No te dejes humillar


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Hoy recibía un escrito que me parecía verdaderamente humillante. Lo tuve que leer dos veces para comprobar su veracidad y luego, tuve que parar el coche en mitad de la nada para cerciorarme de que no estaba viviendo en una realidad paralela. Busqué un área de servicio antes de llegar a Galicia tras muchas horas conduciendo para tomar algo. Volví a leer el escrito con más calma y pensé, casi con una sonrisa en la cara, que no hay humillación posible si no dejamos que eso ocurra. Así que le resté importancia al escrito y seguí adelante pensando, algo asombrado y perplejo, sobre la naturaleza humana.

Quizás sea algo de lo que no somos conscientes. Quiero decir que muchas veces actuamos de forma que humillamos al otro, le robamos su dignidad y avasallamos sus vidas de manera involuntaria. Sólo así se pueden explicar ciertos comportamientos. Si fueran actitudes conscientes simplemente no existirían, por lo tanto, me cabe pensar que muchas veces actuamos inconscientemente desde el miedo o la pura ignorancia. Sin darnos cuenta realmente del daño que hacemos al otro. Por exceso o por defecto. Realmente es como si lo más difícil fuera comportarnos de forma digna, educada, amable, sincera, amorosa. Cuando debería ser, al menos por educación o respeto, lo más sensato.

Estos días hablaba con alguien sobre la necesidad de buscar un acuerdo justo sobre un asunto que aún nos ata. Es asombroso como cada cual entiende la justicia dependiendo de si eso que aparentemente es justo le beneficia más o menos. Si es beneficioso para uno mismo es justo, de la otra forma, sin importar lo que le ocurra al otro o en qué lugar quede, es injusto. Pero la justicia en ese tipo de términos es parcial y siempre que se trata de ajustar cuentas con otro, alguien parece que saldrá perdiendo. Es evidente que hay que valorar si hay daño, y quien lo ha producido, y quien debería obrar con mayor justicia o generosidad si ha ocasionado dolor al otro. Compensar de alguna forma la falta, el abandono, el egoísmo, la traición. Pero no cometer cualquier tipo de delito y encima demandar justicia para uno mismo, y de paso, todo el beneficio.

De ahí la humillación hacia el otro, hacia el perdedor, hacia el que ha sido abandonado, traicionado o injustamente tratado, especialmente si el otro siempre se ha comportado de forma ejemplar, aunque en algún momento hubiera cometido el delito de la debilidad tras verse en situaciones críticas.

No sé si habrá o no una justicia invisible que restablezca todos estos agravios. Eso que llaman karma. Sea como sea, una persona lo único que le queda cuando ha perdido todo es la dignidad, y ante ella, solo le puede luchar para conservarla. Si perdemos la dignidad, si nos dejamos humillar, dejamos de ser personas y nos convertimos en animales de paso.

En fin… un viaje largo desde Barcelona a Galicia, pero con la recompensa de salir fortalecido de una prueba más. Ahora volvemos al Balneario, a este cómodo lugar donde deberé seguir ese proceso de sanación mientras todo se restablece poco a poco.

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