Desvelado y mudo


Estos son mis últimos días en Barcelona tras casi un mes en la casa familiar. Había muchas opciones para seguir con la vida errante y el propósito de año sabático que me habían sugerido para salir del pozo emocional. Alguien, viendo mi estado deplorable, quiso hacerme un regalo. Un viaje por Tierra Santa. Acepté, no con mucho entusiasmo, porque sigo paralizado interiormente, sin muchas ganas de prácticamente nada. Pero entiendo que ese viaje servirá para distraer la mente, explorar un poco más el mundo convulso y comprender de paso los conflictos que atañen a la incomprensión humana.

Viajo como huida, a sabiendas de que los demonios me perseguirán a cada instante. No creo que se desvele nada nuevo a pesar de que intuyo que viviré experiencias intensas. Pagaré algún peaje y deberé fortalecerme interiormente para no derrumbarme a la primera de cambio en un ambiente que promete ser hostil. Mi vocación será más antropológica que religiosa, aunque intentaré bañarme en las fuentes de todas las culturas y creencias que allí se derraman. Supone un esfuerzo, más que un placer, así que intentaré no caer a la primera de cambio.

Han pasado casi seis meses desde que mi vida cambió drásticamente. Sigo sin entender casi nada de lo que ocurrió. Sigo desorientado con respecto a la suma de cosas que pasaron y sigo sin comprender el resultado final. No termino de encajar las piezas y eso a nivel mental es agotador. Es como si la vida se hubiera paralizado, porque nada de lo que ahora hago tiene un gran sentido. Sólo me limito a ver pasar los días, a intentar no descuidar las obligaciones materiales más básicas y a dejarme llevar por las corrientes anímicas que se desarrollan a mi alrededor. Estoy sumergido en una deriva que observo atento para aprender de ella. Sin ningún tipo de inclinación hacia nada, sin ningún tipo de motivación sobre nada ni nadie. Sólo observo.

Lo bueno de no tener coche es que me obliga a estar más tiempo en los lugares que visito. Teóricamente vine a pasar unos días, pero todo se ha alargado, dependiendo un poco de las vicisitudes de cada momento. No conseguí plaza en el curso de vipassana y la vida me lleva a Israel. Después unos días en Ginebra por temas de trabajo y después no sé qué ocurrirá. Es la primera vez en muchos años que no tengo un plan, una motivación o un valor sugerente por el qué luchar. Tampoco es algo que me preocupe en exceso. Sólo intento experimentarlo, vivenciarlo a sabiendas de que la vida milagrosa siempre aparece tarde o temprano. Me gusta, mientras tanto, expresar abiertamente esta noria y ver, cada vez que lo hago sin tapujos, como reacciono y evoluciono con el pasar del tiempo.

Uno nunca sabe lo que la vida depara. Hay ciertos deseos, ciertos anhelos. Sí, con la experiencia, tengo claro lo que no deseo. El ruido ensordecedor de la ciudad casi termina con ese remanso de paz que traía de los bosques. Me cuesta asumir la vida mecánica, el sueño de levantarse temprano para ir a un trabajo con el que debo estar comprometido toda mi vida para pagar una hipoteca que me permita dormir algunas horas para poder ir de nuevo al trabajo. Estos días observaba, especialmente en el metro, las caras de esas personas valientes y comprometidas con sus vidas que no les quedó otro remedio que asumir esa realidad. Caras cansadas, agotadas, tristes. Un espejo de lo que yo ahora experimento. Pero mi rostro cansado es por otros motivos. En eso me siento perfectamente un privilegiado. Mi trabajo no tiene horarios, ni jefes, ni siquiera una oficina estable donde acudir todos los días. Pago mi propio peaje, es cierto, pero prefiero hacerlo antes que volver a un mundo que conozco bien y que no me hace feliz.

Mi tormento actual sé que es circunstancial. Sé que es algo debido a dos experiencias duras que he pasado y experimentado concentradamente en estos meses. Dos experiencias que por motivos diferentes no han podido ser cerradas aún. Y aunque aún no sé hacia donde dirigir mi mirada, sí que sé algunos caminos por los que ya no transitaré nunca más. Sí, estoy desvelado, pero este desvelo servirá para seguir avanzando. La desesperación muda terminará tarde o temprano. El tiempo siempre es sanador. El desierto espera. También sus demonios.

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