La luz del verdadero hogar


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Cuando tras cenar algo volvía a la pequeña cabaña recién estrenada al borde del bosque sentía como la nueva distancia a recorrer se hacía apabullante y misteriosa entre la niebla. Dejaba atrás la gran casa de piedra y las pequeñas caravanas que apenas ya se distinguían entre la oscuridad otoñal mientras me adentraba sigiloso, con miedo a molestar a las criaturas nocturnas, entre los árboles. Al fondo se veía la tenue luz alimentada por las baterías solares. Parecía, con esa cúpula ovoide que todo lo refleja, como si una nave extraterrestre hubiera aterrizado en el bosquecillo. Es hermosa y profunda la sensación de andar hasta tu propio hogar, ser recibido como un importante huésped por tu propia cama, la mesa de trabajo y los libros por doquier. No recordaba, tras una vida de peregrinaje sin hogar, lo que significaba eso de volver a casa. Es cierto que es una casa humilde, pero tiene paredes, suelo, tejado, ventanas y una puerta sin cerrojo que se abre milagrosamente para dar cabida al recinto.

Mientras esta tarde corregíamos las galeradas del Manifiesto profesaba cierta pena por la aberración que Marx y Engels sentían por eso a los que despectivamente llamaban socialistas utópicos. Incluso llegaron a asimilarlos con sectas agonizantes que no tuvieron ningún tipo de éxito en cuanto a la transformación social. Para mí esos utópicos son, sin embargo, el ejemplo vivo e inspirador de que es posible hacer las cosas de forma diferente en este mundo convulso, en este idolatrado paraíso de las cosas y el tener.

Hoy la generosa mano de alguien a quien aprecio considerablemente ha hecho posible que esta cabaña sea el vivo ejemplo de que se puede vivir cómodamente, felizmente, con poco. Esta mano amiga ha tendido sobre estas ocho peculiares paredes la posibilidad de que el fuego arda, no solo para calentar el recinto, sino también para esparcir en la memoria colectiva la necesaria esperanza de que otro mundo siempre es posible. No hacen falta grandes revoluciones como reclamaban Engels y Marx. No hace falta grandes transformaciones en los sistemas de opresión que se han ido repitiendo a lo largo de la historia como un mantra circundante. Los siervos de la gleba, los esclavos, los villanos de las ciudades, la clase obrera… No importa como entendamos el curso de la historia y sus dualidades si no somos capaces de comprender los cambios que debemos hacer, humano por humano, dentro de nosotros mismos.

Abrazar al ser desde la vida verdadera no requiere de grandes logros, sino de una respuesta humilde ante los acontecimientos de la vida. En el mundo de las causas existe un remedio eficaz ante la pérdida de sentido: la entrega, la renuncia, la voluntad de obrar ya no según un instinto primitivo y egoísta, sino tras una sublime aproximación al dar como respuesta interior al inexorable propósito vital.

Cuando no esperamos nada de la vida excepto aquello que yace profundo en los anales del misterio, algo nos transforma hacia un cambio inexorable. Ese cambio, esa transformación puede ocurrir en cualquier momento. En una conversación, en un paseo, con la lectura de un libro (por favor leed, leed, leed), bajo el calor de una chimenea que ya llega. Esa transformación que nos llevará de la mano hacia una vida plena, sencilla, humilde, carente de necesidades y cargada de experiencias inolvidables, milagros constantes que nos llevarán a fundirnos con la realidad una.

Sí, estoy feliz, por fin tengo un lugar donde poder sentirme en casa. Este instante, este paseo entre la niebla hasta llegar aquí, es resultado inequívoco de un cambio posible hecho por muchos. No es mejor ni peor que los otros cambios, ha sido tan solo un cambio, una reorientación necesaria para alejarnos un poco más de las sombras y aproximar la necesidad del ser a la vida del ser. El ego, pobre, seguirá su camino de sostén al trabajo de servicio. Pero el ser se agitará irremediablemente para provocar más cambios, más paseos otoñales entre árboles y niebla hasta encontrar la luz del verdadero hogar.

Gracias querida C. por el regalo de hoy. El fuego avivará muchas noches como esta y serán recordados los hechos que encerrarán todo lo que desde aquí se produzca. Por siempre, tuyo.

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