Me iré a descansar, al valle de los avasallados…


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A ti la dama. La audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches, cuando no sé qué camino de mi vida tomar. Te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño, sólo me quedan las cenizas de una sombra de la mentira que tú misma me habías obligado a oír, y la blanca plenitud no era como el viejo interludio. Y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí. Y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad. E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados. (Fragmento de la película Leolo)

Este texto de la hermosa película de Leolo describe muy bien sensaciones que últimamente sostengo entre dos pechos, entre dos vidas que a veces se cruzan, otras resultan paralelas y otras simplemente inexistentes, por eso de que la imaginación siempre adolece de incredulidad y se aferra a mundos sumamente sutiles. El viejo interludio se mezcla de repente con un pecho punzante en el que creí, ese que me hizo ver nacer la luz sobre mi soledad, pero todo desaparece al alba, a cual broma de los hacedores.

Atenea, la deidad de ojos de lechuza, me abandonó a mi suerte. Dejó de inspirarme sabias palabras, sabios actos y dulces melodías para arrinconar a mi destino en el valle de los avasallados. Apareció y desapareció. Abrazó mi pecho, estrujó mi llanto, consoló mi alma y se esfumó de ese lecho débil y mojado.

La discreta aurora no parece tener prisa por responder a la llamada de auxilio. La noche se cierne aún oscura y los templados artífices de este circo se encierran en sus palacios, quizás escuchando las melodías sacadas de alguna cítara hipnótica. Debo reconocer que aún es muy pronto para la blanca aurora, y que mi prisa por despertar de este sueño contrasta con la necesidad de emprender de nuevo un camino que será largo y angosto.

El domador de versos se pasaba las noches hurgando en todas las basuras del mundo. El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos para renacer en la imaginación de los hombres. Eso pensaba Leolo y eso pienso cuando intento domar este verso torcido. Me paso las noches hurgando, abrazando a unos y otros que se esfuman con la melancolía, en el azar de la bruma onírica. Allí, entre sueños y versos, imagino un renacer que ya no volverá. Por más que duerma o por más que madrugue, nunca puedo, al despertar, poder atrapar en esta realidad las bellas historias de amor que me seducen entre sueños. Hay que soñar, me repito una y otra vez. Hay que soñar, decía Leolo.

Pero aún sigo cansado, muy cansado. La realidad ha superado cualquier ficción, y cuando te deja hasta esa morena de finos tobillos y pechos punzantes que abrigó la esperanza de renacer a la luz, es como si, ahora sí, terminara la función. Por eso, seguiré los pasos de Leolo, e iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados.

(Foto: el Balneario se encuentra en este hermoso valle de avasallados). 

  •  Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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