No es no


a

 

Dicen que hay un juez llamado tiempo que pone cada cosa en su lugar. El tiempo me ha puesto donde debería estar desde el principio, en la equidistancia, en la ignorancia más absoluta, en la pasividad, en la calma y la quietud. Dice un famoso lema feminista que insistir es acosar y acosar es agredir. Realmente no había sido consciente de ello hasta ahora. Romper una relación nunca es fácil para ninguna de las partes, especialmente cuando la ruptura viene dada de improviso, de golpe, sin esperarlo. Especialmente cuando todo parecía dulce y amable y amoroso y se proyectaba un bonito futuro y todo se derrumba, de repente, por un hecho casual, fortuito e inesperado.

Si has vivido engañado o te sientes traicionado tardas tiempo en reaccionar, en darte cuenta de lo que realmente está pasando. La no aceptación es terrible. Muchas veces esto se puede volver en insistencia que puede terminar en acoso y, por lo tanto, casi sin darte cuenta, en agresión psíquica ante la falta de respuestas. Querer entender una situación y machacar insistentemente con ello te hace cómplice de una agresividad encubierta donde olvidas muchas cosas básicas de la elegancia, el respeto y la prudencia. No tan solo por una de las partes, porque la violencia psíquica siempre puede darse por hechos que acontecen de forma inexplicable, por silencios, por ausencias o por desprecios encubiertos. Uno se puede enfadar y decir groserías y llamar a eso violencia psíquica, pero los motivos que ocasionaron el enfado también habría que analizarlos con calma. No se puede arrasar la vida de los demás sin más y esperar que la respuesta sea un silencio o una sonrisa. Las personas, bien o mal, siempre reaccionan ante acontecimientos inexplicables.

No voy a entrar a juzgar los motivos de todo este embrollo. La situaciones de ruptura, vistas objetivamente, pueden llegar a ser totalmente surrealista. A veces una de las partes se siente acosada y la otra engañada y estafada o traicionada o humillada. El daño moral es a dos bandas y nace desde la inconsciencia más absoluta por no hacer o no querer hacer bien las cosas. Normalmente son experiencias a las que nunca nos hemos enfrentado, por lo tanto, la reacción suele surgir de la más torpe ignorancia acompañada de grandes dosis de rabia y frustración.

Los hombres tenemos mucho que aprender en cuanto al trato con las mujeres. Ayer leía un decálogo realizado por una asociación feminista que añadía algunas pautas para los hombres, más allá del no mates, no violes, no agredas, no acoses, no amenaces, no insultes a nadie y no insistas. Esta debería ser la única guía que tendrían que seguir al pie de la letra los hombres para acabar con la violencia machista, decían en el decálogo, pero iban mucho más allá. La empatía de dos géneros tan opuestos como son los hombres y mujeres requiere de grandes dosis de educación, por ello es necesario, ante nuestra propia experiencia, el hablar de ello en voz alta, para que tanto hombres y mujeres podamos aprender juntos.

A los hombres nos toca asumir, según el decálogo, que, en determinados contextos, la mera presencia de un hombre ya puede ser percibida como una amenaza. Los hombres ya somos, en general, una amenaza para las mujeres. Tenemos que reconocer, según el decálogo, que somos una mayoría opresora. Los hombres nunca somos conscientes de que, por el mero hecho de ser hombres, podemos dar miedo. El solo hecho de mirar a una mujer es intimidatorio y hay mujeres que pueden sufrirlo decenas de veces al día, nos dicen. También nos dicen que no existe el derecho a elogiar. Los hombres tienen que aprender a aceptar el rechazo y cuestionarse por qué a veces incluso erotizan el rechazo e incluso el miedo de una mujer. El decálogo continua con instrucciones precisas para cambiar de calle si vemos a una mujer sola y así evitar que sienta miedo o cambiar de vagón de metro si la mujer está sola para evitar que se sienta intimidada.

Viéndolo todo así, parece propio de una paranoia colectiva, pero sabiendo que las cosas son así -o quieren que así las creamos-, es decir, de que los hombres hemos sido educados por mujeres y por otros hombres que nos han convertido casi genéricamente en bestias, uno ya no sabe qué pensar. Lo que es evidente, y esa es la lección que deberíamos aprender todos sin excepción es que no es no. El problema a veces es cuando el no es un “depende” o “tengo que pensarlo” o se convierte en una vacilada donde mientras esperamos a la primavera me acuesto con todo lo que se menea porque yo soy libre y tú un idiota que vive en un mundo paralelo. El problema es cuando entramos en la confusión de las palabras y los hechos porque no somos del todo sinceros. Porque los hombres también necesitamos saber la verdad para también poder decir no. En el juego de la ambigüedad sexual o afectiva, también agradecemos no ser engañados, y si es no, es no, y así podemos retirarnos elegantemente, sin engaños y sin burlas a eso que antiguamente llamaban el honor, algo tan caduco y obsoleto que ya nadie lo toma en cuenta. Si es no, es no, para todos, por favor, sin engaños, sin burlas, sin vaciles, sin mentiras, sin humillaciones, sin traición.

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