En el balneario


sdr

Hoy hace justamente tres meses que conocimos la fatídica noticia que nos separaría para siempre. Estábamos en el hospital abrazados mientras extirpaban el estómago a un buen amigo. Nunca pensamos que esa llamada en ese instante iba a ocasionar tanto dolor. Ella se marchaba a Francia y yo al Limbo. Imposible reconciliar realidades tan dispares.

Tres meses de dolor, de sufrimiento y de llanto. Tres meses difíciles donde todo parecía derrumbarse de golpe, como si realmente hubiera vivido durante los últimos años, en un castillo de naipes. Lo irreal desaparece, dicen en un Curso de Milagros. Solo lo real permanece. Y lo real, lo único real a lo que me aferro es a este momento esculpido entre estas paredes, rodeado de libros y montañas y un río que contemplo desde la ventana. Al lugar lo he bautizado con el nombre simbólico de el Balneario. El nombre tiene que ver con alguna lectura de juventud de la mano de Hesse, pero también con la sensación de estar en un lugar retirado a solas para poder sanar. Un lugar donde las aguas discurren rozando cada cauce sinuoso, donde los árboles crecen hacia unas alturas imposibles, donde la vida se contempla de forma pausada, diferente, tranquila, mientras contemplo desde la ventana el paso lento y difícil de peregrinos cansados.

Me había propuesto no escribir en mucho tiempo, pero la fecha merecía unas letras, y quizás también el inicio de un comienzo esperado, anhelado. Uno no puede pasarse toda la vida en la ilusión de la espera, quizás creyendo que lo ilusorio realmente era el derrumbe, y no la montaña. Que cada grano de arena, por pequeño que fuera, volvería a su lugar correspondiente. Es esa esperanza a la que siempre nos agarramos con fuerza mientras las emociones siguen su curso en la empalizada del sentir. El carrusel provoca esas angustias y deambulamos inevitablemente en sus aguas. Son cosas del autoengaño que se van diluyendo cuando cuento los pasos, uno a uno, de todos los peregrinos que pasan junto al río.

La observación y la experiencia pueden convertirse en vías de acceso a un mundo diferente. Llevo tres meses observándome en esta experiencia. Observando mi ira, mi rabia, mi dolor. Al principio desgranaba todo ese fuego en cartas que nunca debieron existir. No es bueno controlar la ira, o intentar domeñarla, pero tampoco es correcto vomitarla encima de nadie. Uno debería irse al campo y soltar allí, en solitario, todo ese dolor desesperado. O debería marcharse a un balneario como en el que ahora estoy para sanar con paciencia todo ese sufrimiento. Pero nunca, jamás, deberíamos vomitarlo sobre nadie. No está bien, hace daño y es innecesario. Pedir perdón cuando uno se equivoca no sirve de nada. El dolor está hecho, y sus consecuencias han sido devastadoras. No supe hacerlo de otra manera. No en ese momento desesperado.

Siendo un experto en sabotear relaciones, quizás la ira sirvió de estímulo para salir huyendo, para abandonar el barco, para romper con todo aquello que se escapaba de las manos, para, de paso, obligar al otro a que saltara también y no quisiera saber de mí en mucho tiempo. La artimaña dio resultado, y siempre me preguntaré porqué me especializo en creerme no merecer ser feliz junto a alguien. La vida nos pone a prueba constantemente, nos deleita con suma facilidad para ver hasta dónde somos capaces de soportar. Admito que esta vez la prueba fue dura. Excesivamente dura. Tanto que temí por el hilo de vida, por el hilo de consciencia que me sujeta al mundo. Tanto que temí romperme para siempre sin posibilidad de colocar cada una de las piezas en su lugar. Al no merecer ser feliz, dinamité con fuerza todo el edificio.

Por suerte ocurrió algún milagro y aparecieron los ángeles custodios. Un especial agradecimiento a B. y D. que agarraron mi mano en el último instante antes de que todo terminara en la devastación. Un especial agradecimiento a todos aquellos que en estos tres meses, como enfermeros del alma, estuvieron ahí, cuidando de mis heridas, lamiendo una por una cada llaga sin temor a contagio, sin reproches, sin juicios, sin culpas.

B. me abrazó tan intensamente que me rescató del abismo. Su amor y cariño, su paciencia en ese momento tan oscuro nunca podré olvidarlo. Me ofreció su palacio cuando no sabía donde ir, a quien acudir, a qué puerta llamar. Me agarró con fuerza medio moribundo. Lamió cada herida, me dio de beber y de comer día y noche, sanó un trozo de mi alma ausente. Cada vendaje, sin ella saberlo, iba recomponiendo ese crisol roto, desvalido, apagado. ¡Como agradecer lo que hizo en mí cuando me rescató de golpe de la noche oscura!

D. amasó fielmente la promesa de visitarme cada mañana y cada noche para que no desmayara en el camino. Nunca podré pagar lo que hizo en mí. Nunca había visto una fidelidad tan a prueba de bombas. Su paciencia, su constancia diaria, puntual y su viaje para estar toda una semana entera cuidando al enfermo obraron el milagro que faltaba para la resurrección. Su mensaje simulado fue claro: “levántate y anda”. Y eso hice. Dejé de tener pesadillas, empecé a dormir bien, a comer bien, a retomar los hábitos, empecé a sonreír de nuevo.

Y el resto estuvo ahí, de forma intermitente pero constante, animando al moribundo en su resurrección, con suma paciencia. No puedo estar más agradecido, especialmente por aquellos que, después de tanto tiempo sin saber de ellos, ante la dura prueba, reaparecieron para sujetarme firme, para evitar que mi llama se apagara. Habéis sido tantos que no tengo espacio suficiente para nombraros uno a uno.

También estoy agradecido al Balneario. Un lugar sanador cuyo refugio y calma hace de estos momentos un tiempo irrepetible. Un lugar que me acogerá, al menos, hasta la próxima primavera, tiempo suficiente para haber sanado y tiempo suficiente para reorientar el propósito que la vida exige.

A los que hice daño, pido perdón con sumo respeto. Especialmente a ti, querida N. Nunca encontraré forma alguna de compensar todo lo que hiciste en mí, porque al romperme, me hiciste nuevo.

(Foto: El balneario, al fondo, hace unos días). 

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