El amor convivido


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Os comparto este relato lúcido de un buen amigo que nos habla del amor en tiempos donde el amor es algo complejo y reducido a la mínima expresión. Es importante la reflexión para los que aman, para los que desean amar y para los que desean ser amados. Gracias querido Mario por tan hermoso texto. 

 

Todo en esta vida nace para sucumbir a la Ley Suprema. Por eso me fascina el ocaso, al que sigue la oscuridad que se desvanecerá con un nuevo alba.

¿Habéis escuchado la expresión amor imposible? Yo sí y recientemente y me parece un contrasentido porque amar a otra persona es siempre posible. Otra cosa es que ese amor sea o no correspondido.
Por tanto, amar a otra persona siempre es posible. Otra cosa es que ese amor sea, como digo, correspondido por la persona amada, pero la ausencia de reciprocidad no elimina la capacidad de amar. Nace entonces la categoría de amor no correspondido, que, en todo caso, sigue siendo amor, y posiblemente una forma especialmente pura de amar. ¿Podría decirse que ese tipo de amor sin correspondencia del amado es la esencia del amor platónico? Bueno, generalmente se entiende así, aunque Platón consideró que el verdadero amor era el que se dispensaba al Conocimiento y a la Sabiduría, algo que puede resultar singularmente patológico para muchos que en estos tiempos consideran a la Cultura, al Conocimiento y a la Sabiduría trastos obsoletos para ser arrojados al baúl de los recuerdos inútiles.
Pero en su acepción mas inmediasta, el amor platónico se caracteriza por un tal alto grado de pureza –por así decir— que no reclama la correspondencia. O, incluso, cuando de ella se dispone, su esencia es amar sin pedir nada a cambio al amado/a. Quien ama en esa forma es feliz por amar y lo es más si esa felicidad inunda el corazón del amado/a.
La idea es muy digna de ser valorada, pero, ¿es real? ¿Acaso en estos tiempos nuestros localizamos con frecuencia esa forma de amar? Me cuesta responder afirmativamente al interrogante. ¿Por qué? Pues porque somos un producto cosmológico destinado a convivir. ¿Y eso que implica? Pues todo o casi todo. Cuando se casó mi hija le dediqué un libro —vaya manía que tengo con los libros— en el que le explicaba que el verdadero amor, en términos gráficos, no son dos círculos tangentes, ni siquiera secantes. Incluso más: tampoco dos círculos concéntricos. Es un no-círculo, sin contornos definidos que reclama, no la fusión de dos en uno, sino en el Ninguno del hinduismo. Cuando dos personas se aman se desnudan de eso que el budismo llama personalidad para fundirse en un Todo en el que se desvanecen las individualidades. ¿Y eso ocurre con frecuencia? Pues en mi experiencia, no. ¿Por qué? Porque estamos educados en la individualidad a todo trance y ello implica un cultivo del ego con todos sus desperfectos que constituyen cánceres del alma como el exceso de amor propio, los sentimientos de inseguridad, de inferioridad o superioridad, los miedos, los pánicos, el exceso de los celos… En fin, todo ese equipaje en el que nos vemos obligados a convivir. Y, ¿quien se atreva a arrojar la primera piedra sosteniendo que se encuentra totalmente libre de tales desperfectos anímicos?
Y aquí quería llegar: un amor correspondido puede fenecer en el altar de la convivencia cuando por encima del amor se superponen los egos. Es así como el convivir se convierte en el arte de mayor envergadura y quizás en el mayor enemigo del amor cuando esos desperfectos se traducen en individualidades que se autoafirman a cualquier precio. ¿Nos han enseñado que convivir implica renunciar a esas parcelas inflacionadas del ego individual? Pues no estoy seguro. Pero he contemplado en mi vida como la convivencia fulmina el amor precisamente por esa no-renuncia.  Así que la gran asignatura pendiente del amor es, no solo ser correspondido, sino, sobre todo y por encima de todo, convivido.

M. C.

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