Ahora si algo se rompe se cambia, antes las cosas se arreglaban…


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Por la tarde fui a la fuente a por agua. Al fondo se ve Samos.

 

A las seis de la mañana ya estaba con los ojos como platos. A media mañana había quedado con la periodista para la entrevista. Me puse el disfraz de editor después de cinco años sin hacerlo. Chaqueta marrón con coderas oscuras, suéter índigo escondiendo una camisa no planchada, pantalones verde oscuros… Me hice algunas fotos para ver qué tal estaba. Aún seguía con la cara ausente, pero no me importó porque aunque el alma aún no esté del todo anclada en este cuerpo, lo estará pronto, muy pronto. Lo sé porque ya casi puedo ver una sonrisa de niño travieso que va apareciendo de vez en cuando. Empiezo a bromear con unos y con otros y empiezo a ver con cierto optimismo el futuro inmediato. Intuyo que algo pasará, algo que me hará volver a mi centro y me dará de nuevo alas para seguir cumpliendo con mi parte en el trato existencial.

La periodista fue puntual, lo cual es de agradecer. Estuvimos dos horas hablando. No me gusta hablar, pero admito que cuando me preguntan o cuando me tomo un café con leche no paro de hacerlo. Hoy tocaba preguntar a un editor que se había escondido durante cuatro años en los bosques sin que nadie se hubiera dado cuenta de que aquí, en este lugar perdido en mitad de la nada, había una editorial. Eso me decía la periodista un poco sorprendida. Me preguntó por anécdotas sobre el mundo editorial y tenía muchas. Le expliqué que antes solía atender a los medios, a la prensa, a la televisión, a la radio, y que incluso fui protagonista de un anuncio gracias a un peculiar libro que escribí. Eran otros tiempos, aunque viéndolo un poco con distancia, eran tiempos divertidos donde me gustaba coquetear con esas cosas del glamour, no para hacer que mi ego se regocije de sus muchos o pocos éxitos, sino para utilizar a mi ego como canal, como medio para que la inspiración llegue más lejos. En todo caso me gustó ser entrevistado después de tanto tiempo y disfruté del contacto humano más allá de lo digital y artificioso.

Al poco rato me contactaba Alma, una joven escritora que tuve la suerte de conocer cuando era muy niña y he visto como crecía en estos años que pasan tan rápido. Me preguntaba por mi estado de ánimo y de cómo me iba todo y yo la ponía al corriente de mis vicisitudes. Con esa fuerza que caracteriza a los jóvenes sabios, me recordó una frase que su abuela debía decirle entre fogones y castañas: ahora, si algo se rompe se cambia, antes las cosas se arreglaban. La verdad es que la frase me hizo pensar mucho sobre la educación a nivel inconsciente que estamos recibiendo. La gente ya no se compromete con nada ni con nadie porque siempre, creemos ingenuamente, habrá un recambio, algo que sustituya lo roto. Cuando lo que se rompe es el amor en el mundo de la pareja, pensamos que encontraremos algo mejor que podremos “utilizar” en esa obsolescencia programada, algo que el amor líquido de estos tiempos tiene ya asumido.

Lo hablaba también esta mañana con Lucia, la periodista. Le decía que como editor y antropólogo podía observar cómo la sociedad está cambiando. Es cierto que somos de alguna forma más libres, pero estamos perdiendo el norte en muchas cuestiones clave como la cultura, los valores, el compromiso, la lealtad. Ahora nos traicionamos unos a otros por cualquier cosa. Si tu pareja piensa que ya no le sirves, te traiciona, te abandona, te sustituye. Ocurre también en el trabajo, en las relaciones de cualquier tipo, en las amistades.

Antes las cosas se arreglaban. Lo hablaba el otro día explicando la técnica japonesa del kintsugi. Ahora lo que se rompe, se tira. Me rompí y me tiraron, no una si no dos veces en tres meses. Pero hoy sentí, gracias a Alma, que todo puede reconstruirse y todo puede volver a ser lo que tiene que ser… La fortaleza del árbol radica en su flexibilidad. Esta vez seré más flexible ante la vida.

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