Morir para renacer


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Primero le enseñé cuatro cosas básicas para poder llevar la editorial mientras yo estuviera fuera. Había comprado un billete de ida pero no de vuelta, así que necesitaba a alguien que pudiera hacerse cargo de todo en mi ausencia y de paso, alguien responsable que pudiera motivarse con algo nuevo en su vida. Pensé que era un trueque justo para ambos. Subí al viejo coche y lo dejé para que los miembros de la comunidad tuvieran un medio de transporte. Luego le cedí mi cabaña, la que hasta ahora había sido mi casa, a una nueva inquilina. Entré con ella para darle algunas instrucciones, pero no pude estar mucho tiempo. La triste emoción de abandonar ese lugar pudo con mi entereza. Allí habían nacido ilusiones, sueños, promesas. Y allí mismo había que enterrarlas. Interiormente sentía que no podría volver a habitar ese lugar. Demasiados recuerdos, demasiadas ilusiones que se fueron cayendo una por una. Ni pareja, ni familia, ni hijos, ni nada que pudiera construirse ya en ese hermoso hogar. Así que me fui con el lagrimal tembloroso y decidí hacer los cinco kilómetros que me separaban de mi pequeño refugio invernal a pie.

Esta es la nota triste de la historia, del desapego, del entierro simbólico de un pasado que ya no está, que ya no sirve y ya no se puede cambiar. La nota alegre es que hoy estoy subido a un tren dirección Barcelona. Pasaré, por primera vez en muchos años, las fiestas de Navidad con la familia. Para mí es algo nuevo, una reconciliación con los ancestros, un cambio de paradigma, un perdón por tantos años de ausencia. Pero también la necesidad de cambiar por dentro, de erigirme como un hombre nuevo, con una versión renovada de mí mismo. Eso no es fácil porque el escorpión no puede cambiar su naturaleza, como decía la parábola. Pero soy luchador y quiero esforzarme, quiero ser mejor. Han sido unos meses difíciles donde la experiencia me ha puesto en frente de mi peor versión, de mi mayor sombra.

He conocido algo de mí que no me gusta, que no necesito, que deseo extirpar. Ante mi propia rabia e impotencia hice daño y enturbié todo lo que me rodeaba. No era mi intención, me vi desbordado y no quiero que eso ocurra nunca más. Aprender a aceptar la derrota, aunque esta venga acompañada de engaños y desprecios, es también aprender a callar, a estar en silencio. De nada sirve retorcerse de dolor y dejar campar a los mil diablos que nos poseen. No aporta nada. Es cierto, no aporta nada. Tan solo un triste final, un estúpido desencuentro.

Ahora toca disfrutar del viaje. No de este en particular, sino del que viene, que será largo y espero que hermoso, cargado de nuevas experiencias, de nuevos mundos que explorar, de nuevos aires que respirar, de nuevos encuentros. Toca salir a los caminos e intentar ser más silencioso, no hacer tanto ruido, no enturbiar el paisaje con pensamientos o emociones descontroladas. Toca respirar y mirar hacia adelante, con la visión firme, con la entereza de siempre, resurgiendo, como tantas otras veces he hecho, de mis propias cenizas. Seguiré escribiendo porque me ayuda, me hace pensar, me hace entender, me desahoga. Estaré unos días aquí y unos días allá y haré caso, me tomaré unas largas vacaciones.

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