Sonreír en la oscuridad. Algunas formas de cultivar la tristeza


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© Florian Schmidt

“Los hombres generosos y valientes tienen la mejor vida; no tienen ningún temor. Pero un cobarde le teme a todo. El avaro teme siempre a los regalos”.

Hávamál, poema escandinavo.

Cuantas veces habremos pasado por momentos oscuros y cuantas veces nos tocará pasarlos. En un mundo artificial donde todo parece alegría, siempre nos olvidamos de los tristes. A nadie le gusta estar en compañía de alguien que lo está pasando mal. La tristeza es contagiosa, pegadiza. Nadie quiere estar del bando de los perdedores, de los pobres, de los desahuciados. En estos meses, por segunda vez en diez años, he visto la estampida de aquellos que desaparecen cuando las cosas no van bien, no son convenientes o no les favorece. Pero esta vez han sido más los que se han quedado. Supongo que estos ciclos de mala suerte sirven de purga, y solo quedan los reales.

Ahí están los imprescindibles, los verdaderos, los que te soportan en lo bueno y en lo malo, los que te atizan para seguir adelante. Hoy me contactó una conocida presentadora de televisión y ayer un conocido diputado de las Cortes. Son ejemplos públicos de personas públicas y notorias que tengo la suerte de conocer y que están ahí en lo bueno y en lo malo, que buscan un momento en su apretada agenda para darte ánimos. Pero luego está la gente anónima, los que nadie conoce y de forma sigilosa susurran todos los días unas palabras de aliento. Ellos suman superpoderes que se van agregando al egregor de la amistad y que fortalecen los lazos invisibles que nos dan vida y sostén. Los que en la más oscura noche te hacen sonreír y los que sabes que, cuando todo pase, seguirán ahí, esperando el abrazo y la risa, la broma y el cariño. No les importa como estás, solo les importa tu alma. Y en el alma uno ve la nobleza, la aristocracia real del ser.

En estas batallas de tristeza no se libra nadie, ni ricos ni pobres, ni altos ni bajos, ni guapos ni feos. Todos tenemos alguna vez una pérdida de sentido, un trauma que soportar, una desgracia que sufrir, una tristeza que abrazar. No importa la índole ni su naturaleza, pero el mal y el sufrimiento nos acecha a cada instante. Ahora que estoy en esta enseñanza, me gusta sonreír interiormente y disfrutar, de alguna manera, de todo lo que se aprende sobre la vida cuando naufragas. No hay nada como arruinarse para ver el desfile de los interesados del capital caminando rápidos uno a uno hacia la puerta de salida. No hay nada como el abandono más humillante para ver hasta donde aguantan los que superficialmente estaban a tu lado por puro interés. Y sobre todo, es hermoso ver como aquellos que por algún motivo te odian, ahora se mofan de tu mala suerte y se aprovechan de la misma. Esto es lo más sorprendente, y de lo que más aprendo. El odio tiene máscaras que resultan complejas desvelar.

Pero todos sabemos que la vida es cíclica y que nos pone a prueba para comprobar nuestras reaccionamos ante nuestra desgracia y la desgracia ajena. Todos sabemos que hoy estamos aquí y mañana allí, y que la existencia nos da la oportunidad del aprendizaje afilado, sutil, íntegro. Esa idea me hace sonreír, especialmente recordando los malos tiempos y comparándolos con estos. Me doy cuenta de que de aquí se sale, siempre lo hemos hecho, nosotros, nuestros antepasados, nuestros más primitivos ancestros. Todos salieron de los momentos difíciles y como resultado queda nuestro testigo vital.

La infelicidad es un instante si sabemos ser agradecidos y podemos ver con cierta inteligencia todo cuanto ocurre. Se puede sonreír en la oscuridad y cultivar la tristeza con paciencia para extraer de ella toda su enseñanza. Se puede estar uno quieto, viendo lo que ocurre, viendo como ocurre, a sabiendas de que pronto o tarde, la suerte cambia, la fortuna llega y volvemos a empezar, esta vez con más serenidad, con más sabiduría, con más detalle a la hora de obrar. Por eso ya no hay desesperación, solo proximidad hacia el cariño de los demás y alejamiento inevitable hacia los que pretenden hacer leña del árbol caído. Sí, llegó el otoño y pronto el invierno, cayeron las hojas y quedé desnudo… Pero las raíces siguen creciendo profundamente hacia adentro. Esa es la sonrisa que provoca este momento. Esa es la complicidad inevitable con los ciclos. Resiste, perdura, fortalece las raíces para que nada te derrumbe. Y deja que las ramas rocen las ramas de los que te quieren siempre, siempre, siempre.

 

 

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