Je est autre


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Esta semana creo que la noria me lleva hacia abajo… debe ser la luna o alguna mala configuración astral… no lo sé… pero subido a la noria miro a mi alrededor y sonrío… y me digo, “bueno, ahora toca bajar, agárrense que vienen curvas”… y sigo sonriendo viendo como caigo en la tristeza, en la melancolía, en la soledad. Son procesos inevitables con los que ahora intento convivir. Sí, hay una gran mejoría interior con respecto a meses anteriores, pero ahí está la noria, dando vueltas locamente de un lado para otro. Sinceramente, ya no me importa la noria, ahora disfruto del paisaje, sea otoñal, sea primaveral o sea como sea. Ya no importa. De verdad.

Decía Tolstoi en su Ana Karerina que todas las familias felices se asemejan y que cada familia infeliz, lo es a su modo. La infelicidad tiene esas cosas. Hace únicas las experiencias y producen un resultado asombroso y diferente en cada persona. Esta mañana, mientras paseaba acompañado por un tramo del camino de Santiago, a la altura de Sarria, expresaba esa necesidad de saberme infeliz, pero al mismo tiempo esperanzado. Quiero decir que puedo ser consciente de que estamos vivos, y que, por lo tanto, no hay que tener miedo a expresar abiertamente lo que uno siente. Se lo decía a mi interlocutora. Nos escuchábamos, sin conocernos de nada, compartiendo secretos anímicos, sin miedo, sin tratar de juzgar ni ser juzgados.

Creo que es hermoso desahogarse, ya sea en un paseo otoñal como el de hoy, ya sea con la escritura. Ya no me importa si me leen un millón de personas o cuatro. Yo simplemente me desahogo, por si ayuda en algo, o por si me ayuda a mí mismo. Mi acompañante, al desahogarse, al contarme su historia aún sin conocerme, me ha dado luz, me ha ayudado a comprender cosas que sin su mirada, sin su forma de entender la vida y de afrontarla, no hubiera nunca entendido. Estoy muy agradecido cuando quedas con un desconocido y abre su alma sin reparo. Cuando ves como caen lágrimas por su rostro sin miedo al juicio. Estoy francamente agradecido por el paseo, por la confianza y por el aprendizaje oculto.

Decía Rimbaud en sus “cartas videntes” que “je est autre”, algo así como ahora soy diferente o ya soy otro. Esa es una sensación en la que meditaba estos días. Observaba mi pasado no muy lejano y me miraba ahora y notaba ese cambio inevitable. He querido compartir esa buena nueva y he escrito otras de mis patéticas cartas. Pero esta vez no me importaba parecer patético. Me daba cuenta que era yo mismo, pero diferente, y por lo tanto, mejor. Mejor para afrontar la vida con valentía, sin miedo. Mejor por acercarme hacia lo que siento sin complejos y expresarlo abiertamente. Si no hay miedo, y esto es importante recordarlo siempre, hay amor. Ya lo sabemos, así que amemos sin miedo.

Ya soy otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín”, rezaba la primera carta de Rimbaud. “Porque ya soy otro. Si el cobre se despierta convertido en corneta, la culpa no es en modo alguno suya”, decía la segunda. Eso es muy revelador, porque siempre hay algo que nos transforma y nos convierte en otra persona, en otro ser sin perder nuestra esencia de madera o de cobre, y no es culpa alguna de nadie si eso ocurre, de lo que antes éramos. Los hechos infelices o traumáticos tienen ese poder mediador entre lo que éramos y lo que ahora somos. En estos tres meses de profundo cambio he podido descubrir ese sanador lugar donde todo cambia cuando puedes sorprendente en una vida aparentemente tranquila y tras un hecho traumático, volver a nacer a otra existencia totalmente diferente.

¡Cuántas veces no habremos nacido una y otra vez! ¡Cuánto hemos cambiado sin darnos cuenta! Miramos nuestros recuerdos, nuestra memoria pasada y no nos reconocemos. Lo sorprendente es tener consciencia de ello cuando todo ha pasado de forma tan rápida. Mirar unos meses atrás, ver cómo hicimos las cosas y darnos cuenta de forma brusca y humilde de tantos y tantos errores. Mirarlos, reflexionarlos y aprender de ellos. Mirarte luego al espejo y ver que algo cambió dentro y fue hermoso. Eso es maravillosamente milagroso. Y valiente poder verlo y reconocerlo, poder admitir toda tu oscuridad y traspasar sus límites sin temor al que dirán. Amor, solo amor.

Descubro en esa mirada al niño saboteador, al adolescente que se declara con derecho a no ser estimado, al adulto impaciente y casi diría que al anciano provocador. Veo todos los ciclos juntos en uno solo y veo qué fácil resulta dejarse llevar por algo añejo cuando las circunstancias nos ponen a prueba. Lo mejor es no tener prejuicio en reconocerlo, ni siquiera públicamente, especialmente ahora cuando lo público y lo privado casi han dejado de existir como entidades propias.

Qué más da lo que hayamos hecho si nos ha servido para aprender, o mejor aún, para ser algo distinto y diferentes, para liberarnos de lo viejo y caduco. Aún no sabemos si el aprendizaje ha hecho una mejor versión de nosotros. Eso la experiencia futura lo dirá. Pero al menos ha gestado un cambio inevitable, un acierto de vida que clama movimiento y metamorfosis. Sí, ahora soy otro, qué le vamos a hacer.

(Foto: visita inesperada de mi querido amigo Geo aquí a mi lugar de retiro). 

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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