La navaja de Ockham


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Para los que hemos hecho ciencia, o investigación académica o algún tipo de tesis sobre los misterios de la vida nos hemos encontrado alguna vez ante el dilema de tener que elegir entre dos hipótesis posibles. La navaja de Ockham es un principio metodológico por el cual, en igualdad de condiciones, siempre tenemos que elegir aquello que resulta más sencillo. Dicho de otra manera: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Supongo que esto vale para todo en la vida, inclusive añadiría a este filo de la navaja algo así como que es bueno que las personas simples busquen a sus congéneres en simplicidad y los complejos, aquellos a los que les gusta enredarse en las marañas de la existencia, busquen un afín con esa capacidad de altos vuelos, para que la búsqueda intrínseca en los misterios, por lo menos, sea compartida.

Las personas simples, que somos la mayoría, bastante tenemos con nuestra simplicidad cotidiana. Nos preocupamos de igual forma por cosas simples, que siempre son las que más nos satisfacen en el plenilunio de nuestras vidas. Nos levantamos, vamos a trabajar, miramos las redes, le damos a me gusta, comemos algo, volvemos a casa, miramos con cara de sapo nuestro entorno, vemos algo la tele y volvemos al suave y cálido arropo de una cama que nos recuerda lo bien que estamos regodeándonos en nuestra propia ignorancia.

Las personas complejas, una minoría en fase de extinción, no siguen esa peculiar rutina. La mayoría de las veces no se levantan a una hora normal porque tampoco se acuestan a una hora normal. No miran las redes, las inventan. No dan a me gusta porque lo superficial casi nunca les agrada. Casi no comen, les aburre comer, es un mal menor. Lo mismo les da por comer el alpiste que les sobra a los pájaros o un buen plato de maíz cocido encontrado en cualquier parte, sin tener tiempo para discernir si el maíz es o no es transgénico. Nunca vuelven a casa porque no trabajan en lugares comunes, o sus trabajos son placer y por lo tanto lo pueden desarrollar en cualquier parte, incluso dormir en ellos, con ellos. Su trabajo es soñar, inventar, imaginar, componer, por lo tanto, cualquier rincón les vale. Son la versión de la anti-navaja, como lo definiría Leibniz con su principio de plenitud, el cual establece que: «Todo lo que sea posible que ocurra, inevitablemente ocurrirá». Y con una persona compleja, todo es posible y todo ocurre.

Miran su entorno con cara de asombro porque ven, entienden y expresan la realidad desde su compleja multidimensionalidad. Es decir, ellos no ven un tenedor o una cuchara, ven el origen del metal, la máquina que lo esculpió, la mano del hombre que le dio tamaña forma en su imaginación y sobre todo, se interrogan una y otra vez sobre el origen de todo, inclusive el origen de la propia naturaleza, de la inteligencia, de la vida. Cuando ven un objeto, sienten de alguna forma toda su compleja historia, intentan entenderla, explorarla y vaporizarla en teorías conexas. Es su única forma, desde su hipersensibilidad, de entender el mundo. Necesitan comprender el meollo de todo, el Misterio, el Asunto.

Por supuesto no tienen tele. Realmente porque no tienen tiempo para ella. Resultaría demasiado pesado perder diez minutos de vida viendo algo insulso que sale de una telepantalla y luego tener que restar esos escasos minutos de la cuenta atrás de la existencia. ¡Todo es tan breve! Y cuando llega la noche, no les espera una cálida cama con una amable compañía. Normalmente, al ser escasos, también son prudentes, y posiblemente almas errantes, solitarios, vagabundos de las relaciones. La cama, como la comida o las relaciones, son un mal menor. A no ser que encuentren a un prójimo, y entonces estalle una nueva supernova y las galaxias se multiplican y los universos se empequeñecen.

Por eso, si eres una persona simple, no pierdas el tiempo con una persona compleja. Es mejor que si lo encuentras, salgas huyendo a no ser que de repente te dejes encantar por su vida, por su forma misteriosa, y a veces un tanto atormentada, de ver y contemplar la existencia. A no ser que quieras llevar una vida apasionada de viajes y aventuras espaciotemporales inimaginables. A no ser que te de igual dormir o no en una cama si de lo que se trata es de contemplar las estrellas y el infinito en cualquier parte. Si eres simple y te encuentras con alguien complejo, terminarás amando la complejidad y terminarás, inevitablemente, transformándote en un ser igual de complejo, es decir, en un ser completamente libre, emancipado y pleno. O por el contrario, tu simplicidad te hará huir aterrado con la añoranza de volver a las brazos de aquel al que dejaste por su simplicidad exquisita, pasmosa y aburrida.

Dicho esto, recuerda la navaja de Ockham: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Medir bien la simplicidad en la que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser tiene sus propias ventajas. Y nuestra simplicidad siempre es proporcional a la vida que seamos capaces de abarcar.

(Foto: Hace unos días tuve el privilegio de compartir este hermoso paisaje con unas de las personas más complejas y maravillosas de las que he conocido. Doy gracias a la vida por mostrarme cuan simple soy cuando me encuentro ante la grandeza de los genios, y que gran deseo nace de mí por poder abrazar esa gran inmensidad humana). 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 respuestas a “La navaja de Ockham

  1. Nosotros simples-complejos a lo cual intentan definir y pegar etiquetas, nos llaman medio-autistas o asperger o esquizofrénicos, no importa, nos da igual, sabemos que no nos pueden definir por meras palabras.
    Todo lo que buscamos en nuestra ingenuidad es observar las simples piezas del puzzle que es la vida, sabiendo que encajaran de alguna oculta forma, para intentar llegar a la visión total que es el universo. Aunque conscientes de la imposibilidad de hacerlo, lo hacemos igual, sin temer que sea una perdida de tiempo o que nos vean como locos perdidos.
    Seguimos adelante con la fe inquebrantable que nos dio la propria existencia.

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