Añorando la intimidad


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© Stephen Cairns

“Para aquél que sabe mirar y sentir, cada minuto de esta vida libre y vagabunda es una auténtica gloria”. Alexandra David-Néel

Alexandra tenía razón, aunque olvidó mencionar que, para alcanzar ese estado de gloria, había antes que pasar por infinitas vicisitudes. Llevo muchos años de vida libre y vagabunda y el precio ha sido costoso. Especialmente cuando ya pensé que esa vida había terminado e hice lo posible para estabilizarme en cierta calma e intimidad necesaria. Un exceso de esfuerzos baldíos para darme cuenta de que eso, en mi naturaleza, parece un imposible. Aún no he podido recuperarme de ese devenir, y siento como este errante momento me empuja a seguir explorando por las tardes mientras que, a la siguiente mañana, el mundo se me viene encima con cualquier sueño. Subir y bajar parece ser el sino de esta vida vagabunda, carente de rumbo fijo, especialmente atada a la suerte y el azar en estos días de infortunio.

Tengo sobre la mesa tres aventuras, tres posibles destinos exóticos que podría enlazar uno con otro de forma que a medida que avance en la aventura, vaya creando nuevos escenarios que distraigan mi mente, ahora loca y alborotada, con nuevas experiencias, nuevos rostros. Supongo que es tiempo de estar distraído, algo incómodo en mi vida, porque no soy persona de buscar distracciones para matar el tiempo. Pero noto que debo serenar mis siete cuerpos, uno por uno, como un ejercicio de gimnasio disciplinado para ahuyentar de mi interior el pasado que ya no existe, excepto en mi imaginación desbordada.

Me siento como desnudo, al mismo tiempo que desprotegido. Al menos he notado en estas semanas una ligera recuperación física y vital, aumentando también mi desapego emocional hacia los escenarios ya no existentes. Ahora es la mente la que cabalga sola y descontrolada. Es la mente la que requiere serenidad y paz. Y la recomendación siempre es la misma: cambia constantemente de escenarios para crear nuevas experiencias, nuevos pensamientos y por lo tanto, nuevas ideas a las que aferrarse. Quizás por eso esté alargando un poco mi estancia en el Mediterráneo y quizás por eso Barcelona me seguirá atrapando unos días más antes de decidir si marcho a Oriente Medio, donde me aguardan algunas promesas incumplidas, o sigo mi camino hacia el septentrión, a las lejanas Tierras Altas, previa parada en los países helvéticos.

La vida corre deprisa. No nos damos cuenta porque somos esclavos de nuestros propios escenarios. Vivimos distraídos por un mundo que ahora se desdobla entre lo real y lo virtual, entre lo analógico y lo digital. Es una paradoja que, siendo esclavos durante siglos del trabajo, ahora seamos doblemente esclavos, del trabajo y del ocio. Doble distracción antes de darnos cuenta de que la vida se agota.

Y de todo esto, lo que más echo de menos sigue siendo lo mismo, algo que añoro y que ahora veo como lejano, como imposible. Algo a lo que todo ser humano no debería jamás renunciar: la intimidad compartida. Pero la intimidad como la entiende Taylor Jenkins, “la gente piensa que la intimidad es sobre el sexo. Pero la intimidad es sobre la verdad. Cuando te das cuenta de que puedes decirle a alguien tu verdad, cuando puedes mostrarte ante ellos, cuando te encuentras frente a ellos desnudo y su respuesta es ‘estás a salvo conmigo’, eso es intimidad“. Necesito esa desnudez, necesito ese “estás a salvo conmigo”, no como necesidad emocional nacida de carencias, sino como realidad última del espectro humano. Aunque soy consciente de que esto, a veces, es imposible para una vida libre y vagabunda, no dejaré de soñarlo una y otra vez.

 

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