El mundo se mueve


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Ayer junto al río, lugar donde se desveló la verdad

La indiferencia me hace imparable. El fuego que vive en nosotros se aviva ante los acontecimientos adversos que requieren enfrentarse a la realidad más allá de sus brumas y fantasías. Necesitaba saber una verdad que presentía desde hacía semanas y realicé un viaje largo hasta que ayer, encima de una montaña boscosa, junto al río, la misma se reveló. Se escuchaba el rumor del agua mientras las hojas otoñales rodeaban la penumbra que empezaba a esbozarse tras el sol que se apagaba. Decenas de volcanes apagados nos rodeaban en un entorno privilegiado, silencioso, apartado, oportuno. Nos agazapamos bajo unos árboles al borde del camino húmedo. Nos respiramos las auras para recordar quiénes éramos y qué hacíamos allí. Sentí agradecimiento y también cierta tristeza porque de alguna forma sabía las respuestas que iba a recibir a mis preguntas. Pero necesitaba esa brecha de sinceridad para que mi mundo y mis energías se pudieran ordenar. La verdad siempre nos hace libres, y en este momento de mi vida, tan cansado de mentiras e ilusiones, necesito dosis de realidad, de verdad, de autenticidad. Necesito a mi lado personas leales, sinceras, valientes, verdaderas, auténticas, honestas, creíbles. Sobre todo creíbles, de esas que te miran a los ojos y no te hacen dudar.

Tras unas breves palabras afloró la verdad y me liberé. Interiormente sentía como si algo se rompiera de nuevo al mismo tiempo que esa ruptura liberaba mis fuerzas ocultas. Anocheciendo, sin pensarlo, empecé a andar en mitad de la nada. Estábamos en la onda encantada del Caminante, así que aproveché su impulso con una seguridad interior transformadora. No quería mirar atrás, no podía despedirme. Sólo podía andar y andar sin reproches, con agradecimiento a la vida por efectuar el milagro. Más allá de las formas sentía cierto abatimiento, al mismo tiempo que una fuerza me empujaba inexorablemente por esa senda. No puedo dar explicaciones detalladas de todo lo que ese caminar significaba en mi interior, excepto que durante dos horas anduve entre bosques, entre la expansión de esa exitosa luna que iluminaba el día solsticial. Dos horas de amor solitario, de certeza, de firmeza y también de agradecimiento en una oscuridad donde solo podía ver mi propia luz. Era el comienzo del invierno en la noche más oscura del año. También era el comienzo, para mí, de algo nuevo dentro de la tierra húmeda y caliente.

Estaba lejos, muy lejos, de cualquier punto civilizado. Era tarde y no sabía qué ocurriría a partir de ese momento, pero interiormente sabía que cuando llegara a algún lugar habitable se obraría el milagro. Vi las primeras luces de la civilización y nada más llegar, unos amables y divertidos marroquíes que iban en un potente coche deportivo me recogieron. Les pregunté dónde estaba el tren más cercano y de forma generosa me acercaron hasta un lugar que estaba a una hora en coche. No me lo podía creer, pero tras más de cinco horas de aventura e incertidumbre, estaba ya en casa, sano y salvo.

Había un hermoso pacto que nos esperaba en la primavera. Pero al parecer todo formaba parte de la broma cósmica, de un juego, de otra ilusión. Siempre tengo la precaución de dejar algunas trampas para atrapar y alejar la ilusión y la mentira de mi vida y al parecer ambas cayeron irremediablemente en ellas. Al asomarme a su borde, ya no había tiempo que perder. Mejor caminar hacia el nuevo mundo, hacia la nueva vida sin perder ni un segundo más, sin cargar con la pesada tarea de rescatar almas perdidas y abandonadas a sí mismas que no desean conspirar. Mejor caminar y caminar y no parar de hacerlo hasta llegar donde el corazón me lleve. Mejor no mirar hacia atrás. Misión cumplida. Se cierra por fin un ciclo de cuatro meses intensos y se abre de nuevo la vida. Muerte y resurrección en un mundo que se mueve. Así son los solsticios interiores.

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