cuál es tu rostro original? Medítalo, todos los días, con calma, y discierne entre ser verdadero o mostrar tu rostro más falso y embustero.

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