Aldeas abandonadas


 

Estamos dedicando estos meses algo de tiempo a conocer en profundidad los secretos de esta tierra celta que tanto nos enamora. Hace unos días tuvimos la suerte de descubrir dos pueblos abandonados: Arufe y Vichocuntín, en la gallega provincia de Pontevedra.

Resultaba increíble descubrir entre frondosos bosques piedras totalmente pulidas y edificios enteros de gran nobleza y belleza totalmente asfixiados por la vegetación. Sentíamos cierta pena por ver casas tan perfectas y hermosas totalmente abandonadas, pueblos enteros perdidos entre la niebla y el musgo que resbalaba por todos esos impenetrables caminos. Allí había, en cada piedra, en cada rincón, en cada plaza ya inexistente, una historia, cientos de relatos, de vidas, de hombres y mujeres, de ancianos, de niños que ya no juegan ni viven allí. Sólo la poderosa presencia de los fantasmas del tiempo nos hacía poner la carne de gallina, los recuerdos allí encerrados, las visiones de vidas pasadas, de relatos, de historias que quedaron atrapadas en un tiempo ya inexistente. Solo en lo akásico, en sus archivos, podíamos comprender algo de tan impresionante soledad.

No entendíamos como el “feísmo” de nuestro tiempo había podido perdurar dejando atrás esas impresionantes ciudades de piedra, bellas, tan bien esculpidas, resistentes, esbeltas. Los árboles habían crecido entre las habitaciones, las cocinas y los antiguos salones de auténticos palacios abandonados. Los tejados se habían caído en su mayoría pero aún quedaban perfectas paredes que no cedían al tiempo, cobijos que hacían de hogar a musgos, hongos y helechos.

Nos preguntábamos porqué en los tiempos que corren preferimos vivir en auténticas conejeras oscuras, inertes, apagadas, mientras que esos preciosos edificios permanecen abandonados. Nos preguntábamos porqué el ser humano se ha alejado tanto de la naturaleza para abrazar la frialdad del asfalto, de lo gris, del ruido.

Los más sensibles a este mundo de abandono se sienten tristes, apenados, cargados de angustia. Muchos hombres y mujeres renunciaron a estas verdes y hermosas tierras. Sus nietos se quejan de que muchos no supieron apreciar el impresionante esplendor de estos lugares. Ellos, en una época difícil, buscaban nuevas vidas en sitios lejanos donde pudieran dar de comer a sus familias. Eran otros tiempos, y ahora, cuando intentan regresar, ya es demasiado tarde para todo. Los ancestros que protegían esos lugares ya no están. Los guardianes fueron desterrados.

Las casas, las aldeas encerradas entre perdidos valles y montañas esperan ser de nuevo habitadas. Nos sentimos orgullosos de poder ser partícipes de esa reconquista, de poder dar vida de nuevo a un edificio emblemático del siglo XVI que estaba totalmente abandonado, de poder calentar de nuevo sus piedras, tejer un nuevo tejado, llenarlo de vida agradecida y amable, dotarlo de nuevo de esplendor al mismo tiempo que animamos a otros a que den ese paso. Volver al campo, a los bosques, a los valles, nos humaniza, nos hace más sensibles, nos vuelve más amables.

Ojalá algún día esos pueblos vuelvan a la vida. Sus piedras lo anhelan. Sus valles y bosques recuperarán una vida plena y un nuevo sentido humano. Rehabilitar estos lugares responde a un sentido profundo: el sentido de la vida compartida, llena, profunda. El propósito esencial de reconciliarnos con la naturaleza nuestro palpitar humano.

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