La gran revelación


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Esta mañana le pregunté qué desayunaba ante su inmediata visita. Me dijo cosas muy raras hechas con coco y avena. Desde que se hizo vegetariana está insoportable con la comida. Le dije que aquí en el Balneario sería difícil encontrar esas cosas. Fui a la tienda y tenían leche de arroz y galletas de avena. Como nos conocemos desde los siete años, la confianza hace que podamos hablar abiertamente de cualquier cosa sin prejuicio previo. Ella me conoce bien y nunca me juzga. Me quiere tal como soy, con mis aciertos y mis fracasos. Este fin de semana viene para acompañarme, para confirmar los lazos de amistad que han sobrevivido al tiempo desde que éramos niños. Una amistad a prueba de todo. Sincera, noble, verdadera.

Bien temprano hacía una temperatura agradable a pesar de que la niebla se extendía por todo el valle humeando el impresionante monasterio que da fama al lugar. Mañana las temperaturas no pasarán de cero grados y es posible que de lluvia y nieve, así que pasaremos todo el fin de semana encerrados en el ágora recordando viejos tiempos. Puse algo de incienso y marché a la tienda a ver qué podía encontrar que fuera raro y nutricional para el desayuno. Ante la ausencia de mi querida Lourdes, uno de los seres más angélicos y cariñosos que he conocido en este mundo, hablé un poco con su jefa, la buena de Angelines, la dueña de la tienda. El tema principal siempre es el tiempo, pero a veces también hablamos de política o de cómo se dice una palabra en inglés, si así o asá. Como vienen muchos peregrinos, fuente principal de ingresos de los comerciantes de este lugar, saber algunas palabras siempre viene bien para atender correctamente a la clientela. Miró mi leche de arroz y mis galletas de avena y se extrañó. “Viene una amiga que come raro“. Le dije. Eché de menos a Lourdes que anda de vacaciones. Ir a la tienda cuando está Lourdes es una bendición. ¿Os imagináis ir todos los días a por el pan y que la tendera te de un impresionante abrazo de bienvenida y despedida? Eso ocurre aquí, y uno siempre empieza agradecido el día por estos regalos.

La segunda visita obligada fue para Carmen, la directora de la oficina de Correos. Debido a mi actividad editorial, soy su mejor cliente y me trata con cariño y alegría. Todos los días tengo algún paquete que vuela hacia cualquier parte del mundo. Hoy tocaba Andalucía. Cuando las cajas son muy grandes, cierra la oficina y sube hasta el pequeño ágora para ayudarme con ellas. El trato en estos lugares siempre es exquisito, tan lejano de la frialdad con la que a veces nos atienden en las grandes ciudades. A Carmen siempre se la ve feliz y alegre, y mis dos puntos neurálgicos en este pequeño núcleo rural de no más de ochenta vecinos, la oficina de correos y la tienda del pueblo, son como puntos de luz en mi vida sosegada.

Pero han pasado muchas cosas en dos días. Quizás porque ya atravesamos el tránsito de la luna llena de tauro y parece que las energías empiezan a reorganizarse de nuevo. Ayer, tras tres meses sin subir a la finca, fui a llevar alguna cosa. Aproveché la ausencia de la gente para dar un paseo con el amigo Geo. Noté cierto caos en los espacios comunes y sufrí añoranzas que me hicieron llorar cada vez que me cruzaba con la gata Gaia, el gato Merlín, con Meiga y Chip… Llegué con Geo hasta la cabaña en las entrañas de nuestro pequeño bosquecillo, ahora tan coqueto y otoñal. Todo lo que allí vi me parecía desolado y triste. Entré dentro, me senté en mi sillón de reflexión y no podía parar de llorar en la que hasta hace poco había sido mi casa, mi pequeño hogar en el bosque. Aquella cabaña la había construido con ella, con una alegría y una emoción inmensa, y ahora ella ya no estaba. Vi que aún no me sentía preparado para volver a los bosques y menos aún a esa cabaña que tantos recuerdos me ofrecía. Geo se acercaba y me lamía las manos con cariño. Me levanté casi sin fuerzas y nos adentramos entre los árboles para dar un largo paseo pensando si ahora tenía sentido volver a vivir en una cabaña como antes. Algo dentro de mí está muy revuelvo para poder contestar esa cuestión.

En el amable pero doloroso paseo tuve una revelación. Todo el caos que veo a mi alrededor es solo algo que ha nacido de mis adentros. Es decir, no es que todo se esté derrumbando a mi alrededor y por eso yo me he derrumbado. Más bien al contrario, todo se ha derrumbado a mi alrededor porque algo se ha roto desde dentro.

Nunca hasta ayer fui consciente de este hecho. Al menos nunca de la manera en la que ayer lo pude entender todo. El universo ante mí, el escenario, se reorganizó ante el caos que empezaba a experimentar en silencio, ante la confusión en la que yo mismo me vi envuelto. Entré en una profunda crisis y todo lo que era irreal empezó a desvanecerse, a desaparecer, a huir.  Empezó a desaparecer todo como en una carta de naipes que se desmorona ante el primer soplido.

Tres meses después de eso, solo ha permanecido lo verdadero. Los amigos, especialmente los amigos, y poco más. Mañana volveremos a confirmarlo.

 

(Foto: paseando con Geo ayer por la tarde en los hermosos bosques gallegos).

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6 respuestas a “La gran revelación

  1. Sí, Javier, esa sensación de “estoy ya tan cansado que pienso en una sombra cualquiera”, como decía León Felipe… Yo también estoy en derrumbe interior, pero tb veo que es para reconstruir algo más verdadero, auténtico y sencillo.
    Sabes que desde aquí seguimos pensando mucho en ti y echando de menos O Couso…

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    • Gracias querida Eva… algo bueno tiene que traer este derrumbe… Quizás lo mejor sea seguir los consejos de nuestro querido León Felipe y echarnos en alguna parte a descansar, aunque sea, como decía otro poeta, en el valle de los avasallados… un abrazo grande y sentido…

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  2. La mentira jamas ayudó a nadie.
    La cruda verdad es la ley del Universo.
    Usamos las palabras para esconder y ilusionarnos del sufrimiento profundo que llevamos en nuestras Almas.
    El Arte es el lloro del Alma y debería mostrarnos claro ese sufrimiento, pero estamos demasiado perdidos en nuestra soberbia para ver el mensaje claro, cuando creemos ser humildes.
    Vivimos tanto tiempo en esa soberbia que nos olvidamos y empezamos a creer que somos esas palabras, ese teatro, esa mascara.
    ¿Que hay por detrás?
    Un vacío.

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