El calor de la manada


 

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No deja de ser paradójico que este mismo año fuera protagonista en un anuncio de televisión que publicita colchones y que al mismo tiempo llevara casi tres años sin dormir en uno de ellos. Hoy por fin llegaba el colchón nuevo. Si miro hacia atrás me doy cuenta de que llevaba mucho tiempo sin estrenar uno.

Ayer, tras unas semanas fuera, volvía a la cabaña. Coincidió mi llegada con el retorno del frío propio de estas fechas. No estaba preparado para el cambio y no pude dormir en toda la noche. El frío calaba de tal modo que no podía encontrar la forma para poder descansar.

Así que hoy preparé bien el nuevo hogar. Aproveché la llegada del nuevo colchón para poner sobre él cuatro mantas y un edredón polar. Puse la estufa durante varias horas funcionando porque a pesar de que la nueva chimenea también ha llegado, no tuve tiempo de instalarla con todo el entramado de tubos.

Y mientras me preparaba para meterme entre mantas calientes por la acción de la estufa en esta pequeña cabaña en mitad de este solemne bosquecillo, me daba cuenta de algo hermoso y profundo a la vez: todo lo que me rodea, todo lo que provoca el que ahora pueda disponer de una vivienda y un pequeño hogar ha sido gracias a la generosidad de mucha gente.

El colchón sobre el que ahora escribo ha sido un regalo hermoso al igual que la chimenea que mañana me dará aún más calor.Las sábanas de franela han sido regaladas por un ser especial así como el pijama que ahora me acompaña. También las ventanas y parte de la madera que pudimos comprar gracias a la venta de algunos libros. Las mantas que ahora tengo las donaron unos amigos que regentan un hotel en Madrid y la construcción entera de la cabaña ha sido gracias al esfuerzo y generosidad de decenas de voluntarios que han puesto su grano de arena.  Resultaría difícil mencionarlos a todos, pero cada clavo, cada madera, cada detalle tiene la marca, la fuerza y la energía de aquellos que lo hicieron posible.

Ahora que ha llegado el frío, puedo sentir y comprender el significado profundo que nace del calor de la manada. De aquellos que te protegen, que te acompañan, que te animan, que te escuchan, que te atienden, que te alimentan, que te guían, que te miman, que te abrazan, que te respetan, que te admiran, que te ayudan en el proceso vital de la existencia. Admito que ha merecido la pena arriesgar toda una vida para comprender que el sentido profundo de todo es y siempre será la generosidad, el amor incondicional y la entrega a uno mismo, pero también al otro y a los otros. Quizás si no hubiera arriesgado en todo este proceso, si no hubiera sacudido mi vida cómoda y fácil en la gran ciudad para aventurarme a la búsqueda del sentido humano, no hubiera captado la sutileza de esta gran enseñanza. El ser humano ha logrado subsistir en este incomparable marco de vida gracias al apoyo mutuo, la cooperación y la generosidad de muchas generaciones que sacrificaron su vida por levantar la bandera de la esperanza.

No me arrepiento nada de lo que hasta ahora he vivido. Los sacrificios, las pérdidas, las renuncias, lo doloroso de muchas cosas, los desengaños, los abandonos, las decepciones, el frío, la soledad. Nada de todo eso ha podido mancillar la esperanza en el ser humano. La prueba está en esta cama, en estas mantas, en esta cabaña. Decidí empezar de nuevo y ver qué pasaba. Y lo que ha ocurrido es milagroso. Gracias de corazón a todos los que han obrado el milagro. Gracias de corazón a todos aquellos que dentro de sí están gestando el nuevo mundo.

(Foto: el fiel amigo Geo al inicio de la construcción de la pequeña cabaña, ahora nuestro nuevo hogar)

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