Momento transicional…


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Ayer paseando por la playa

 

Tomamos una taza de chocolate caliente y nos fuimos al mar. Caminamos por la orilla escuchando el oleaje, meciéndonos con su música, saboreando la sal que cortaba nuestros labios. Caminar y caminar y caminar mientras nos mecía el agua. Era de noche y el horizonte se dibujaba entre señuelos de algodón, entre aventuras marinas que no podíamos alcanzar con la mirada. Al día siguiente volví al mar, pero algo más al norte. Volvimos a caminar mientras el concierto salado resumía nuestro propio oleaje interior. Cansancio, pero también esperanza. Terminamos en su casa y tocó, de nuevo, una taza de chocolate caliente. Las horas pasaban sin que se esgrimiera un gran relato, pero no importaba. Era el placer de disfrutar, desde la complejidad del momento, de las cosas sencillas. Un paseo, una taza caliente, la amistad, la hermandad, el aplomo de sonreír al atardecer, la justa visión de las cosas a pesar de la distorsión interior.

Sigo anclado en el Mediterráneo, en el agua entre dos tierras. Aún no sé, más allá de los postulados propios de estas fechas, qué más puede atarme a este lugar. Oteo el horizonte y me gustaría seguir viajando. Quizás algo más al norte, quizás hacia el sur. No importa con tal de viajar lejos de este año que no ha sido bueno. Aunque esto es una percepción irreal. Quizás algún día lo valore de forma diferente, apreciando que eso que al parecer fue malo, en realidad solo fue una liberación para encontrar algo mejor. El tiempo lo dirá, y los viajes, y la vida en general. Mejor no juzgar. Mejor solo respirar profundamente y pensar en el instante presente que es lo único que importa. En el mar, en los paseos diarios junto a la orilla, en la taza de chocolate caliente, en la buena compañía. Mejor permanecer agradecido, aunque ahora cueste tanto.

Ella me decía que ando en un momento de transición. Que debo ser fuerte para poder anclar en mí todo aquello que ha de llegar. El devenir despejará mis dudas sobre el camino a tomar. Las dos fuerzas que ahora mecen todo este cúmulo de sensaciones dejarán de luchar y la vía se abrirá clara para que encuentre la puerta deseada. Angosta, estrecha, pero hacia un cielo ancho e infinito. Mientras, debo observar como el juego se desarrolla, sin dejarme engañar por lo aparente, por lo irreal. Todo eso caerá con su pesada carga de fantasía. Solo debo aferrarme a lo verdadero. A gente verdadera, lejos de hipocresía y engaño. A momentos sinceros. A seres en los que confiar tu vida, a sabiendas de su futilidad.

Me gusta esta sensación que poco a poco se va vislumbrando como obsequio. La agradable brisa casi primaveral en este cálido invierno resulta ser una señal inequívoca de que en el interior algo está obrando. Como es adentro es afuera, por eso el caos aparente, circundante, solo pretende dar respuesta a un movimiento que se está gestando. Por eso a mi vera estaba el mar. Tranquilo, calmo, brillante. Con sus olas que mecían mi alma, con su viento que frotaba en nuestras mejillas salados momentos. Y más allá del mar el horizonte, oteado con curiosidad por las aves marinas, por el chapoteo del perro que corría de la arena al agua. La curiosidad me invade. Presiento que están ocurriendo cosas que aún no logro desentrañar del todo. Pero ahí están de nuevo las señales. Sí, ahí está el mar que por dos días me ha llevado hasta las orillas de este momento. Ahí está la música. Ahí está la experiencia única de sentir como la vida obra su milagro. La primavera está cerca. Las flores pronto germinarán.

 

 

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