A la sombra de la Gran Montaña…


a.jpg

Esta mañana paseando por las faldas de Montserrat

Llevo unos días de insomnio. De nuevo el estado de ansiedad volvió. Ayer eran las cuatro y aún seguía despierto, dando vueltas en la cama. Los abogados no se ponen de acuerdo y seguramente iremos a juicio. Esa idea me aburre porque tengo ganas de cerrar etapas, de cerrar ciclos, de cerrar las canillas del llanto. Aunque el guerrero esté abatido, hay coordinación en todo cuanto hace. Aunque las batallas hayan sido duras y ahora la tristeza pose sobre su espada inválida, hay un sentido profundo para cada instante. Ahora me doy cuenta de que no medí bien la fuerza y metí mucha presión para dilucidar el futuro. Mis palabras fueron muy duras, pero tenían que serlo. Necesitaba saber la verdad, aunque la verdad a veces velada, no guste. No me gusta la gente indecisa, la gente que se autoengaña y con ello daña a los demás. Necesitaba esa presión para empujar al destino. Un guerrero no espera a ser arrastrado por el agua. Actúa, aunque en esa acción sepa que lo perderá todo. Actué y perdí. Además por partida doble. La pérdida siempre es una gran enseñanza, aunque no te deje dormir por las noches.

En mi primer ataque de ansiedad me daba por no dormir y no comer y perdí diez kilos. En este me ha dado por no dormir y comer mucho. Seguramente, de seguir así, en poco tiempo me convertiré en una bola de cebo. En el hábito de caminar encuentro cierto alivio, pero hoy tuve dos desayunos y dos comidas. Tengo que distraer la mente, tengo que salir, quedar con unos y con otros. Eso me recomiendan que haga y eso intento hacer cuando el ánimo me lo permite. Tengo que caminar mucho.

Había quedado para desayunar por segunda vez en Barcelona. Me levanté temprano. Me duché. El pelo, ahora corto, contrastaba con la barba que de nuevo crecerá para que se adapte así a la nueva aventura que espera en los próximos días. Hay que ser prácticos. Me miré al espejo. No vi nada, excepto un rostro cansado. La ropa olía a limpio y fuera hacía frío, mucho frío. Cogí el metro y me bajé algunas paradas antes para poder pasear por Barcelona. Tras un corto paseo buscando los rayos del sol, ella llegó puntual a la cafetería en alguna bonita esquina modernista de la Eixample. Dos cruasanes de chocolate y dos cafés con leche de soja nos acompañaron. Contemplaba con calma a mi alrededor y veía como todo encerraba cierta perfección. La mirada de la camarera, la situación de las mesas en la segunda sala, el olor a café espumoso, el paso de la gente que entraba y salía buscando un rincón tranquilo para saborear un momento de paz. Incluso aquel papel arrugado descuidado en una de las mesas tenía su propia gracia. Todo escondía algún tipo de mística extraña, desvelada cuando despiertas al mundo de la visión arquetípica.

Qué hermoso es hablar con personas que te miran a los ojos y son transparentes, amorosas, claras, reales. Curioso que los dos viviéramos en nuestros pasados en la hermosa ciudad alemana de Göttingen. De repente, cientos de miles de recuerdos se amontonaron en la conversación, que se quedó corta por lo inspiradora de la misma. Hablamos de lo difícil de ser hombre en estos días donde la masculinidad está en entredicho. Hablamos de lo blandengue y de la necesidad de retomar la fortaleza, los roles perdidos. Rozamos nuestras almas con el detalle del momento, de forma natural. Ella, hermosa, dirigía una sonrisa al mundo, valiente, fuerte, sincera. Yo, temeroso, me inclinaba sediento ante la grandeza de comprender que cada segundo puede ser valioso, imprescindible, tremendamente único. Brotaban fuentes de clara agua y bebía de ellas. Un guerrero cansado necesita beber mucha agua. Estos días, estos largos meses, ando sediento de manantiales.

Hay una fuerza y un designio en todo lo que ocurre. En mitad de la conversación me llamaron. Otra cita me aguardaba. Salí agradecido con tres joyas bajo el brazo. Tras la despedida, subí al coche mal aparcado en uno de los laterales. Guardé silencio mientras viajamos lejos de la ciudad, entre montañas, hasta la Gran Montaña, recordando cuando vivía en aquellos valles sinuosos y serpenteantes. Cierta emoción me recorría al recordar los tiempos en los que navegaba por aquellas laderas. Paseamos por las ancianas calles de aquel perdido lugar. Agradecíamos cualquier rayo de sol que zigzagueaba por entre las veredas. Tras un corto paseo, llegamos hasta el olivar y de vuelta al pueblo. Comimos algo mientras unas cabras salvajes intentaban huir al monte en mitad de la plaza. Hablamos, comimos y cerramos los ojos ante la luz del día. Respiramos. Sentimos la vida. Sentimos el origen de todas las cosas a la sombra de la Gran Montaña. El guerrero, cansado, respiraba vida. Su espada, ahora inservible, reposaba en la mesa, bañada por el aura inmortal de las fundamentales leyes de la equidad. Ahora la noche espera, larga, sediciosa, indecisa.

Anuncios

One response to “A la sombra de la Gran Montaña…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s