Solemnemente egoísta


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Mi casa en los bosques…

A veces a las seis, otras a las siete, me sorprendo despierto más allá de la forma, respirando con consciencia, observando como la vida me recorre y los estímulos para enfrentarme al nuevo día discurren de forma premeditada. Intento recordar los sueños. Últimamente casi siempre son iguales y de una misma naturaleza. Pero al menos puedo dormir y soñar y emprender el vuelo mágico hacia los planos que van más allá de la vida y la pura emoción. Con cierta calma y pereza me levanto, voy hacia la ducha, desayuno y me encierro en el lugar acondicionado para pasar toda la larga jornada. Intento contestar amablemente todos los correos, los mensajes y las demandas del mundo virtual. Repaso los deberes atrasados y busco la forma de ir aminorando la carga. Esta semana conseguí cerrar dos libros, terminar un artículo y poner al día algunas deudas. Llega el viernes y me siento satisfecho. No por lo mucho que he hecho, sino por lo poco que me quedó por hacer.

Perdí la motivación por casi todo y ahora ando al rescate de algunos aspectos que considero de responsabilidad. Los sábados y los domingos no suelen ser muy diferentes al resto de días. Desde que estoy solo, no tengo proyecciones más allá de intentar no trabajar en la editorial y centrarme en aspectos más personales como la tesis interminable, los libros por escribir y las cartas por contestar. De momento ninguna de amor hasta que el amor no renazca de nuevo dentro de mí como fórmula para entender la necesidad del amar al otro como a uno mismo. Ese “a uno mismo” lo tenía pendiente y lo estoy trabajando. Pero nunca sé por dónde empezar, más allá de reclamar, como dice la abogada y la psicóloga, aquello que es justo para mí, ni más ni menos. Y noto que me cuesta, que no me sale reclamar cosas para mí, aunque me pertenezcan, aunque sean mías. Hace no muchos años perdía una fortuna en el mundo editorial por no ser capaz de reclamar lo que era mío. Incluso la palabra “mío” y “tuyo” me rechina. Siempre fui un amante del “lau”, del nosotros, algo que no concuerda con los tiempos ni con el sentir de este mundo. La gente siempre reclama lo suyo, y arrasa en esa reclamación sin importarle nada lo que ocurra alrededor, ni el daño que puedan hacer. Lo “mío” siempre triunfa en el mundo del “yoísmo”, ese mundo insulso, solitario y triste que estamos creando entre todos.

En las clases de antropología me enamoré del jefe polinesio de nombre Tuiavii de Tiavea que nos hablaba del Lau. “En nuestro idioma «lau» significa «mío», pero también significa «tuyo». Es casi la misma cosa”, nos decía ese hombre sabio que nos hablaba de los valores de su pueblo en fuerte contraste con el de los papalaji, el hombre blanco. Y ahora, con edad avanzada, me toca aprender todo lo contrario. Me toca vencer el miedo a reclamar lo “mío” y olvidarme del lau que tanto dolor de cabeza me ha traído en estos años de ingenuidad humana. Me toca romper con el ideal del hombre bueno para volverme solemnemente egoísta. No egoísta desde una posición malvada ni moderna, sino egoísta desde una posición justa. Es decir, dejar de pensar en el otro por un tiempo para pensar en mí y con ello crear un nuevo escenario de justicia donde cada cual se quede con su parte.

Hasta me resulta extraño hablar en estos términos pero me veo en la necesidad de hacerlo para tomar consciencia de mis próximos pasos, de mis próximas afirmaciones. Me paso toda la vida hablando de generosidad, de apoyo mutuo, de compartir, de confianza, y ahora me toca hacer todo lo contrario. Quiero reflexionar tranquilamente, y en voz alta, sobre ello. Alguien me dijo el otro día con sabia atención que a veces la ingenuidad quizás tan sólo se trate de cobardía, de no querer afrontar situaciones difíciles. Quizás siempre es más fácil decir “quédatelo todo” a intentar reclamar lo que por justicia nos corresponde. Siempre ese infantil miedo a intentar no dañar al otro, cuando a veces no queda más remedio que hacerlo cuando se trata de ser justos y equitativos. Siempre ese deseo de no ver el sufrimiento ajeno cuando a veces el otro se lo ha buscado voluntariamente.

