La reunión de los cuerpos celestes


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“En ese estado de tranquilidad de una mente que está de veras en silencio, hay amor. Y el amor es lo único que puede resolver todos nuestros problemas humanos”. Jiddu Krishnamurti

Decía Krishnamurti en su escrito sobre “la libertad primera y última” que la mente no puede resolver nuestros problemas, que solo el amor es capaz de llegar allí donde nosotros no podemos llegar con nuestro interrogatorio interior. La mente siempre se enreda intentando explicar lo que ocurre y por qué ocurre así o asá, pero no es capaz por sí sola de resolver los grandes conflictos que asolan a la humanidad y a nosotros mismos, precisamente porque no viene acompañada de ese sentimiento compasivo que es el amor. Encerrados en nuestros problemas, resulta complejo poder atisbar más luz de la que necesitamos. Encerrarnos en nuestros mundos, aislarnos de todo y de todos, no resuelve ninguna incógnita, ni nos hace mejores ni nos permite enfrentarnos directamente a los asuntos que debemos afrontar con valentía y amor.

Muchas veces elegimos estar solos precisamente por eso, por no querer participar de la vida y de sus complejidades. En nuestra soledad encontramos cierto refugio y seguridad. Allí nadie nos molesta, nada nos perturba, estamos a solas con nosotros mismos y no tenemos que dar explicaciones a nadie. Pero en esa soledad nos alejamos del amor, de la vida. El éxito de la era digital es que nos permite cierta organización y relación ficticia con un mundo que creamos a nuestra imagen y semejanza tras la soledad de las pantallas. En ese mundo elegimos con quien interactuar y cómo y cuándo hacerlo. Si algo nos molesta, lo eliminamos. Eso nos aleja del crecimiento, del enriquecimiento interior y de la fortuna del calor humano, ahora apartado por la fría interacción virtual.

De alguna forma todo está vinculado, inclusive las galaxias, las estrellas, los átomos, las células. Todo es una gran simbiosis que se vincula desde diferentes hilos multidimensionales. Como seres humanos, necesitamos del otro para poder corresponder con nuestra propia identidad. El mito de Robinson Crusoe murió cuando descubrimos que la vida humana requiere de otros humanos. En “el filósofo autodidacta”, de Ḥayy ibn Yaqẓān, ya se especula sobre la necesidad de pasar de la soledad al abrigo del mundo, donde todo es unidad y donde existe una reunión de todos los cuerpos celestes. Estar solos nos aleja de la vida y nos anula el sentido de la existencia.

Esa reunión inevitable se ha descrito en muchas leyendas, como el mítico Simorg, y nosotros estamos llamados a ser parte de esa reunión, de esa unidad, de ese abrigo. La soledad está bien si surge de una cualidad innata desde la cual podemos crecer, pero solo es útil si de esa soledad sacamos enseñanzas para luego ser compartidas con el resto. La soledad debería ser algo temporal, o en todo caso, una soledad compartida. Como cuerpos celestes encarnados, deberíamos reunirnos en la comunidad de almas, pero también en la pareja, en la familia, en la amistad. La pareja es el mayor reto al que nos enfrentamos para crecer y desarrollarnos. La familia es nuestra gran escuela y la amistad nos gradúa en el arte de la relación, es decir, todo en conjunto, es una expresión de aquello que entendemos como amor. La vida es amor. Amor es relación.

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