Esa tenue luz


 

All-focus

La tenue luz que ilumina este instante es aún más frágil que la luminiscencia de una pequeña vela. Es suficiente para saberme no del todo aislado en la tiniebla, como si su pequeño halo fuera capaz de soportar toda la responsabilidad poética de este momento. Realmente estar aquí es como estar protegido dentro de algo cotidiano en otro plano, como si este lugar siempre hubiera existido en alguna parte y tan sólo la realidad estaba esperando su manifestación. Es la sensación que tengo cada vez que, desde hace tan solo un mes, camino por la senda llena de hojas otoñales y llego hasta la puerta órfica de la cabaña. Es como si todas esas cosas que nacieron del apeiron volvieran a él. Como si las eternas manifestaciones del cosmos se resolvieran en esos procesos de philia y neikos, creación y destrucción constantes.

He consagrado el día a barnizar la nueva estantería que ya, a estas horas de la noche, alberga los primeros libros. Es un gozo indescriptible el volver a tener un espacio ordenado para los textos que siempre me acompañan. También tuve tiempo de barnizar parte de las paredes exteriores de la cabaña en una jornada otoñal con buena temperatura. Es mi compromiso para que el ejemplo de la misma pueda inspirar a nuevas luminarias y dar cobijo, en un futuro, a una posible comunidad.

De momento sirva mitad ermita ofrendada a la cultura espiritual y mitad nuevo lugar de trabajo al mismo tiempo que hace de hogar humilde y recogido, apartado de cualquier ruido excepto el de los habitantes del bosque, muchos de ellos invisibles al ojo común.

En la soledad de la jornada, mientras hay algo de luz, aprovecho para terminar los acabados de este primer refugio. Cuando a hora temprana la luz se marcha por occidente, aprovecho para desvelar lo que reste de día en los asuntos editoriales. Desde las siete de la mañana hasta medianoche en punto el trabajo es la nota musical que engendra cada día. Al ser tareas agradables, trabajos que hago porque considero que es lo que realza el espíritu, los días se vuelven alegres y seductores. Siempre intento vivir en el momento de la ocasión, afanándome porque la vida corre deprisa y son muchos los frentes a los que hay que atender. Es esa sensación de pensar que la vida es una jornada de trabajo fugaz y hay que aspirar a disfrutar hasta el último segundo. Y haciendo cuentas, ya tan sólo me quedan, en el mejor de los casos, cuatro horas de disfrute. Terminé la primera media jornada y la próxima, la más cercana a la madurez y el sentido de la existencia, el ocaso, promete, en el mejor de los casos, pasar raudamente.

Entre brocha y brocha o libro y libro me sentía como un auténtico monje mendicante. Este lugar, y siempre así lo hemos creído, es para nosotros como una especie de monasterio vestido de modernidad. Nuestro claustro es el bosque y nuestra pequeña ermita obedece a las grandes construcciones que en otros tiempos albergaban centenares de monjes. A diferencia de otros tiempos, en este pequeño monacato somos pocos porque el sentido de humildad, de resignación, de entrega, de servicio, de austeridad, de generosidad máxima hacia la contemplación de los misterios de la vida está cayendo en desuso. Digamos que el sufrimiento colectivo se administra como píldoras analgésicas, sin procurar, en la sanación espiritual, buscar otro tipo de consuelo. Los vacíos se llenan con cosas y la soledad con ficticias relaciones imaginadas tras una pantalla. Es como si el demiurgo de este tiempo hubiera alcanzado su perfección en cuanto al hechizo común. Todos en duermevela, como viviendo una vida de ensoñación.

Por eso esta tenue luz me recuerda la urgencia de actuar. Aún no se me ocurre cómo después de haberlo hecho casi todo. No hablo tan solo de esta fugaz existencia y no hablo ni tan siquiera de mí. Hablo de la regeneración natural de las cosas, de ese urgente hecho que hace posible la vida. La luz me recuerda la esperanza, por eso me afano, aún con los errores propios de la carne, en respirar albor celestial. Sólo encuentro verdadero refugio en el silencio y en la comprensión profunda de la existencia. El misterio y su naturaleza son, en definitiva, el motor que me impulsa a actuar. Una brocha, un libro, un pensamiento. Halos de luz, halos de reminiscencias.

 

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