Quizás cuando de niño me pegaban y yo no me defendía, tal vez no fuera por compasión, sino por cobardía. Tal vez no era bondad lo que sentía por el mundo sino miedo, terror a dañar y ser dañado. Mi fragilidad infantil la arrastré hasta el final, sin darme cuenta, integrándola en las emociones y en el pensamiento. Quizás no conservo nunca ahorros ni parejas porque no me creo merecedor de nada y prefiero dejar de luchar y esconderme entre almohadas antes que salir al campo de batalla para proteger lo que  realmente amo. ¡Hasta tal punto puede llegar la traición hacia nosotros mismos sin darnos cuenta! Quizás no sea una buena persona, sino más bien una persona cobarde que prefiere esconderse antes que obrar el mal. Y al hacerlo, ¡bendito descubrimiento!, me doy cuenta de que tampoco soy capaz de obrar el bien, pues la cobardía y el miedo nunca son ejemplos de bondad sino más bien de ruindad. Y ahora, en esta también solemne desnudez, deberé enfrentarme a esa parte oscura, y por una vez, ser valiente, cortés y justamente egoísta.

 

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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6 respuestas a “Solemnemente egoísta

  1. Buenas tardes amigo, soy Antonio otra bez. No se si e entendido bien lo que escribes pero se que el egoismo nunca es la solucion, es el camino mas rapido a la destrucion y a la mierda. Tu justicia a lo mejor no es la misma justicia que la de otras personas y lo que tu piensas que es justo es injusto para otras personas. Te veo mal amigo, te veo como yo, un dia blanco y otro dia negro, un dia bueno y otro dia malo. Asi no amigo, asi no, por propia experiencia, asi no. lo siento mucho.

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    • Gracias querido Antonio… realmente es cierto que no estoy bien… Llevo tres meses con falta de ánimo y bueno, han pasado cosas difíciles de contar que me han hecho pasar por situaciones complejas. Ahora estoy mejor, algo mejor, poco a poco volveré a ser yo mismo y volveré a sintonizar con la paz y el amor… Poco a poco… Gracias por tu comentario… un abrazo…

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    • Gracias querida Alicia por el reconocimiento, no sé si merecido. Es difícil desnudarse de esta forma pero al hacerlo me alivia y siento que alivia a más personas… En todo caso, tus palabras me alientan para seguir adelante… Gracias de corazón… un abrazo grande y sentido…

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  2. Y que puede ser ese “ego” sino solo un aspecto del yo mismo.
    A menudo en conflicto con otros “hermanos” que habitan ahí adentro.
    Es el aspecto que lucha, que busca manifestarse, que desata la tormenta.
    Que fija nuestra mirada.
    Lleva consigo el movimiento y el dolor de la intensidad del -ismo.
    Así como mi niño, todavía busca la dulce mirada cuidadora para relajarse.
    Así este ego encarna, la furia de lo negado, del que siempre cede y olvida.
    Como hacer para amarlo?
    Como olvidarse de si mismo?
    Solo la firmeza que le permite expresarse con toda la fuerza de su voz.
    solo ese egoísmo nos recoge y nos unifica.
    Esto también soy.
    Entonces, el siguiente paso espera…
    al alba.

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    • Gracias querido Juan Carlos… Estaremos atentos a ese ego para que sea cuidado, amado y abrazado… No nos queda otra si tenemos que convivir con él todo lo que nos queda de vida… Gracias por compartir… 🙂 Mientras, esperaremos al alba…

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