Vivir los abismos


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© Sergey Novozhilov

 

Entre la fe y la esperanza siempre hay trozos de tierra que se asoman al abismo. Es entonces cuando empiezas a leer a Heidegger o Wittgenstein y recuerdas la importancia del conocimiento para poder entender el mundo de forma más profunda, y sobre todo, para saber guiarnos por él. Pero no puedes olvidar la mística, la inteligencia que nos eleva hacia otras dimensiones menos exploradas, pero no por ello menos importantes. Poseer experiencias místicas o tentar una mirada elevada y profunda te llevan a observar el mundo de forma más amplia, y por lo tanto, más generosa. Eso permite no vivir una vida tan solo material y anodina, sino excitante y plagada de aventuras, donde lo importante no se reduce tan solo a tener algunas necesidades básicas cubiertas y a pocos más estímulos que no sean aquellos plagados al consumismo de superficialidad y materia. De hecho, esa simplicidad es una forma de degradar la materia, lo material, porque en términos amplios de consciencia, la materia también se puede consagrar, elevar, subliminar, siempre y cuando no estemos sometidos a sus dictámenes. Vivir una vida amplia, abarcando todas sus dimensiones, es vivir una vida inmensamente intensa llena de abismos.

Por eso es importante tener fe. Fe en algo más elevado a nuestra pobre percepción. Fe para poder mirar con entusiasmo la vida, abrazarla en todo su misterio y aceptar, sea lo que sea, aquello que nos presenta para nuestro aprendizaje. El salto de fe es importante cuando lo que tienes ante ti es un poderoso abismo. Los abismos dan miedo, a veces pánico, tanto que nos hace retroceder, volver a nuestra casilla de salida y no avanzar. Preferimos la seguridad de lo conocido y olvidamos que el universo es acción y movimiento continuo, es evolución constante hacia una emancipación poderosa. Los tiempos claros son complejos ante la decisión de seguir o volver al reducto seguro. Saltar, saltar y volar en esa fe que nos permite continuar nuestro camino es estar en sintonía con la sincrónica y mistérica vida.

La fe te mueve hacia esos caminos cargados de abismos, y la esperanza nos anima a seguir adelante una vez superadas todas las pruebas hercúleas que puedan aparecer en la senda. La esperanza de un mundo mejor. La esperanza de profundizar en la generosidad, en la pasión, en el cariño, en el amor, en la vida en su más amplia expresión. La esperanza de poder compartir todo eso con alguien capaz de volar hacia esas dimensiones desconocidas. La fe es aquí y ahora y la esperanza es el futuro. La fe nos empuja para movernos irremediablemente en aquello que no se ve, que no se puede entender. La esperanza es la motivación para ese movimiento crucial. La fe le da a nuestra esperanza sustancia para poder acercarnos a los secretos de nuestro interior, para poder traer al mundo natural, todos los misterios del mundo sobrenatural.

No hay que tener miedo si tenemos fe y esperanza. Solo hay que saber vivir los abismos, vivir entre los mismos, sabiendo que cuando esto ocurre, es porque nos espera siempre algo mejor. Y eso mejor siempre llega si mantenemos la mirada alta, el corazón limpio y afianzamos en los errores la prueba de que no todo es perfecto ni todo es perdurable. Sólo son pruebas, trabajos, tentativas para medir nuestra capacidad, nuestra fe, nuestra esperanza… Si se ama con conocimiento, con inteligencia, el miedo desaparece, el camino se abre ante nosotros y la vida continua su danza invisible y secreta.

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