Huir por los caminos


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“Hay que dejar el mundo si deseamos seguir al Señor. Debemos dejarlo, digo, no como lugar, sino como modo de pensar; no huyendo por los caminos, sino avanzando en la fe.” Orígenes

Llueve. Y lloverá durante algunos días. Quizás ya no deje de llover hasta la primavera. Lluvia, incienso, música y soledad. Ingredientes perfectos para el otoño. Melancolía, añoranza, reposo, colores ocres y olores arrojadizos, pausados, melosos. Libros, muchos libros. Tantos como gotas de lluvia que no cesa. Palabras, conocimientos, historias, leyendas, mitos, frases que se amontonan como ríos en sus valles, con sus meandros, con sus lágrimas recogidas en un cauce. Uno podría crear mundos con estos elementos, imaginar realidades, sentir caminos.

Y ahí fuera la vida ahora pausada. Por la ventana veo las montañas y los bosques que abandoné hace unos meses. Allá arriba las cabañas ya deben oler a chimenea. Las castañas deben estar ya en el fuego asando el sabor único de la tierra. Las paredes están frías. La tarde se aposenta en el lecho nupcial que precede a la noche. La oscuridad llega pronto, sin sabores, sin alicientes especiales. Podría contar uno a uno los momentos y no dejarme nada por nombrar, porque son pocas las cosas que pasan. Casi prefiero que así sea. Los sobresaltos del ajetreo de antaño terminaron menguando las fuerzas. Tantos frentes abiertos que ahora resulta difícil ordenarlos, administrarlos con prudencia, con sabia respuesta a los tiempos. ¡Ay los tiempos!

En la soledad algunos encuentran su palacio, su reino, su retiro. Esta soledad, la mía, es como vivir en el exilio, lejos de tu tierra, lejos de todos. Me doy cuenta en estos momentos lo que significa vivir en un país extranjero donde eres extraño hasta para ti mismo. Lejos de tu gente, de tu familia, de tus amigos. Lejos de todo aquello que te hizo como persona. Siempre lejos de todo y de todos. Pasear por las orillas del río es darse cuenta de lo lejos que puede llegar a estar uno de aquello que te hizo, de aquello que te dio forma y vida. Es otoño y la añoranza se acumula por tactos, por formas y tamaños. A veces vienen olores o recuerdos que se aíslan para tomar fuerza, para transportarnos a otras realidades posibles. Porque todo es posible, incluso volver atrás, incluso abrazar aquello que se marchó para siempre. ¿Cómo se puede marchar algo que estuvo tan sujeto a ti? ¿Cómo puede desaparecer ese abrazo profundo y cómplice?

Quizás debería dejar el mundo como modo de pensar, pero ahora me siento aliviado regodeándome en la otoñal estampa. Me alivia huir por sus caminos. Me calma no hacer nada, no pensar en nada excepto en aquello que alguna vez tuvo un sentido único y verdadero. Me regocija imaginar posibilidades ahora ya casi imposibles mientras la lluvia no cesa de caer. Todo amanece gris y pronto la oscuridad volverá a teñir los recovecos más secretos y ocultos. Así es el otoño. Triste, melancólico, expectante. Pero hay algo que todos sabemos, que todos intuimos. Pronto vendrá la primavera. Pronto vendrá el nuevo tiempo. Vamos a esperar, tranquilos. Vamos a esperar.

(Foto: © Bill Smith)

 

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