Reencuentros con el ángel


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Uno siempre duda sobre la existencia real de los ángeles. Te haces mayor, te vuelves incrédulo y descartas toda esa poesía mística con la que nos adormecían en esos cielos celestes de dudosa existencia. Sin embargo, a veces ocurre que conoces personas que rozan el estado angélico y de repente la duda desaparece, la fe renace y la esperanza de que todo aquello sea real, y no producto de la imaginación soñadora, florece en nuestros corazones.

Cuando era joven frecuentaba aquellos lugares donde se hablaba y practicaba cierta ascesis mística. Debía contar con unos dieciséis o diecisiete años cuando la vi por primera vez en algún lugar de Barcelona donde un grupo reducido de gente se reunía para meditar. Ella tenía dos años más que yo y su hermosura, más de otro mundo que del tangible que frecuentábamos, relucía a raudales. Nunca imaginé que jóvenes tan hermosas pudieran frecuentar lugares tan inusuales para esa edad. Ambos deberíamos estar descubriendo el mundo de las emociones, de los encuentros, de las relaciones propias de la juventud. Ambos deberíamos estar experimentando, a esa edad, todo aquello relativo al mundo. Sin embargo, ambos, rechazando lo que por edad nos correspondía, cada uno a su manera, optó por frecuentar aquellos otros lugares de búsqueda de rectitud y moral espiritual.

Han pasado muchos años de aquellos tiempos. Ella continúo explorando fielmente sus creencias hasta que profundizó en lo más alto de la perfección mística. En sus moradas pudo contemplar y sentir el mundo magnánimo de las virtudes. De alguna forma pudo elevar su vibración hacia lugares prácticamente inalcanzables para los mortales. Mi caso fue más torpe, dando palos de ciego de aquí para allá sin implicarme nunca de forma fiel a ninguna idea o creencia, buscando libremente conjuros epidérmicos que pudieran calmar mi sed ensoñadora. Mientras ella iba escalando las montañas de la claridad, los espacios de las benignidades del mundo, yo iba torpedeando cada pequeña conquista para no elevarme demasiado y permanecer anclado al fangoso barro de la mentira, de los abismos insondables, de la petulancia académica. Un mundo contaminado de palabras pero falto de hechos. El dichoso camino medio necesitaba dinamitar cualquier atisbo de luminosidad para no quedar atrapado en las celestes cumbres del mundo intangible y seguir así obrando, sin mucho éxito, en la siembra terrestre.

Ayer, veinte años después, tuve la suerte de volver a verla. Quedamos para charlar en el mismo lugar sagrado donde nos conocimos, un espacio luminoso que crea una gran grieta en esta inmensa marea grisácea que cubre toda la ciudad. Un punto de luz en la mente de Dios protegido por un cuerpo angélico fuerte y sabio. Ella, ahora ya instalada en su condición celestial, desprendía esa luz propia del mundo angélico. Podía mirarla solo con tímidas ráfagas luminiscentes, intentando que su luz no cegara aún más mi oscuridad. Su belleza de otro mundo seguía intacta, ahora acompañada de esa aura dorada que cubre todo su cuerpo angélico. Su fortaleza, su constancia, su trabajo interior y su perseverancia y discernimiento han provocado un arquetipo perfecto de virtud.

Charlamos durante una hora recordando viejos tiempos, hablando de las dificultades de la vida ordinaria y de lo complejo que resulta profundizar en la vida extraordinaria sin caer en la trampa de la superficialidad, de lo mentiroso y banal. Luego participé de una meditación y me marché de nuevo a la oscuridad del mundo subterráneo, agradecido por haber tenido la oportunidad de saborear, aunque fuera por un instante, ese trozo de cielo. Sí queridos… los ángeles existen, los he podido abrazar, los he podido tocar, los he podido reverenciar con el respeto y la admiración que merecen. Están entre nosotros, son de carne y hueso aunque desprenda esa luz cegadora. Y están aquí para ayudarnos, para recordarnos el mensaje de la vida eterna.

Gracias de corazón a M. M. por su mágica presencia, por su milagrosa vida de entrega y por su valentía como mujer joven y hermosa por haber sido capaz de discernir y sobrevivir a esa condición luminosa. Me encantó volver a verte después de tantos años. Me encantó volver a mirarte con esa mirada inocente que contempla el mundo con admiración y agradecimiento. Gracias, gracias, gracias…

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