Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas


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© Alexander Khokhlov 

“Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Un valor que es casi heroísmo. La mayoría de la gente no puede dar ni recibir amor porque es cobarde y orgullosa, temen que descubran su secreto, el triste secreto de cada ser humano: que no puede vivir sin amor”. Sandor Marai

La cuestión del amor es compleja, especialmente hoy día donde todas las relaciones empiezan a tejerse desde la virtualidad y la comodidad de estar sentado en un sillón clasificando las cosas-personas por “me gusta”. Lo terrible de este nuevo tiempo es precisamente eso, estamos empezando a ver a las personas como cosas. Es decir, retrocediendo de nuevo a esa sensación que había en la Edad Antigua de adquirir esclavos o esclavas o mujeres que podían ser consideradas como propiedad. Es cierto que no podemos pensar en las personas como propiedad, especialmente con las cuotas de libertad que se ha alcanzado hoy día, pero sí como objetos virtuales que se esconden tras una fotografía adaptada a la mejor imagen de nosotros mismos. En el fondo, toda una ilusión, toda una mentira que se agrava con el paso del tiempo y la imposición de nuevas herramientas y tecnologías virtuales.

Por eso la reflexión del novelista húngaro Sandor Marai está ahora muy de actualidad. Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Diríamos que hace falta mucho coraje para amar en los tiempos en los que estamos, o al menos para intentar amar, para arriesgarse a amar, para creer, en definitiva, en el amor. Dicho así, el amor parece algo trasnochado. En un mundo orgulloso lleno de cobardes que se esconden tras una tertulia unipersonal y virtual, es complejo amar. Es un mundo de paradojas porque como dice el novelista, no podemos vivir sin amor aunque intentemos disimular que somos muy libres e independientes. En el fondo de nuestro corazón, sentimos la añoranza del amor, sentimos la pérdida del abrazo, sentimos en lo más profundo el amargo sabor de la soledad.

Pero es paradójico porque no tenemos tiempo para el amor, a no ser que venga precedido de algún tipo de contrato donde juntos podamos hipotecarnos de por vida o donde juntos podamos convivir medianamente bien para hacer frente a los gastos, cada vez más asfixiantes, de la vida fabril. Por eso el amor muere tristemente. Muere por cobarde, por orgulloso, por ilusorio. Muere porque amar requiere de entrega en un mundo egoísta donde nadie quiere conceder nada a no ser que sea a cambio de algo. La sociedad nos ha vuelto vanidosos y fatuos. Preferimos la soledad antes que el compartir generosamente. Preferimos la aparente libertad de vivir nuestra vida con el único sentido del placer unipersonal. Una sociedad nihilista solo puede crear personas que se miran a su espejo y se gustan a sí mismas sin contar para nada con los demás. No creer en nada también es sentir que no se cree en las personas.

Hay un exceso de espejos. Sobran pantallas y faltan más revolcones, más paseos en los atardeceres, más camas mojadas de sudor, más abrazos bajo un olivo, más broma y humor compartido ante un mundo tan serio, más aventuras bajo la luna o el cielo estrellado y más sentido de la comunión. Lo virtual hace que la vida pase en una ilusión mentirosa. Lo real nos enfrenta muchas veces al dolor y el sufrimiento, pero también a la esperanza, al abrazo, al sentido, a la emoción, al lloro y la alegría, al lamento y la recompensa, a la lucha insaciable por amar al otro. Pero para eso, hace falta mucho valor…

 

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