‘I’m a nationalist’. Aniversario del armisticio de la Primera Guerra Mundial


 

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«No puedo creer que se haya evaporado completamente aquella ternura que llenaba de inquietud nuestra sangre, aquella incertidumbre, aquel encantamiento, aquella ansia de futuro, los mil rostros del porvenir, la melodía de los sueños y de los libros, el deseo y el presentimiento de la mujer… No es posible que todo se haya hundido definitivamente en los bombardeos, en la desesperación, en los burdeles para soldados». (‘Sin Novedad en el Frente’, Erich María Remarque).

Hoy se cumplen cien años del armisticio de la Primera Guerra Mundial. Unos años antes, Gavrilo Princip, un joven nacionalista serbio asesinó a destajo al archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa Sofía Chotek. Quizás ese acto duró pocos segundos, pero desencadenó la hasta ese momento más sangrienta de todas las guerras. Un siglo después, ¡como pasa vanamente el tiempo!, volvemos a ver con cierto recelo como viejas tendencias humanas vuelven al tintero de la vida política y social de nuestro mundo convulso. En la vieja Europa se reavivan los nacionalismos como hace cien años. También en todo el resto del mundo se clama, como clama Trump: “I’m a nationalist”, como si ese clamor nos hiciera mejores frente al otro, como si nos hiciera especiales.

No. No somos mejores, ni especiales. Hablar un idioma, pertenecer a una tribu, a una comunidad, a una cultura, no nos hace insignes, ni diferentes. Por suerte la genética demuestra que todos somos iguales y que las únicas diferencias entre unos y otros solo provienen del puro azar. Y ese puro hado no puede condicionar nuestra ideología, nuestra perversa manera de ver al otro como un enemigo o agente extraño ni de ver al mundo, un mundo cada día más libre, abierto y cercano, como un reducto cerrado y oscuro.

Diez millones de muertos fue el recuento tras cuatro años de guerra entre hermanos. Diez millones de muertos por defender, cada cual, su parte en la eventualidad de haber nacido aquí o allá. Absurdo. Muy absurdo. Y aún así, cien años después, no somos capaces de honrar esos muertos y vencer la tentación de sentirnos diferentes al otro. Seguimos enarbolando nuestras patrias, nuestras naciones, nuestras banderas con ciego orgullo. Como si tener una bandera u otra fuera síntoma de pertenencia a algo necesariamente sobresaliente.

Me pregunto cuándo esas banderas, esos símbolos patrios, esas fronteras y esas orgullosas emociones por pertenecer a uno u otro sitio dejarán paso al abrazo entre razas, culturas y religiones, a la tolerancia y al amor. Me pregunto por qué personas como Trump se enorgullecen de ser nacionalistas. Hijo de emigrantes escoceses y alemanes, debería sentirse orgulloso de haber sido acogido en esa hermosa tierra y haber podido proclamarse presidente de uno de los países que representa el futuro de la humanidad: la integración de todas las razas y culturas en un solo territorio sin distinción jurídica o legal con respecto a su procedencia. Un mundo de libertad y respeto hacia la diferencia e idiosincrasia privada y personal mostrada de forma pública desde la ciudadanía.

Algún día este alto ideal se extenderá por toda la humanidad. Las fronteras desaparecerán, las banderas formarán parte del nostálgico folclore popular y el orgullo nacional dejará de dividir a las personas. Las tradiciones identitarias a las que nos aferramos para sentirnos parte de un grupo, y por lo tanto, diferentes a otros grupos, quedarán eclipsadas por el sentimiento de pertenencia al mayor grupo al que podemos pertenecer: la propia humanidad, un mundo de identidades múltiples, complejo, humano. De aquí a cien años, un nuevo Trump nacerá y dirá algo así: “yo soy parte de la humanidad una, y mi propósito es servir a todos los hombres y mujeres desde la buena voluntad”. Y el viejo Trump y todos los servidores del viejo mundo serán enterrados en la memoria colectiva, celebrando, cien años después, la paz mundial, la fraternidad y el amor humano como principal bandera de todos. El mundo, por suerte, nos acerca cada vez más…

(Foto: Un niño violinista posa en las calles de Belgrado durante la Navidad de 1918).

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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