Reverencia profunda


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© Ozkan Konu

“En ese momento, al soplar el viento, fui consciente de que el aire existía. Lo mismo el sol: de repente me percaté del sol brillando entre los árboles; su luz, su calor. Un don completamente gratuito y a nuestra disposición para que lo disfrutemos. Sin pensarlo, de forma totalmente espontánea, junté mis manos, y me di cuenta de que estaba haciendo una reverencia. Comprendí que eso es todo lo que importa: que podamos hacer una reverencia, una reverencia profunda. Solo eso. Solo eso”. Rev. Eido Shimano

Cerca del mar hay una pequeña comunidad cristiana, casi anónima, casi desconocida. Los lunes se reúnen en una pequeña capilla habilitada en uno de los rincones de la casa. Una veintena de personas, primero en silencio y luego cantando a la luz de siete velas, ofrecen un momento de calma y remanso para el alma. Hacen una reverencia a la luz, simbolizada por el Cristo de sus creencias. Se inclinan ante ese arquetipo solar y oran para que la lucidez se extienda por los dominios de la tierra. Tuve la suerte de descalzar mis zapatos, desanudar por un instante mi mente y vaciarme ante la presencia de lo inconmensurable representado en símbolos. Ofrecí la comunión al silencio y dediqué mi plegaria a ese instante irrepetible y único. Cerré los ojos, junté mis manos, oré, canté y me desplacé con cierta gracia y alegría hasta las huestes celestiales. Quizás tan solo por un momento, pero suficiente para poder contemplar el aliento de la vida, el sentido profundo de la existencia, la magnitud de lo inabarcable.

Tras el rezo y el canto vino el tradicional ágape ya distendido, humano, cercano. Me invitaron, como mensajero esporádico, a explicar qué se cuece más allá del septentrión, cerca del fin de la tierra. Realmente no traía muchas buenas nuevas, excepto la ilusión de pensar que, tras cinco años de esfuerzos, otra comunidad está germinando en algún lugar del mundo.

Luego llegó la noche y recordé la invitación a Tierra Santa. Por tres veces me tentaron con ese viaje y pensé que sería bueno claudicar a la llamada, ir al desierto, llevarme mis demonios encima del hombro y buscar durante cuarenta noches la forma de expulsarlos de mi vida para siempre. O al menos para esta prueba significativa. Decir adiós a esa pesada carga, a ese infortunio que no cesa e intentar que el año nuevo se presente desde una perspectiva diferente.

La oración en la capilla me recordó la necesidad de huir, primero de mí mismo, por eso de que nosotros siempre somos nuestro peor enemigo, y luego de esta tormenta que no cesa. Huir, huir, huir bien lejos, sin remordimientos, sin necesidad de búsqueda ni de encuentro. Sólo huir por los caminos y las veredas del llanto, hasta llegar a alguna orilla, arrodillarme ante la inmensidad y orar. Necesito recordar, volver a recordar, que lo único que importa es poder arrodillarse ante el infinito, ante el absoluto más profundo, para poder hacer una humilde reverencia. Y para eso huiré al desierto. No será importante lo que allí ocurra. Sólo me inclinaré de nuevo para darme cuenta de que eso es lo único que necesitamos. Arrodillarnos humildes, lejos del ruido, cercados por el silencio, abrigados por la inmensidad.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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